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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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La sombra del depredador

(a continuacion)

—¡Eres un maldito desperdicio de vida! —le grité por última vez, mi voz rebotando en las paredes de mármol. El eco de mis insultos todavía vibraba en el aire cuando un sonido seco, el de unos tacones golpeando el suelo con una precisión militar, nos hizo congelar.

—¿Qué significa este espectáculo, Maximiliano?

La voz de Alessia cortó la tensión como una guillotina. Me giré bruscamente, aún jadeando, para encontrar a su madre de pie al final del pasillo. Lucía impecable, con su vestido de seda oscura y una expresión tan gélida que hizo que el sudor de mi nuca se convirtiera en escarcha. Sus ojos saltaron de mi rostro encendido y mis labios temblorosos a la mano de su hijo, que todavía apretaba mi nuca con una fuerza posesiva.

Maximiliano no me soltó de inmediato. Se tomó su tiempo, deslizando sus dedos por mi piel en una caricia lenta y amenazante antes de apartarse. Su rostro recuperó esa máscara de aburrimiento y mal humor, aunque sus ojos seguían prometiéndome un infierno privado.

—Solo le estaba enseñando a María los modales que su padre parece haber olvidado enseñarle —respondió él, su voz recuperando esa cadencia fría y monótona de mafioso.

Alessia caminó hacia nosotros, deteniéndose justo en medio. Su mirada se clavó en mí, no con la calidez de una madre, sino con la autoridad de quien sabe que soy una pieza necesaria pero problemática en su tablero.

—María, tu padre te está buscando en el salón. Ya se marchan —dijo Alessia, aunque sus ojos le decían a Maximiliano algo muy distinto. Luego, se giró hacia su hijo—. Y tú, Max, recuerda que una joya se talla con cuidado, no se rompe antes de que esté lista para ser usada. José te espera en el despacho para hablar de la carga de la próxima semana. No lo hagas esperar por... caprichos.

El silencio que siguió fue asfixiante. Me sentí pequeña bajo la mirada de esa mujer que parecía leer cada uno de mis pensamientos impuros y cada uno de mis insultos. Maximiliano soltó una risa nasal, corta y amarga.

—Descuida, madre —dijo él, dándome una última mirada de arriba abajo que me hizo sentir desnuda y humillada—. María y yo solo estábamos repasando el pasado. Resulta que tiene mucho que decir sobre lo que soy. No te preocupes... me encargaré de que cambie de opinión antes de que termine el mes.

Alessia me puso una mano en el hombro, un gesto que debería haber sido reconfortante pero que se sintió como una garra. —Vete a casa, niña. Mañana será un día largo.

Mientras caminaba hacia la salida, sintiendo la mirada de Maximiliano quemándome la espalda, supe que lo que acababa de pasar no era el final. Había despertado a la bestia, y Alessia, lejos de protegerme, solo le había recordado que debía ser más paciente para devorarme.

(en el auto)

El trayecto a casa en el asiento trasero del auto de mi padre fue un descenso lento hacia la locura. Mientras Marcos tarareaba una melodía distraída, ajeno al terremoto que acababa de ocurrir, yo apretaba las manos en mi regazo hasta que mis nudillos se volvieron blancos. Miraba por la ventanilla cómo las luces de la ciudad se difuminaban en líneas borrosas, pero lo único que veía era su rostro.

Maximiliano.

Mi mente era un avispero. ¿Cómo pude ser tan estúpida?, me gritaba mi voz interior, ahora con un tono de pánico real. Lo había insultado. Lo había llamado desperdicio, psicópata, animal. Había escupido sobre el hombre más peligroso de la ciudad como si fuera un adolescente de mi instituto y no un monstruo de 29 años que desayuna amenazas y cena cadáveres.

—Pero no te mató —susurró esa parte oscura de mí—. Le gustó.

Ese pensamiento me revolvió el estómago. Recordé la presión de su mano en mi nuca, la forma en que sus ojos se encendieron cuando lo llamé "vacío". No era la furia de un hombre ofendido; era el hambre de alguien que por fin encuentra resistencia.

Y luego estaba el álbum. Las fotos. Esa parte de mi cerebro que intentaba ser lógica no paraba de hacer cálculos. Mi padre hablaba de él como si hubieran crecido juntos, pero las fotos decían otra cosa. En las fotos de mi nacimiento, él ya era un niño. En las fotos de mis cinco años, él seguía siendo ese niño. Y ahora, él tiene 29 y yo 17... pero si sumaba los años que Alessia y José llevaban en el poder, los números simplemente no encajaban.

—¿Estás bien, María? Estás muy pálida —dijo mi padre por el espejo retrovisor.

—Sí, papá. Solo... cansada.

Mentirosa. Estaba aterrada. Y lo peor de todo: estaba excitada. Me odiaba por ello. Me odiaba por cómo mi piel todavía hormigueaba donde él me había tocado. Me odiaba por recordar la calidez de su aliento mientras yo le gritaba que se pudriera en el infierno.

¿Qué quiso decir Alessia con eso de que "una joya se talla con cuidado"? ¿Acaso mis padres sabían lo que yo era para ellos? "Mi pequeña ancla", me había llamado él. Un ancla sirve para evitar que algo flote a la deriva, para mantenerlo sujeto al fondo. Si yo era su ancla, ¿qué era él? ¿Un barco fantasma que no podía abandonar este mundo sin mí?

Al llegar a casa, subí las escaleras corriendo, huyendo de mi padre, de los Veraldi y de mis propios pensamientos. Pero al entrar en mi habitación y cerrar la puerta con llave, el silencio me recordó lo que Maximiliano había dicho: "Has despertado al animal".

Me acerqué al espejo y me miré. Mis labios todavía estaban hinchados, mis ojos brillantes por la adrenalina. En ese momento, una notificación iluminó mi teléfono sobre la mesita de noche. Era un número desconocido.

Solo decía una frase: "Mañana a las siete. No me hagas ir a buscarte, María. Sabes que no tengo paciencia."

Mis dedos volaron sobre la pantalla, todavía temblando por la descarga de adrenalina. Mi pulso era un tambor de guerra golpeando contra mis sienes. No iba a dejar que tuviera la última palabra, no después de cómo me había mirado, como si fuera un objeto de su propiedad que simplemente esperaba a ser desembalado.

"Vete al diablo, Maximiliano. No soy uno de tus sicarios para recibir órdenes. Si quieres algo, ven y muérete intentando conseguirlo."

Bloqueé el teléfono y lo lancé al otro extremo de la cama. Me dejé caer de espaldas, sintiendo el colchón hundirse bajo mi peso. El silencio de mi habitación, que antes me resultaba acogedor, ahora se sentía cargado de una electricidad estática que me erizaba la piel.

—Estás muerta... estás tan muerta —se burló mi voz interior, pero esta vez sonaba sin aliento, casi excitada.

Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen de él en el pasillo, pero era inútil. El techo de mi habitación parecía proyectar las fotos del álbum: él sosteniéndome de bebé, él mirándome en el jardín, él acorralándome contra la pared hace apenas una hora. El contraste entre su frialdad de 29 años y el hecho de que me hubiera "esperado" toda mi vida me provocó un escalofrío que bajó directo a mi vientre.

Llevé una mano a mi cuello, justo donde sus dedos me habían apretado. Todavía sentía el calor de su palma. Empecé a jadear, el aire volviéndose pesado, mezclado con la rabia que se negaba a morir pero que empezaba a transformarse en algo mucho más oscuro y urgente.

Me desabotoné el pantalón con movimientos torpes, mi respiración rompiendo el silencio en breves espasmos. Cada insulto que le había escupido a la cara volvía a mi mente, pero ahora sonaban como una invitación. "Psicópata", "Monstruo", "Animal". Con cada palabra que repetía mentalmente, mis dedos se movían con más desesperación, buscando aliviar esa tensión insoportable que él había sembrado en mí.

Imaginé su rostro frente al mío, su mal humor crónico rompiéndose mientras me obligaba a mirarlo. Imaginé sus manos, marcadas por la violencia de la mafia, reclamando cada insulto que le había lanzado. Odiaba cuánto lo deseaba en ese momento. Me odiaba por ser el "ancla" de un hombre que anhelaba matar, pero mientras me perdía en el ritmo frenético de mis propios sentidos, la rabia se desvanecía para dejar paso a una sumisión involuntaria.

En el clímax, entre jadeos y el eco de mi nombre pronunciado con su voz gélida en mi cabeza, solo pude pensar en una cosa: mañana eran las siete, y aunque le hubiera dicho que se fuera al diablo, ambos sabíamos que el diablo ya estaba esperándome en su despacho.

Maximiliano:

Entrar en su habitación fue tan fácil como romper una promesa. El silencio de la casa de Marcos es patético, una falsa seguridad que yo podría desmantelar con un solo movimiento. Me quedé en la penumbra, cerca de los pesados cortinajes, dejando que mi figura se fundiera con la oscuridad que ella tanto teme y, a la vez, tanto desea.

La vi llegar. Estaba fuera de sí, una pequeña fiera herida por las verdades que el álbum le había escupido a la cara. Escuché el sonido de su teléfono al caer; mi mensaje ya había cumplido su propósito. Pero lo que vino después... eso fue un regalo que mi paciencia de décadas se merecía.

Me mantuve inmóvil, casi sin respirar, mientras ella se entregaba a ese caos de frustración y deseo. Era fascinante ver cómo mi nombre, el mismo que hace una hora usaba para insultarme, se convertía ahora en el motor de sus jadeos. Cada movimiento suyo era una respuesta a mi frialdad, una confesión de que mis manos, las manos de este "monstruo", eran las únicas que quería sentir. El aire en la habitación se volvió espeso, cargado de ese aroma a inocencia corrompida que solo ella posee.

Cuando finalmente se quedó quieta, con la respiración rota y los ojos fijos en el techo, me acerqué a la cama con el sigilo de quien sabe que la presa ya ha caído en la trampa. No la toqué. Todavía no. Me limité a dejar una señal de mi paso sobre su almohada, justo al lado de su rostro arrebolado: una de las flores blancas de mi jardín, aplastada, y una pequeña nota escrita con la misma tinta negra que ha sellado tantas sentencias de muerte.

Me incliné sobre ella, lo suficiente para que el calor de mi cuerpo rozara su piel pero sin llegar a consumar el contacto, y susurré un nombre que solo yo tengo derecho a reclamar antes de desaparecer por la ventana.

(El Descubrimiento de María)

Cuando María finalmente abre los ojos, el mundo parece haber cambiado de eje. El aroma a tabaco y cuero, ese rastro inconfundible de Maximiliano, impregna las sábanas. Al girar la cabeza, se queda petrificada.

Al lado de su mejilla, la flor blanca está marchita bajo el peso de una tarjeta. Con los dedos aún temblorosos por el éxtasis reciente, María lee la caligrafía elegante y fría:

"Dijiste que el diablo no tenía alma, María. Pero esta noche, tu cuerpo ha rezado en mi nombre. Te espero a las siete. No te vistas para una cena... vístete para tu dueño."

El teléfono vibró en mi mano antes de que terminara de encender el cigarro en mi despacho. Sabía que sería ella. No era una suposición; era la gravedad. La pequeña víbora acababa de encontrar mi rastro en sus sábanas y el veneno que me había escupido en el pasillo se le estaba subiendo a la cabeza de la forma más deliciosa.

Deslicé el dedo por la pantalla y llevé el auricular a mi oído. No dije nada. El silencio es mi mejor arma, y quería escuchar cuánto le costaba mantener el aliento a raya.

—¿Sabes que entrar en propiedad privada es un delito, Veraldi? —Su voz no temblaba. Ya no era la niña asustada, ni la fiera histérica de antes. Había una confianza nueva, una nota baja y vibrante que me hizo apretar la mandíbula—. Aunque supongo que para un "monstruo" como tú, las leyes solo son sugerencias.

Solté el humo lentamente, mirando las sombras de mi despacho.

—Tu habitación no es propiedad privada para mí, María —le respondí, mi voz bajando un octava hasta volverse un gruñido gélido—. Nada de lo que hay en esa casa me es ajeno. Especialmente lo que haces cuando crees que nadie te mira.

Escuché una risa seca del otro lado. Una risa que me desafiaba, que se burlaba de la ventaja que yo creía tener.

—Entonces espero que hayas disfrutado del espectáculo —soltó ella, y pude imaginarla mordiéndose el labio con esa arrogancia que le había nacido de repente—. Porque si pensabas que verme así te daría algún poder sobre mí, te equivocas. Ahora sé que el gran Maximiliano Veraldi tiene que esconderse en las sombras para conseguir lo que quiere. ¿Tan poco hombre eres que no puedes simplemente tomarlo de frente?

Me levanté de la silla, la sangre hirviendo con esa mezcla de mal humor y un hambre que empezaba a ser incontrolable. Ella estaba jugando con fuego, tirando de la correa de un animal que anhelaba matarla o poseerla, y probablemente no le importaba cuál de las dos cosas ocurriera primero.

—Cuidado, pequeña —susurré, y esta vez la amenaza era tan real que el aire pareció vibrar entre ambos—. Mañana a las siete vas a descubrir que no necesito esconderme. Me verás de frente, y vas a lamentar haber tenido tanta confianza cuando te des cuenta de que no viniste a hablar, sino a rendirte.

—A las siete, entonces —respondió ella, con una seguridad que me resultó insultantemente excitante—. Pero trae algo más que amenazas, Max. Me aburres cuando te pones tan... predecible.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono en silencio, con el pulso acelerado. Nadie me hablaba así. Nadie me llamaba "Max". El mal humor que me caracterizaba se transformó en una anticipación violenta. María no sabía en qué se estaba metiendo. Creía que su confianza era un escudo, pero para mí, solo era un envoltorio más difícil de romper.

(al dia siguiente)

Eran las siete en punto cuando el motor del Mercedes negro se detuvo frente a su casa. Yo no bajé. Me quedé en el asiento trasero, envuelto en el humo de mi cigarrillo y en mi habitual mal humor, esperando a que la pequeña víbora hiciera su aparición.

Pero cuando la puerta de la casa se abrió y ella salió a la luz de la calle, el aire se quedó atascado en mi garganta.

María no llevaba un vestido; llevaba una provocación hecha tela. Era un mini vestido negro de satén, tan corto que rozaba peligrosamente el límite de la decencia, dejando al descubierto esas piernas que yo había visto crecer y que ahora me resultaban una tortura visual. El escote caía con una despreocupación calculada, revelando lo suficiente para hacerme perder el poco control que me quedaba después de nuestra llamada.

Caminaba hacia el coche con una seguridad insultante, sus tacones golpeando el asfalto con un ritmo que parecía burlarse de mi paciencia. Al llegar, abrió la puerta ella misma y se deslizó en el asiento a mi lado, dejando que el aroma de su perfume —fresco, dulce, letal— reclamara cada centímetro del espacio cerrado.

—Llegas tarde —dije, aunque mi voz salió más áspera de lo que pretendía, mientras mis ojos recorrían el dobladillo de su vestido, que al sentarse, subió aún más.

—Pensé que los "monstruos" tenían toda la eternidad para esperar —respondió ella, cruzando las piernas con una lentitud deliberada. Me miró de reojo, con esos ojos que ahora destellaban una confianza que me daban ganas de arrancarle a besos o a gritos—. ¿Te gusta, Max? Me pareció que después de lo que viste anoche, preferirías algo más... accesible.

Apreté el cigarrillo entre mis dedos hasta que se deshizo. El mal humor que siempre me acompañaba se transformó en una posesividad violenta. Quería cubrirla para que nadie más la viera, y al mismo tiempo, quería destrozar ese trozo de tela ahí mismo.

—Te ves como una puta, María —escupí con desprecio, intentando ocultar que el corazón me martilleaba el pecho—. Una puta muy hermosa que claramente no sabe con quién está jugando.

—Y tú te ves como un hombre que se está muriendo por tocar a esa "puta" —le dio la vuelta a mi insulto sin parpadear, inclinándose hacia mí hasta que pude ver el brillo de su piel—. ¿Vas a seguir quejándote de mi ropa o vas a llevarme a donde sea que me vayas a arruinar la vida hoy?

Le hice una seña al conductor para que arrancara. El coche se puso en marcha hacia la parte más oscura del puerto, donde las reglas no existen.

—Ten cuidado con lo que deseas, pequeña —susurré, agarrando su muslo con una mano firme, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos—. Ese vestido no te va a durar ni diez minutos cuando lleguemos. Y créeme, lo último que vas a querer es que me detenga.

El coche era un ataúd de lujo y ella era el clavo que terminaba de cerrarlo.

Desde que se sentó a mi lado con ese vestido que no era más que un insulto a mi autocontrol, supe que no llegaríamos al puerto. El olor de su piel, esa mezcla de juventud e insolencia, me estaba perforando el cráneo. Mi mal humor no era más que una máscara para el hambre que me quemaba las entrañas.

—¡Fuera! —le rugí al chofer. El hombre ni siquiera me miró; sabía que si tardaba un segundo más, le volaría los sesos allí mismo.

Cuando la puerta se cerró y nos quedamos a solas en la penumbra del Mercedes, el silencio se volvió un rugido. Me giré hacia ella. María me miraba con esa confianza nueva, una chispa de desafío en sus ojos que me decía que creía tener el control. Pobre ilusa.

—Ven aquí —ordené. Mi voz era un gruñido bajo, cargado de la violencia que he acumulado durante años.

La agarré por la cintura y la atraje hacia mi regazo con un movimiento brusco. El mini vestido de satén se deslizó hacia arriba, revelando la palidez de sus muslos contra el cuero negro. No hubo espacio para el romance. Mis manos, marcadas por la pólvora y la sangre de mis enemigos, se cerraron sobre su carne con una urgencia brutal.

La besé como si quisiera devorarla, reclamando su boca con una lengua que sabía a whisky y a una espera eterna. Ella jadeó, un sonido pequeño y necesitado que me hizo perder la cabeza. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando, luchando, aceptando la rendición. Bajé mis labios a su cuello, mordiendo la piel suave, marcándola como mi propiedad más valiosa ante la mirada de un Dios en el que no creo.

—¿Esto es lo que querías, María? —le susurré al oído mientras mis dedos desgarraban la fina seda de su ropa interior—. ¿Querías que el monstruo te mostrara lo que hace con las cosas que ama?

Me deshice de mi cinturón con una mano mientras la otra exploraba su humedad, encontrándola lista, ardiendo por mí. Ella soltó un grito ahogado, su espalda arqueándose contra el cristal tintado. La penetré de un solo golpe, seco y profundo, llenándola con todo el odio y el deseo que había contenido desde que era una niña en aquel álbum.

Cada embestida era un reclamo de propiedad. El coche se balanceaba rítmicamente bajo el peso de nuestro pecado. Verla así, con los ojos en blanco, los labios hinchados y su cuerpo de diecisiete años vibrando bajo el mío de veintinueve, me dio una satisfacción que ninguna ejecución me había dado jamás. Ella era mi ancla, mi obsesión, la única razón por la que mi corazón frío todavía se molestaba en latir.

Enterré mi rostro en el hueco de su hombro, inhalando su aroma mientras la llevaba al límite. El placer fue una explosión de oscuridad que nos envolvió a ambos, un clímax violento que me dejó vacío y, por primera vez en años, en paz.

Me quedé un momento así, sintiendo su corazón martillear contra mi pecho. Su vestido estaba arruinado, su dignidad era un recuerdo, y ahora, por fin, sus ojos solo me reflejaban a mí.

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