Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPITULO 24: NUEVA SANGRE
Durante los tres meses que Damiano y Zakhar pasaron viajando, Yelena quedó a cargo de la mansión y de las operaciones. No fue una simple regente temporal. Reorganizó rutas de contrabando en el Báltico, eliminó discretamente a dos capitanes ambiciosos y fortaleció las alianzas con las familias calabresas. Pero su verdadero foco estaba en otra cosa.
Fue ella quien, semanas después del regreso de los Alpes, tomó el control absoluto del proceso de subrogación. Rechazó decenas de agencias y perfiles con una sola frase: "No voy a permitir que una sola gota de sangre contaminada entre en esta familia". Seleccionó personalmente a la donante de óvulos: una joven rusa de veintiséis años, alta, inteligente, con historial médico impecable y sin ninguna conexión criminal. "Que el bebé tenga algo de nuestra tierra", le dijo a Zakhar en privado.
Juntos, y bajo la dirección férrea de Yelena, eligieron las mejores agencias privadas de subrogación gestacional en California. Tras meses de perfiles médicos, entrevistas rigurosas y contratos de confidencialidad inquebrantables, encontraron a la gestante perfecta: una mujer joven, de salud intachable, ajena por completo a los horrores del mundo criminal.
El material genético sería el de Damiano, para asegurar la línea de sangre Moretti, combinado con los óvulos de la donante rusa elegida por Yelena.
Durante los nueve meses siguientes, la gestante vivió en una de las alas más protegidas de la mansión Ivanov, rodeada de lujos absurdos y vigilada por un ejército privado que Zakhar multiplicó por diez. El ruso, la bestia más temida de Europa del Este, pasaba las tardes con la mano sobre el vientre hinchado, hablándole en ruso sobre la nieve de su infancia. Mientras tanto, Damiano diseñaba la habitación de la bebé con un perfeccionismo casi clínico.
Yelena se convirtió en su sombra protectora. Visitaba el ala segura todas las semanas, no para socializar, sino para asegurarse de que la mujer no sintiera miedo ni pensara en huir. Le llevaba frutas frescas de invernadero, libros en varios idiomas y, en una ocasión, un collar de oro blanco que costaba más que el sueldo anual de cualquier médico.
Pero su rol más profundo era el de guardiana de la memoria y la sangre.
Una noche, mientras Damiano revisaba muestras de tela para la cuna y se suponía que estaba Zakhar hablaba con el vientre en ruso, pero Yelena encontró a su hijo en la terraza, fumando solo.
– Estás asustado – afirmó ella.
Zakhar no lo negó. Miraba la oscuridad como si esperara que algún enemigo viniera a arrebatarle lo que aún no había nacido.
– Quiero que sea fuerte – murmuró. Pero no quiero que tenga que ser como yo.
Yelena colocó una mano firme sobre el brazo tatuado de su hijo.
– Entonces enséñale a ser como él – dijo, señalando con la cabeza hacia la luz cálida del interior, donde estaba Damiano. – Tú le darás el acero. Damiano le dará el cerebro. Y yo… yo le daré lo que ninguno de los dos tuvo: una abuela que ya quemó todos los puentes para que nadie pueda llegar hasta él.
Zakhar la miró. Por un segundo, la bestia desapareció.
– Ty moya krov, mama.
Yelena sonrió con esa sonrisa fría y orgullosa que solo él conocía.
– Da. Y esta nueva sangre será más fuerte que la nuestra. Porque la estamos eligiendo.
En el imperio Ivanov-Moretti, Damiano era la mente, Zakhar era la espada… pero Yelena era la raíz profunda, la que se enterraba en tierra envenenada y aun así florecía. La que aseguraría que la dinastía no solo sobreviviera, sino que dominara por generaciones.
Mientras la gestante crecía, Yelena ya planeaba en silencio el primer entrenamiento de la niña o niño, las escuelas a las que asistiría y los enemigos que eliminaría antes de que siquiera empezara a caminar. Porque en su mundo, el amor más feroz no se medía en caricias, sino en cadáveres apilados antes de que naciera la siguiente generación.