Luna es una creadora de contenido y diseñadora UX que se hace pasar por su hermana Sol para contraer un matrimonio arreglado con Gael, un fundador de ciberseguridad al que todos llaman "lobo de negocios". Pero él ya sabe la verdad – su fachada feroz es solo para proteger a los suyos – y juntos hacen un pacto para investigar las amenazas que acechan a la empresa de su hermana.
Mientras trabajan en equipo, las reglas de su mentira empiezan a romperse: descubren una pasión compartida por la tecnología con propósito, y cada día se acercan más. En un mundo donde la imagen parece todo, tendrán que decidir si seguir fingiendo o atreverse a ser ellos mismos – porque el único código que nunca falla es el del amor construido sobre la autenticidad.
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capitulo 6
Tuve que aguantarme las lágrimas hasta que cerró la puerta detrás de ella. Me senté en el sofá, apoyando la cabeza en las manos, mientras Gael recogía los platos y los llevaba a la cocina.
“Lo hace con las mejores intenciones”, dijo cuando volvió al salón. “La abuela solo quiere que estemos bien.”
“Lo sé. Pero es difícil mentirle – ella siempre ha sido tan sincera con nosotras.”
Gael se sentó a mi lado y me dio una palmada en el hombro.
“Esta mentira no durará para siempre. Tan pronto como resolvamos las amenazas y Sol pueda volver a su vida normal, todo volverá a la realidad.”
“Y entonces ¿qué pasa con nosotros? ¿Nos divorciamos y nunca más nos volvemos a ver?”
No sabía por qué había dicho eso – no debería importarme lo que pasara después, pero la idea de no volver a ver a Gael me produjo una sensación extraña en el pecho.
“No lo sé”, respondió Gael, mirando hacia delante. “Quizás podamos seguir siendo amigos. Quizás podamos trabajar juntos en algo, como dije ayer. Lo que sea, no tiene por qué terminar mal.”
Justo en ese momento, sonó el timbre de nuevo. Era el equipo de Gael – tres personas jóvenes con ordenadores portátiles en la mano y mochilas grandes en los hombros.
“¡Jefe!” dijo una chica con el pelo corto y teñido de azul, extendiendo la mano a Gael. “Llegamos antes de lo previsto – hemos estado revisando los sistemas de VerdeFuturo desde el coche y ya hemos encontrado algunas vulnerabilidades.”
“Genial, Sara”, dijo Gael, presentándonos. “Esta es Sara – nuestra experta en seguridad de redes. Estos son David y Miguel – responsables de auditoría y rastreo digital.”
Los tres me saludaron con una sonrisa, y Sara me miró con curiosidad.
“¿Eres Sol? He oído hablar mucho de ti y de tu proyecto – es realmente impresionante lo que estáis haciendo con los cultivos en zonas áridas.”
“Gracias”, respondí, intentando sonar segura. “Estoy muy contenta de que estéis aquí para ayudarnos.”
“Vamos a poner manos a la obra”, dijo Gael, cogiendo su chaqueta. “Primero vamos a las oficinas de VerdeFuturo para conocer al equipo local y hacer una evaluación inicial de los sistemas. Luego volvemos aquí para planificar los próximos pasos.”
Mientras bajábamos en el ascensor, Sara me preguntó sobre mis estudios y cómo había empezado en la biotecnología. Me las arreglé para responder sin dar demasiados detalles, diciendo que había estudiado biología en la universidad y que siempre había estado interesada en la agricultura sostenible. Gael me miró de vez en cuando, como si estuviera vigilando para que no me equivocara, pero también como si estuviera dispuesto a ayudarme si me metía en problemas.
Las oficinas de VerdeFuturo en Sevilla estaban en un edificio moderno de tres plantas, con ventanales grandes que daban a la Alameda de Hércules. Cuando entramos, una mujer joven con el pelo recogido en una cola alta salió de una oficina para saludarnos.
“¡Sol! ¡Qué gusto verte!” dijo, abrazándome con fuerza. Debía ser Ana, la secretaria. “No sabíamos que vendrías hoy – María y Carlos están en la sala de reuniones preparando el informe semanal.”
“Lo siento por la sorpresa”, respondí, devolviéndole el abrazo. “He venido con Gael y su equipo – necesitamos revisar algunos aspectos de seguridad de la empresa.”
Ana nos llevó a la sala de reuniones, donde dos personas más estaban sentadas alrededor de una mesa grande con un proyector en el centro. La mujer mayor, con gafas de pasta y el pelo corto y canoso, debía ser María, la jefa de la oficina. El hombre joven, con el pelo rizado y una camiseta de la empresa, era Carlos.
“Sol, cariño, ¿qué tal?” dijo María, abrazándome y luego saludando a Gael. “¿Qué nos trae por aquí? No esperábamos verte hasta la semana que viene.”
“Tenemos un pequeño problema de seguridad”, dijo Gael, tomando la palabra antes de que yo tuviera que hablar. “He venido con mi equipo para hacer una auditoría completa de los sistemas y asegurarnos de que todos los datos de la empresa están a salvo.”
María y Carlos se miraron preocupados.
“¿Un problema de seguridad? ¿Algo ha pasado?” preguntó Carlos.
“No nada grave – solo queremos prevenir cualquier problema futuro”, respondí, recordando las palabras que Gael y yo habíamos acordado usar. “Mejor prevenir que lamentar, ¿no?”
Mientras el equipo de Gael se instalaba en la sala de reuniones y empezaba a conectar sus ordenadores a la red de la empresa, María me llevó a su oficina para hablar en privado.
“Sol, mija”, dijo, cerrando la puerta detrás de nosotros. “Sé que no me debes decir nada, pero… ¿es esto por los correos que has estado recibiendo? Carlos y yo nos dimos cuenta de que estabas más nerviosa de lo normal últimamente.”
Me quedé sin aliento. No sabía que María y Carlos supieran sobre las amenazas – Sol me había dicho que solo ella y su equipo de Madrid conocían la situación.
“¿Cómo lo sabéis?” pregunté finalmente.
“Porque somos tu equipo – te conocemos demasiado bien para no dar cuenta de que algo pasa. Carlos encontró un correo borrado en tu cuenta de la oficina hace unos días – no leímos nada, pero vimos que tenía una dirección anónima y un asunto que decía ‘Cuidado con lo que haces’.” María me cogió la mano y la apretó. “Queremos ayudarte, Sol. Esta empresa es nuestra casa – no permitiremos que nadie la haga daño.”
Me sentí emocionada. Sol había construido algo realmente especial en VerdeFuturo – un equipo que se preocupaba por ella y por la empresa como si fuera suya propia.
“Gracias, María”, dije con voz emocionada. “Gael y su equipo están aquí para ayudarnos, y estoy segura de que juntos encontraremos la forma de resolver esto. Solo necesito que confíéis en mí y en ellos.”
“Claro que confiamos en ti, mija. Siempre lo hemos hecho.”
Volvimos a la sala de reuniones, donde el equipo de Gael ya había empezado a trabajar. Sara estaba sentada delante de un ordenador grande, mirando una pantalla llena de códigos y gráficos, mientras David y Miguel revisaban unos cables que estaban conectados a un router en la esquina de la sala. Gael estaba de pie junto a ellos, preguntando cosas y tomando apuntes en su cuaderno pequeño.
“Ya hemos encontrado algunas vulnerabilidades en el sistema”, dijo Sara cuando nos acercamos. “Nada que no podamos solucionar, pero alguien ha estado intentando acceder a los servidores desde varias direcciones IP diferentes en los últimos días. Estamos rastreando esas direcciones para ver de dónde vienen.”
“¿Y cuánto tiempo tardaréis en tener resultados?” pregunté.
“Si todo va bien, para esta tarde ya tendremos alguna pista”, respondió David, sin quitar la vista de su ordenador. “Pero hay que tener paciencia – los responsables son muy cuidadosos, así que tenemos que ser aún más cuidadosos que ellos.”
Mientras el equipo seguía trabajando, Gael me llevó a un rincón de la sala para hablar en privado.
“¿Te has dado cuenta de que María y Carlos ya sabían sobre las amenazas?” dijo en voz baja. “Tu hermana no te lo dijo, ¿verdad?”
Asentí, nerviosa.
“No. Creo que ella quería protegerlos – no quería que se preocuparan o que se sintieran en peligro.”
“Entiendo. Pero es bueno que sepan – necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Un equipo unido es más fuerte que cualquier sistema de seguridad.”
Gael tenía razón. Mientras miraba a los miembros de VerdeFuturo ayudando al equipo de SecureTech, pasándoles cables, preguntando cosas y ofreciéndoles café, me di cuenta de que esta no era solo una empresa – era una familia. Y como familia, estarían juntos en los buenos y los malos momentos.
A las tres de la tarde, decidimos tomar un descanso para comer algo. Fuimos a un pequeño restaurante cerca de la oficina, donde comimos tapas y bebimos cerveza fresca. El equipo de Gael hablaba de sus proyectos, de las últimas tendencias en ciberseguridad y de unas jornadas que iban a organizar en Madrid sobre protección de datos. Me senté entre Gael y Sara, escuchándolos y haciendo preguntas cuando podía – descubrí que me interesaba más de lo que creía el mundo de la tecnología y la seguridad.
“¿Y tú, Luna?” dijo Sara de repente, y me quedé paralizada – ¿cómo sabía mi nombre? “Gael nos ha contado que eres diseñadora UX y que haces contenido en redes sociales sobre empoderamiento femenino. Eso es increíble – mi hermana pequeña está empezando en la informática y siempre le digo que siga sus sueños, aunque haya pocos chicos en su clase.”
Me miré a Gael, sorprendida. Él me sonrió ligeramente y dio un sorbo de cerveza.
“Les he contado la verdad”, dijo. “No puedo trabajar con gente que no sepa quién es realmente la persona con la que están colaborando. Y además, creí que deberían conocer la verdadera talentosa detrás de esta mentira.”
Me sonrojé de la cabeza a los pies, pero también me sentí feliz – era la primera vez que alguien reconocía mi trabajo y mis habilidades, no las de Sol. Los miembros del equipo me felicitaron y me preguntaron sobre mi contenido en redes sociales, y Sara me dijo que le gustaría compartir mis vídeos con su hermana pequeña.
Cuando volvimos a la oficina, Sara nos esperaba con una expresión seria en la cara.
“Jefe”, dijo, señalando la pantalla de su ordenador. “Hemos conseguido rastrear una de las direcciones IP desde las que han intentado acceder a los servidores. Proviene de una oficina de coworking en el centro de Sevilla – una de esas donde puedes alquilar un puesto por horas sin necesidad de dar muchos datos.”
“¿Y tenemos alguna pista de quién ha estado usando ese puesto?” preguntó Gael.
“Solo que alquiló el puesto tres veces en las últimas dos semanas, siempre a la misma hora y siempre con una tarjeta de crédito anónima. Pero hemos encontrado algo más – en las cámaras de seguridad del edificio se ve a una persona que parece conocer muy bien el lugar. Es alguien del mundo de la tecnología, eso está claro.”
Miramos la imagen que aparecía en la pantalla – era borrosa, pero se podía distinguir a una persona de estatura media, con el pelo largo y oscuro recogido en una cola alta, vestida con un abrigo negro y gafas de sol. No podía ver el rostro, pero algo me resultaba familiar.
“¿Te parece a alguien que conoces?” preguntó Gael, mirándome a los ojos.
Asentí despacio, con la boca seca.
“Sí”, dije en voz baja. “Creo que sí.”