Francisco Valois, un magnate que perdió la vista y su imperio tras un atentado, acepta un matrimonio de conveniencia con Andrea, quien promete ser sus ojos y devolverle el poder. Mientras Francisco la desprecia creyéndola una oportunista, Andrea oculta una verdad devastadora: padece una enfermedad terminal y ha planeado su muerte para donarle sus córneas y asegurar el futuro del hombre que ama en secreto.
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capitulo 15
La mansión, habitualmente un templo de ecos y sombras proyectadas, se sentía esta noche inusualmente cálida. Francisco había pasado el día entero coordinando cada detalle con un fervor que rozaba la obsesión. No quería sirvientes, no quería testigos. Quería un espacio donde el poder y la enfermedad no tuvieran jurisdicción.
Cuando Andrea bajó al comedor, se detuvo en seco. La mesa no estaba puesta con la vajilla imperial; en su lugar, Francisco había dispuesto una pequeña mesa redonda cerca de la chimenea, donde el fuego crepitaba con una pereza acogedora. Sobre el mantel de lino descansaban dos bandas de seda negra.
—Francisco, ¿qué es esto? —preguntó ella, su voz temblando por el esfuerzo de ocultar el agotamiento que el encuentro con Elias le había dejado en los huesos.
—Igualdad —respondió él, de pie junto a la mesa. Francisco ya llevaba su banda puesta, cubriendo sus ojos nublados—. Esta noche, Andrea, no quiero que seas mi lazarillo. No quiero que me describas el mundo. Quiero que estemos en el mismo lugar: en la oscuridad, donde solo importa lo que sentimos.
Andrea se acercó a él. Sus dedos rozaron la seda sobre la mesa. Tomó la banda y, con un suspiro que fue una mezcla de alivio y terror, se la anudó detrás de la cabeza. Al instante, el mundo desapareció. La luz de las velas, los contornos de los muebles, la palidez de su propio rostro en los espejos... todo fue borrado.
Solo quedaba el sonido de las llamas, el olor a cedro y el latido de su propio corazón, que golpeaba con una insistencia dolorosa contra sus costillas.
—Dame la mano —pidió Francisco.
Ella extendió la suya y él la atrapó en el aire con una precisión que la asombró. La guio hasta su silla. Cenaron en un silencio vibrante, explorando los sabores —el vino terroso, la suavidad del risotto, el amargor del chocolate— sin la distracción de la vista. Sin ojos, cada roce de sus manos al buscar la copa o el cubierto se sentía como una colisión eléctrica.
—Tengo miedo, Andrea —confesó Francisco de repente, dejando la copa sobre la mesa. El sonido del cristal sobre la madera fue como un trueno en el silencio—. No a la ceguera. Me he acostumbrado a vivir en este túnel. Tengo miedo a lo que vendrá después de ti.
Andrea sintió un nudo en la garganta. La seda de la venda empezaba a humedecerse en las esquinas de sus ojos.
—No pienses en el después. Estamos aquí.
—No —insistió él, y Andrea escuchó cómo se inclinaba hacia ella por encima de la mesa—. Siento que te estás despidiendo. Lo siento en la forma en que me tocas, como si estuvieras memorizando mi piel para un viaje largo. Elías estuvo aquí hoy, ¿verdad? Marcos me dijo que un hombre entró mientras yo no estaba.
Andrea se tensó. El nombre de su verdugo, pronunciado en esa atmósfera sagrada, se sintió como una profanación.
—No era nadie importante, Francisco. Solo un fantasma del pasado intentando asustarme.
—A mí no puede asustarme nadie que no tenga el poder de quitarte de mi lado —dijo Francisco, su voz volviéndose profunda, cargada de una vulnerabilidad que la desarmó—. Andrea, cuando perdí la vista, creí que el mundo se había acabado. Pero tú... tú me enseñaste que la verdadera oscuridad es vivir sin un propósito. Tú eres mi propósito.
Francisco se levantó y, guiándose por el sonido de la respiración de ella, rodeó la mesa. Se arrodilló a su lado y le quitó la venda a Andrea, aunque él mantuvo la suya puesta. Andrea parpadeó, la luz del fuego hiriéndole los ojos por un segundo. Vio a Francisco allí, con los ojos cubiertos, entregado totalmente a su tacto.
Él tomó sus manos y las llevó a su rostro.
—Siento que te debo la verdad. Durante años, mi vida fue una suma de activos y pasivos. Nunca amé nada que no pudiera comprar o vender. Pero ahora... ahora siento que mi corazón late solo porque el tuyo me marca el ritmo.
Andrea sintió el pánico cerrándose sobre su tráquea. Sabía lo que venía. Sabía que él estaba a punto de decir las tres palabras que ella no podía permitirse escuchar, porque no tenía un futuro que ofrecerle a cambio. Decir "te amo" era firmar una promesa de eternidad, y ella apenas tenía un puñado de amaneceres prestados.
—Francisco, no lo digas... —susurró ella, su voz quebrándose.
—Tengo que decirlo. Porque si mañana el mundo decide que mi tiempo se acabó, no quiero irme sin que sepas que...
El beso de la desesperación
—¡Bésame! —lo interrumpió ella, con una urgencia que rayaba en la violencia.
Andrea se lanzó hacia él, rodeando su cuello con los brazos y uniendo sus labios en un beso que sabía a vino, a lágrimas y a una desesperación insoportable. Fue un beso que pretendía sellar su boca, ahogar las palabras de amor que la destrozarían por dentro.
Francisco respondió con la misma intensidad, envolviéndola en sus brazos, apretándola contra sí como si pudiera fusionar sus cuerpos y salvarla del destino mediante la pura presión física. La pasión estalló entre ellos, alimentada por la amargura de lo inevitable. En ese rincón de la mansión, bajo la venda de seda negra que él aún llevaba, el tiempo se detuvo.
Andrea lo besaba con la ferocidad de quien sabe que está perdiendo la batalla. Cada caricia era un "lo siento", cada suspiro era un "adiós". Él intentó hablar de nuevo entre besos, pero ella lo silenciaba con el roce de su lengua, con la urgencia de sus manos recorriendo su nuca.
—No hables —suplicó ella contra sus labios—. Solo quédate así. Solo déjame sentir que hoy el mundo es nuestro.
Se quedaron abrazados en el suelo, frente a la chimenea, mientras el fuego se consumía lentamente hasta convertirse en brasas anaranjadas. Francisco se quitó la venda y la miró con esos ojos que no veían formas, pero que parecían leerle el alma.
—Me estás ocultando algo más que una enfermedad, Andrea —dijo él suavemente, acariciando su cabello revuelto—. Pero esta noche, te dejaré guardar tus secretos. Solo recuerda que un león nunca deja que nadie le quite lo que es suyo. Ni siquiera la muerte.
Andrea no respondió. Se limitó a apoyar la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte y sano de Francisco. Era un sonido hermoso, constante, lleno de vida. Comparado con el suyo, que se sentía como un reloj de arena al que le quedan los últimos granos, era una crueldad de la naturaleza.
La noche terminó en un silencio cargado de una pasión amarga. Andrea sabía que el enfrentamiento con Elias era inminente y que su corazón no aguantaría muchas más tormentas. Pero por unas horas, en esa noche sin mentiras, ella se permitió creer que era solo una mujer amada, y no una "moribunda" atrapada en una jaula de mármol.
Mientras Francisco dormía, Andrea se levantó en silencio y caminó hacia la ventana. La luna iluminaba el jardín donde casi muere, y por primera vez, no sintió miedo. Sintió la paz de haber conocido el amor, incluso si el precio era no poder verlo florecer. En su bolsillo, el teléfono vibró: un mensaje de Elias. La amenaza de sangre seguía allí, pero ella, tras el beso de Francisco, se sentía dispuesta a quemar el mundo entero antes de dejar que su verdad destruyera al hombre que le había enseñado a ver en la oscuridad.
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