Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 6
Saori entregó la hoja del examen con manos temblorosas. El papel, apenas cubierto de respuestas mecánicas, le quemaba los dedos. Por costumbre, giró la cabeza hacia la ventana, buscando el cielo, buscando un poco de normalidad en esa rutina asfixiante. Pero el cielo estaba igual; lo que había cambiado era el patio.
Abajo, el caos se estaba desatando con una coreografía grotesca. Un estudiante corría despavorido, tropezando con sus propios pies, solo para ser interceptado por otro cuyas ropas estaban manchadas de un rojo visceral. El sonido llegó después: un alarido gutural, seguido por el sonido húmedo de dientes desgarrando carne. No era un juego. No era una película. Era la pesadilla que había estado intentando evitar durante meses, y se había adelantado.
—Todavía faltaba... —murmuró Saori, con la garganta seca.
El profesor se aclaró la garganta, confundido al verla levantarse antes de tiempo.
—Señorita, todavía no ha terminado el tiempo —protestó él, señalando el reloj.
Saori no respondió. El peso de su mochila, cargada con lo mínimo necesario que ella siempre llevaba por precaución, le golpeó la espalda cuando salió disparada hacia la puerta. Ignoró los gritos de sorpresa de sus compañeros y el llamado del profesor. En su mente solo había una prioridad: encontrar a Yuuta.
Al cruzar el umbral del salón, el pasillo se convirtió en una trampa de ruido. Gritos, golpes, el chirrido de los casilleros siendo golpeados. Saori corrió, sus zapatillas golpeando el suelo con una urgencia que no le importaba ocultar. Dobló una esquina y casi choca con alguien. Era Naoko, quien estaba petrificada, con los ojos inyectados en sangre de puro pánico, mirando hacia el final del corredor.
—¡Saori! ¿Qué está pasando? ¿Por qué todos están...? —Naoko intentó agarrarla del brazo, pero Saori se soltó con una brusquedad que hizo que la otra chica cayera al suelo.
—¡No te quedes ahí parada, idiota! —bramó Saori, sin detener su marcha—. ¡Muévete o vas a morir!
El aire olía a metal y a sudor frío. Saori llegó al pasillo de los alumnos de primaria. Sus pulmones ardían, pero no se detuvo. Cada segundo era una vida que se apagaba. Escuchó un sollozo ahogado cerca de un bebedero y, al girar, vio una silueta pequeña acurrucada: Yuuta.
—¡Yuuta! —gritó, su voz rompiéndose—. ¡Corre hacia mí!
El niño levantó la vista, los ojos empañados por las lágrimas. A pocos metros de él, un cuerpo desgarbado, con el uniforme escolar hecho jirones, se arrastraba con un movimiento espasmódico, girando la cabeza hacia el sonido del grito de Saori. No era humano. El rostro estaba desfigurado, la mandíbula colgando en un ángulo antinatural.
Saori no tenía armas de fuego aquí, solo la mochila pesada y su propia desesperación. Se lanzó hacia adelante, empujando a un estudiante que se interponía en su camino, sin importarle nada más que llegar a su hermano antes de que esa cosa lo alcanzara.
—¡Saori! —el grito de Yuuta atravesó el caos.
Ella se abalanzó, cerrando la distancia, sintiendo cómo el horror que había leído tantas veces en su novela se materializaba frente a sus ojos, real, caliente y mortalmente peligroso.
Saori irrumpió en el salón de Sora. Sus ojos recorrieron el aula con desesperación buscando a su hermano. Faltaban Haruto y Daichi. El apocalipsis se había adelantado, tal como temía.
—¡Saori! ¡No puedes entrar así! —exclamó el profesor, levantándose de su escritorio, indignado por la interrupción.
Ella lo ignoró por completo. Se acercó a Sora y le agarró la mano con una fuerza que le dejó los nudillos blancos.
—Tenemos que irnos. Ahora —ordenó ella, tirando de él.
—Espera, no me puedo ir de esa forma —replicó Sora, intentando resistirse, confundido por la intensidad de su hermana.
—No tenemos tiempo. Tenemos que ir por Yuuta —sentenció Saori, sin darle espacio a réplicas.
Lo arrastró por el pasillo. La urgencia en sus pasos era tan evidente que Sora, contagiado por el miedo de su hermana, dejó de protestar y corrió tras ella. Llegaron al salón de primaria, donde Yuuta esperaba confundido. Saori entró sin pedir permiso.
—Disculpe, maestra. Tengo que llevarme a mi hermano —dijo Saori, conteniendo el aliento.
La maestra, al ver el pánico en los ojos de la chica, asintió sin cuestionar.
—Está bien, llévatelo.
—Cierre las puertas con llave y no haga ruido —advirtió Saori antes de salir.
La maestra quedó en silencio. Era lo único que podía hacer por sus alumnos mientras el caos comenzaba a devorar el pasillo.
Saori lideró la carrera hacia la salida trasera.
—¿Por qué no vamos por el frente? —preguntó Sora, jadeando.
—Es peligroso. Iremos por detrás del colegio. Es el camino más rápido a casa.
Por suerte, su casa quedaba a pocas calles. Saori no soltó la mano de Yuuta ni un segundo. El camino estaba desierto, pero a lo lejos, ya se escuchaban gritos y el sonido sordo de cuerpos chocando contra las rejas. Saori divisó un par de figuras tambaleándose en la distancia y aceleró el paso. En pocos minutos, cerraron la puerta principal de su casa con un estruendo metálico.
—Ahora sí, explícame qué está pasando —exigió Sora, con el pecho agitado.
Saori encendió el televisor y sintonizó las noticias. Una reportera aparecía en pantalla con el rostro desencajado.
—Se les ordena a las personas que están viendo la transmisión no salir de sus casas. Busquen un lugar seguro. Las personas se están volviendo locas, están cometiendo actos de canibalismo... —la reportera no pudo terminar la frase. Un grupo de personas infectadas se abalanzó sobre ella, cortando la transmisión en un estático violento.
Sora retrocedió, pálido.
—Pero... ¿qué es eso? —murmuró, sin poder creer lo que acababa de ver.
—Hay zombies afuera —respondió Saori, asomándose brevemente por la ventana.
Sin esperar, buscó el control remoto oculto en una gaveta y presionó el botón rojo. Los motores de las ventanas y las puertas reforzadas se activaron, cerrando la casa como si fuera una caja fuerte de acero. El silencio de la calle fue reemplazado por el zumbido de la seguridad activada.
Sora se quedó petrificado, mirando las placas de acero cubrir las ventanas.
—Lo mandé hacer hace dos meses... —explicó ella, bajando la cabeza.
—¿Tú sabías que algo así pasaría? —preguntó él, con la voz cargada de una mezcla de traición y miedo.
Sora estaba serio, procesando cada compra, cada actitud extraña de su hermana. Saori guardó silencio, incapaz de mirarlo a los ojos.
—¿Por qué no dijiste nada? —continuó él—. ¿Sabes cuántas personas se pudieron haber salvado?
—¿Crees que me hubieran creído? —estalló Saori, con los ojos empañados—. ¡Me hubieran tratado como a una lunática!
Sora se quedó callado. El dolor en la voz de su hermana lo golpeó más que la situación exterior.
—Lo siento... no quería... —murmuró él, bajando los hombros.
Saori lo abrazó. No sabía de dónde venía esa necesidad, pero en ese momento, esos dos meses habían sido suficientes para que ellos se convirtieran en su único ancla en el fin del mundo.
—Todo estará bien. Ya estoy preparada —susurró ella contra su hombro.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó Sora.
—Lo soñé. Al principio no lo creía, pero cada cosa que hice antes de esto lo estaba viviendo, así que decidí creer en mí misma.
Sora asintió, aunque el shock seguía presente.
—Entiendo —dijo, intentando recuperar la compostura.
—Hermana, has comprado muchas cosas —dijo Yuuta, señalando las cajas.
—Por eso comprabas tanto... Pensé que era... —Sora se detuvo, mirando a Saori con una intensidad nueva.
Ella lo miró interrogativamente, esperando que terminara la frase.
—Nada, olvídalo —respondió él, evitando el tema.
Para distraerlos, Sora se ofreció a cocinar algo sencillo. Comer fue lo único que les permitió sentir que todavía eran humanos en medio de la locura que rugía afuera.
La noche cayó sobre la ciudad como un sudario. Dentro de la casa, el silencio era absoluto, una calma tensa que parecía vibrar contra las paredes reforzadas. Afuera, sin embargo, el mundo había dejado de ser el mismo: el viento traía ruidos lejanos, gritos ahogados y el arrastrar de pies que no pertenecían a los vivos.
Saori estaba sentada en el borde de su cama, mirando fijamente la oscuridad, cuando un suave crujido en la puerta la hizo girar. La luz del pasillo se filtró por la rendija, revelando las siluetas de Sora y Yuuta. Ambos cargaban sus sábanas y almohadas, con una expresión de vulnerabilidad que ella nunca les había visto antes.
—¿Qué pasa? —susurró Saori, sintiendo un nudo en la garganta.
Yuuta dio un paso al frente, apretando la tela de su sábana contra el pecho. Sus ojos, grandes y brillantes por el miedo contenido, buscaban un ancla en su hermana.
—¿Podemos dormir contigo? —preguntó Yuuta con la voz pequeña, casi un hilo de sonido que se perdió en la penumbra.
Saori asintió, apartando el edredón con un gesto lento.
—Claro, vengan. Por suerte, la cama es grande —respondió ella, sintiendo cómo el alivio y la angustia se mezclaban en su pecho.
Yuuta se deslizó en el medio, buscando el calor de ambos, mientras Sora ocupaba el lado izquierdo, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana. Saori se acomodó a la derecha, cerrando el pequeño círculo familiar. En ese estrecho espacio, los tres intentaban ignorar la realidad que les esperaba al otro lado de las puertas de hierro.
—Tengo miedo... —la confesión de Yuuta rompió el silencio. El pequeño se acurrucó, buscando la protección de su hermana—. No quiero que les pase algo malo.
Saori extendió la mano en la oscuridad y lo atrajo hacia ella, besándole la frente con una ternura que le dolía.
—Tranquilo. Tus hermanos mayores saben cuidarse muy bien, Yuuta —dijo ella, con una firmeza que esperaba que no sonara forzada.
Sora, que había permanecido en silencio desde que entraron, dejó escapar un suspiro largo y tembloroso en la oscuridad. Él había estado analizando todo, ha estado procesando los cambios de su hermana durante meses, pero ahora, sintiendo la respiración acompasada de ambos, la carga de ser el protector se sentía más ligera.
—Saori —la voz de Sora sonó más grave de lo normal, apenas un susurro—. ¿Cómo supiste que esto pasaría?
Ella guardó silencio por un momento, mirando hacia el techo donde las sombras bailaban. El miedo de después y el dolor de antes se fundían en su memoria.
—Lo soñé —respondió finalmente—. Al principio no lo creía, me parecía una locura, pero todo lo que hice antes de que esto pasara lo estaba viviendo. Así que decidí creer en mi sueño y prepararme para lo peor.
—Entiendo —respondió Sora, y Saori pudo sentir cómo se relajaba ligeramente a su lado.
Siguieron hablando en susurros, compartiendo recuerdos y planes, intentando llenar el vacío con palabras. Poco a poco, el cansancio ganó la batalla. El miedo no se había ido, pero al menos, dentro de esa fortaleza que Saori había construido, estaban juntos. Y mientras el caos devoraba el mundo exterior, en esa habitación, por unas horas, el tiempo se detuvo.