El destino de los imperios no siempre se decide en los campos de batalla, bañados en sangre y acero. A veces, el rumbo de la historia se tuerce en el silencio de un pasillo de seda, en el suspiro de un Omega que se niega a ser quebrado y en la mirada de un Sultán que descubre que su mayor conquista no es una tierra, sino un alma.
Dorian no era un regalo. Era una tormenta envuelta en gasa y orgullo. Selim no era solo un monarca. Era un fuego que lo consumía todo. En el corazón del Imperio Otomano, donde las leyes de los Alfas y Omegas son tan antiguas como el mismo Bósforo, un vínculo prohibido está a punto de nacer. Un vínculo que podría ser la salvación del Sultán... o el incendio que reduzca a cenizas su trono.
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Capítulo 16: El Sabor del Hielo
El Salón de Cristal amaneció bañado por una luz dorada que hacía brillar las fuentes de agua de rosas. Era el desayuno diplomático, una instancia supuestamente relajada, pero el ambiente estaba cargado de una electricidad estática. Kaveh ya estaba allí, luciendo una túnica de seda lavanda que dejaba sus hombros al descubierto, observando con una sonrisa felina cómo los sirvientes colocaban las bandejas de plata frente al lugar del Sultán.
Dorian entró un paso detrás de Selim. Sus ojos azules escanearon de inmediato la mesa. Sus "Sombras" no se habían equivocado: el cuenco de higos y miel frente a Selim tenía un brillo ligeramente aceitoso, casi imperceptible. El Suspiro del Desierto.
—Buenos días, Majestad —ronroneó Kaveh, inclinándose de modo que su aroma dulce inundara el espacio de Selim—. He preparado personalmente estos higos con especias de mi tierra para vos. Dicen que abren el corazón a nuevas... posibilidades.
Selim, con el hambre propia de un Alfa tras una noche de pasión intensa, extendió la mano hacia el cuenco. Dorian sintió un frío recorrerle la espalda.
—¡Majestad! —interrumpió Dorian, su voz sonando como una campana de plata. Selim se detuvo, sorprendido por la interrupción—. Perdonad mi atrevimiento, pero antes de probar las delicias de Persia, me he dado cuenta de que anoche fui un anfitrión algo... rudo con nuestro invitado.
Kaveh arqueó una ceja, sospechoso. Selim miró a Dorian con curiosidad. —¿Y qué sugieres, mi sol? —preguntó el Sultán, su voz grave y cargada de la posesión que aún sentía desde la madrugada.
—Sugiero una disculpa —dijo Dorian, caminando hacia el centro del salón mientras se despojaba de su pesada capa de terciopelo, quedando solo en una túnica de seda blanca casi traslúcida, ajustada a su cintura con una cadena de oro—. Un baile de mi tierra. Se dice que en el norte, cuando un guerrero quiere honrar a su señor y disculparse con un invitado, baila el Baile de las Nieves Eternas. Es... un regalo visual.
Kaveh soltó una risita burlona. —¿Bailar? Creía que los norteños eran solo acero y frío.
—Os sorprendería lo que el frío puede esconder, Príncipe —replicó Dorian.
Dorian hizo una señal a los músicos. En lugar de los laúdes otomanos, pidió un ritmo de tambores lento, profundo, que imitaba el latido de un corazón.
Dorian comenzó a moverse. No era el baile delicado y sumiso de los omegas orientales. Era algo salvaje, rítmico y profundamente sexual. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, sus brazos trazaban ondas en el aire que parecían invocar una tormenta. Con cada movimiento, Dorian se acercaba a Selim, sus ojos fijos en los del Sultán, ignorando por completo a Kaveh.
Dorian se acercó tanto a la mesa que sus muslos rozaron el brazo de Selim. En un movimiento ágil y aparentemente accidental, su cadera golpeó el cuenco de higos envenenados, enviándolo al suelo de mármol, donde se hizo añicos.
—¡Oh! Qué torpeza la mía —susurró Dorian, sin dejar de bailar, bajando su cuerpo hasta quedar de rodillas frente a Selim, arqueando la espalda de una forma pecaminosa que ponía a prueba la cordura del Sultán.
Selim ya no pensaba en la comida. Su pupila estaba dilatada, su aroma a cedro se volvió tan potente que Kaveh tuvo que cubrirse la nariz. El Sultán estaba completamente hipnotizado por la piel de Dorian, por la forma en que el sudor empezaba a brillar en su cuello y por la lascivia explícita de sus movimientos.
Dorian se levantó lentamente, deslizando sus manos por su propio cuerpo, subiendo por sus caderas hasta su pecho, terminando con sus dedos en sus labios, mirando a Selim con una invitación que era un grito de guerra. Se inclinó sobre el Sultán y, en lugar del veneno, tomó una uva de un plato seguro y se la dio en la boca con sus propios dedos.
—¿Me perdonáis, Majestad? —susurró Dorian, sus labios rozando los de Selim.
—Te perdonaría cualquier cosa si sigues moviéndote así —gruñó Selim, agarrando a Dorian por la nuca frente a toda la delegación persa y dándole un beso hambriento que reclamaba cada fibra de su ser.
Kaveh estaba lívido. Su plan se había hecho añicos junto con el cuenco de higos. Había sido ignorado y superado en su propio terreno: la seducción.
—Parece que el Príncipe Kaveh ha perdido su desayuno —dijo Dorian, girándose hacia el persa con una sonrisa de victoria absoluta mientras se sentaba en el regazo de Selim, reclamando su trono—. Pero no os preocupéis, mandaré que os traigan algo... más simple. El veneno de la envidia es difícil de digerir con el estómago vacío.
Kaveh apretó los puños, pero la Valide Sultan, que observaba desde su esquina, le hizo una señal de silencio. Sabía que Dorian había ganado esta ronda.
Selim no pudo esperar a que terminara el banquete. La visión de Dorian bailando para él, con esa mezcla de orgullo norteño y erotismo puro, lo había llevado al límite. Despachó a la delegación persa con un gesto brusco.
—¡Fuera todos! —ordenó el Sultán.
Cuando las puertas se cerraron, Selim arrojó a Dorian sobre la mesa de banquete, entre las bandejas de plata y los pétalos de flores. La lujuria era una fuerza física en la habitación.
—Ese baile... —gruñó Selim, desgarrando la seda blanca de Dorian—. Me has vuelto loco frente a mis enemigos. Ahora vas a pagar por cada movimiento de esas caderas.
Fue una escena cargada de una pasión cruda y posesiva. Selim tomó a Dorian allí mismo, sobre la mesa imperial, en un acto de dominio total. La descripción de sus cuerpos entrelazados era un estudio de contrastes: la piel bronceada y cicatrizada del Sultán contra la blancura casi luminosa del Consorte. Selim era implacable, sus embestidas eran rítmicas y potentes, marcando a Dorian con mordiscos en los hombros y el cuello, asegurándose de que el aroma del Alfa borrara cualquier rastro de la presencia persa en el aire.
Dorian gritaba su nombre, su cabeza echada hacia atrás, sus dedos clavándose en la madera de la mesa. No había delicadeza, solo una necesidad animal de pertenecerse el uno al otro en medio del peligro. Selim lo poseía con una lascivia exótica, explorando cada rincón de su cuerpo, usando sus manos para abrir a Dorian por completo ante él, devorándolo con la mirada mientras se unían en un clímax que hizo temblar las lámparas de cristal del salón.
Cuando terminó, Dorian respiraba con dificultad, envuelto en los brazos de un Sultán que no pensaba soltarlo. —Kaveh intentó envenenarte, Selim —susurró Dorian contra su pecho.
Selim lo apretó más fuerte. —Lo sé. Lo olí en cuanto el cuenco cayó. Pero lo que no sabía era que tenía a un demonio del norte protegiendo mi vida... y tentando mi alma.
—Esto es solo el principio —dijo Dorian, mirando hacia las puertas—. Kaveh no se irá. Y yo no he terminado de mostrarle lo que pasa cuando se intenta robar lo que es mío.
Espero disfruten esta nueva aventura