Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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06
La capital, Valthoria, era una bestia de piedra y humo que se tragaba la luz del sol. A diferencia de la frontera, donde el enemigo era visible y se combatía con acero, aquí el aire mismo era venenoso. La patrulla de cenizas no entró por las puertas principales. Siguiendo las indicaciones de un antiguo contrabandista que Derek había interrogado, descendieron a las cloacas, un laberinto de túneles oscuros que olían a desecho.
—Aquí huele como en la corte —murmuró Kaelen, su voz resonando en el húmedo túnel—. Solo que aquí el olor es más honesto.
Establecieron su base de operaciones en una bodega abandonada junto al muelle de los Pescadores, un lugar olvidado donde el único sonido era el grito de las gaviotas y el chapoteo del agua sucia. El plan era simple y letal: dividirse, observar y reunir pruebas.
—Necesitamos el quid pro quo —dijo Derek, trazando un mapa en el suelo de tierra con una rama—. No bastará con decir que los consejeros son traidores. Necesitamos pruebas que el pueblo y los nobles leales no puedan ignorar. Una confesión, una carta, un testigo. Algo tangible.
Asignó los roles. Kaelen, con su instinto de cazadora, lideraría la vigilancia. Usando su red de exploradores y su conocimiento de los movimientos furtivos, montaría un mapa de la ciudad, siguiendo a los consejeros sospechosos: Lord Erik, el canciller; Lady Anya, la tesorera; y el General Marcus, cabeza del ejército personal del príncipe. Saber con quién se reunían, a quién sobornaban y cuáles eran sus rutinas era la primera pieza del rompecabezas.
Bastian, cuyo rostro ya no inspiraba confianza sino una especie de miedo respetuoso, se convirtió en sus ojos y oídos en los bajos fondos. Con un poco de dinero de las reservas de la patrulla, se hizo un par de contactos en tabernas y mercados. Su misión: escuchar los rumores, identificar a los guardias corruptos y a los sirvientes desleales que pudieran ser comprados o intimidados para obtener información. Su transformación era completa; ya no era el lechero amable, sino un hombre duro cuyos ojos avellanos parecían ver a través de las mentiras.
Y Derek, ella misma, era la pieza clave. Tenía que volver a ser Natalie, al menos en apariencia. Usando una de sus identidades antiguas, la de una dama de compañía de una casa noble menor aliada de su familia, se infiltró en los círculos sociales. Su primera noche en una recepción en la mansión de Lord Erik fue una tortura. Se vistió con un vestido de seda que se sentía como una jaula, y sonrió con la cortesía que había odiado toda su vida.
—Princesa Natalie —dijo Lord Erik, acercándose a ella con una sonrisa de reptil—. Qué alegría verte de vuelta. Todos estábamos... preocupados por tu largo retiro. Tu padre, el pobre, está muy enfermo. La corte se desmorona sin tu presencia.
—La guerra me cambió, lord Erik —respondió Derek, manteniendo la cabeza alta—. He venido a atender a mi padre y a servir al reino como pueda.
Mientras hablaba, sus ojos escaneaban la habitación. Vio a Lady Anya intercambiando miradas cómplices con un embajador yliriano. Vio al General Marcus apartándose con un grupo de nobles de dudosa reputación. Y vio a su padre, sentado en un trono ornamental, pálido y delgado, con una mano temblando sobre el reposabrazos. Una sirvienta le ofreció vino, y Derek notó que era la misma sirvienta que siempre había servido a su padre, una mujer de rostro amable y leal llamada Sonya.
Durante los días siguientes, el plan avanzó. Kaelen descubrió que Lord Erik se reunía secretamente con el embajador yliriano en una casa de citas de lujo. Bastian logró sobornar a un guardia del palacio, quien le informó que las provisiones de la cocina real eran compradas a un proveedor vinculado al General Marcus, a precios inflados y de calidad sospechosa. Y Derek, en sus incursiones en la corte, empezó a notar un patrón. Su padre siempre empeoraba después de las comidas.
Una noche, mientras cenaba con su padre, que apenas podía hablar, vio a la sirvienta Sonya acercarse con la copa de vino del rey. Un impulso, una intuición nacida de meses de desconfianza, la hizo actuar.
—Padre, ¿te importaría si tomo un sorbo de tu vino? Siempre me ha gustado esta cosecha —dijo Derek, con una sonrisa dulce.
La sirvienta se quedó paralizada por un instante, un pánico casi imperceptible en sus ojos. —Oh, pero alteza...
—No te preocupes —dijo Derek, tomando la copa de la bandeja de Sonya—. Solo un poco.
La observó mientras levantaba la copa. Sonya estaba sudando. Derek se dio cuenta de que no podía beberla. Si estaba envenenada, sería el final. Pero tampoco podía acusarla sin pruebas. Con una calma que no sentía, fingió tropezar. El vino rojo salpicó el vestido blanco de Sonya y el suelo de mármol.
—¡Qué torpe soy! —exclamó Derek—. Sonya, por favor, tráeme otra copa para mi padre y un paño para limpiar esto.
Mientras la sirvienta se apresuraba a obedecer, Derek se agachó, como si ayudara a limpiar, y tomó un trozo del pan que había caído junto al charco de vino. Lo empapó discretamente en el líquido derramado y lo guardó en un dobladillo de su vestido. Tenía su prueba. O al menos, la esperanza de una.
Esa noche, de vuelta en la bodega, Derek entregó el pan empapado en vino a Kaelen. —Llévalo a un alquimista de confianza. Uno que no le deba nada a nadie en la corte. Quiero saber qué hay en esto.
Mientras Kaelen se iba, Derek se quedó mirando el mapa de la ciudad. Lord Erik, Lady Anya, el General Marcus. La sirvienta Sonya. Las piezas estaban encajando. Pero sabía que eran inteligentes. No dejarían que los atraparan tan fácilmente. El juego de sombras y acero había comenzado, y el primer movimiento había sido suyo. Ahora solo tenía que esperar a ver cómo respondía el enemigo.
La respuesta del enemigo fue rápida y aterradora. Al día siguiente, el alquimista de Kaelen, un hombre viejo y arrugado que vivía sobre una boticaria en el Barrio de los Mercaderes, fue encontrado muerto en su tienda. No había heridas de espada ni flechas. Simplemente estaba muerto en su silla, con una taza de té medio bebida en la mano y una expresión de sorpresa congelada en su rostro. Kaelen llegó justo cuando los guardias de la ciudad se llevaban el cuerpo. No pudo acercarse, pero supo al instante que era un asesinato silencioso, profesional. La trama no solo era traicionera, sino que tenía garras largas y letales.
—Sabían que lo enviaríamos allí —dijo Kaelen al regresar a la bodega, su voz más fría que nunca—. Están un paso por delante.
—No del todo —replicó Derek, su mente trabajando a toda velocidad—. Si supieran exactamente lo que hacemos, habrían venido por nosotros, no por él. Saben que estamos investigando, pero no qué hemos encontrado. Su error fue actuar con tanta prisa. Nos han delatado su nerviosismo.
El miedo se mezclaba con una especie de excitación frenética. Estaban jugando con fuego, y por primera vez, podían sentir el calor en sus rostros.
Esa noche, Derek tuvo que volver a la corte. Asistir a un baile en el palacio era lo último que deseaba, pero era necesario. Tenía que mostrarse despreocupada, una princesa ociosa preocupada por vestidos y chismes, mientras sus enemigos creían que su único investigador había sido silenciado. Vistió un vestido de terciopelo azul profundo que contrastaba con el fuego de sus ojos.
Mientras danzaba con un noble aburrido, sus ojos se fijaron en la sirvienta Sonya. Estaba sirviendo bebidas, pero su comportamiento era extraño. Evitaba mirar a Derek y su mano temblaba ligeramente cada vez que se acercaba a la mesa del rey. De repente, Sonya tropezó, no con Derek, sino con un candelabro. La cera caliente salpicó su mano y ella soltó un grito ahogado, no de dolor, de puro terror. Lady Anya, que estaba cerca, se acercó de inmediato.
—¡Tonta inútil! —le susurró a Sonya mientras la ayudaba a levantarse, pero sus ojos se deslizaron hacia Derek con una frialdad calculadora—. Lárgate de aquí antes de que causes más desastres.
El incidente fue menor, pero para Derek fue una revelación. Lady Anya era la controladora. Era la mano que sostenía el veneno.
A la mañana siguiente, Bastian llegó a la bodega con noticias. Había estado siguiendo a un paje real que solía frecuentar las mismas tabernas que él. Después de unas cuantas rondas, el muchacho, hambriento de dinero, había hablado.
—Es sobre Sonya —dijo Bastian, su voz baja y eficiente—. No es realmente una sirvienta. Es la prima tercera de Lady Anya, de una rama pobre de la familia. Su hijo está enfermo, muy enfermo. Lady Anya le paga a su familia para que se encargue del rey. Es una prisión dorada. Si obedece, su hijo recibe la mejor atención médica. Si desobedece...
Derek no necesitó que terminara la frase. Tenían a la verdadera culpable y a su débil cómplice. Ahora solo necesitaban la prueba definitiva.
—Bastian —dijo Derek—, necesito que encuentres a su hijo. No para hacerle daño, sino para saber dónde está y quién lo cuida. Y Kaelen, necesito que hagas lo que mejor sabes. No espíes a Lady Anya. Espía a su gente. A su doncella, a su cochero, a su capitán de la guardia. Alguien debe llevarle los mensajes o el dinero para la familia de Sonya.
Mientras sus hombres se ponían en marcha, Derek se preparó para su parte más arriesgada. Usando una de las túnicas de sirvienta que había guardado de su antigua vida, se infiltró en las cocinas del palacio al final del día. El caos era perfecto para pasar desapercibida. Se acercó a Sonya, que estaba limpiando ollas, con la cabeza gacha.
—Necesito hablar contigo —dijo Derek en voz baja, desde la sombra de un pilares—. No sobre el rey. Sobre tu hijo.
Sonya se sobresaltó y dejó caer una cuchara de madera, que resonó en el suelo de piedra. Miró a Derek con un terror absoluto.
—Yo... yo no sé de qué me habla.
—Sí lo sabes —replicó Derek, su voz suave pero firme—. Sé que Lady Anya lo tiene. Sé que te obliga a hacer esto. No estoy aquí para juzgarte. Estoy aquí para ofrecerte un trato. Ayúdame a salvar a mi padre, y te ayudaré a salvar a tu hijo.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Sonya. Se derrumbó, sollozando silenciosamente. —No puedo... Ella me matará. Matará a mi hijo.
—No —dijo Derek, arrodillándose y tomándole las manos—. Porque no estarás sola. Dame algo, Sonya. Algo que podamos usar. Una carta, un objeto, cualquier cosa que la vincule directamente al veneno. Y te prometo que mi gente sacará a tu hijo de esa habitación y lo llevará a un lugar seguro. Te prometo que lo verás de nuevo.
La sirvienta vaciló, el conflicto librando una batalla en su rostro. Finalmente, asintió lentamente. —Hay un diario. Lo guarda en un cofre de su dormitorio. Allí escribe todo. Pero la llave siempre la lleva con ella.
—No importa —dijo Derek—. Ahora tenemos un objetivo. Y un plan.
Esa noche, el juego de sombras y acero entró en su fase final. El objetivo ya no era solo obtener pruebas, sino ejecutar un robo imposible en el corazón del territorio enemigo, con la vida del rey y el futuro del reino colgando de un hilo. La princesa y la soldado se habían fusionado en una sola, y por primera vez, se sentía lista para dar el golpe decisivo.