En la prisión de máxima seguridad de Tadmor, la doctora Andrea Spencer, psicóloga forense, recibe una tarea imposible: evaluar a Danielle Hoffmann, una asesina acusada de crímenes inhumanos.
Pero en cada entrevista, los roles comienzan a invertirse.
Tras el vidrio blindado y las cadenas, Danielle no se comporta como un monstruo… sino como alguien que sabe exactamente lo que es. Habla de experimentos, de una infancia robada, de un proyecto que buscaba crear algo más que soldados. Y en su mirada hay una certeza inquietante: ella no fue la única.
Mientras Andrea intenta separar la verdad del delirio, descubre que cada palabra en esa celda es una advertencia. Porque Danielle no espera juicio.
Espera que vengan por ella.
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VI. MUERTO.
La base central de la F.A.C.I. estaba sumida en una penumbra azulada, iluminada únicamente por el resplandor de decenas de pantallas flotantes. Mapas satelitales, líneas de código, rastreos financieros y registros interceptados desfilaban sin descanso frente a los ojos de los analistas.
En el centro de la sala, de pie como una estatua tallada en piedra, estaba Xavier Hoffmann.
Inmóvil.
Recto.
Impenetrable.
A su lado, Dereck observaba el flujo de datos con el ceño fruncido, desplazando información con movimientos precisos sobre la interfaz holográfica.
—Nada otra vez —murmuró con fastidio contenido—. Dos años… y ni una sola señal térmica, digital o bancaria.
Xavier no respondió. Sus ojos recorrían las pantallas como si pudieran obligarlas a hablar.
—Es como si hubiera dejado de existir —añadió Dereck—. Ni los algoritmos predictivos pueden proyectar su patrón de movimiento.
Silencio. Finalmente, Xavier habló.
—No dejó de existir.
Su voz era baja. Firme. Sin emoción.
—Se ocultó. —observó el experimentado ministro.
Dereck suspiró con impaciencia.
—Se ocultó demasiado bien. Nadie desaparece así sin ayuda. Ni siquiera él.
Xavier ladeó apenas el rostro.
—Ares Moguilevich no es “nadie”—un leve destello cruzó sus ojos—. Es el único individuo que ha logrado permanecer fuera de toda red de inteligencia internacional durante más de veinticuatro meses.
Dereck cruzó los brazos.
—O está muerto.
El silencio que siguió fue gélido. Xavier lo miró y esa sola mirada bastó para que Dereck entendiera que había dicho algo que no debía.
—No —dijo Xavier.
Una palabra.
Cortante.
Definitiva.
—Si estuviera muerto… el mundo ya lo sabría.
Dereck apretó la mandíbula.
—Entonces está esperando. —se cruzó de brazos.
Xavier asintió apenas.
—Exacto.
Las pantallas reflejaban datos sin sentido, rutas vacías, coordenadas sin actividad. Pero la mirada de Xavier no mostraba frustración.
Mostraba cálculo.
—Los depredadores superiores no huyen —continuó—. Se repliegan.
Dereck preguntó:
—¿Para qué?
Xavier respondió sin titubear:
—Para observar —se pauso—. Y atacar cuando nadie lo espera.
El silencio volvió a instalarse. Dereck deslizó otro archivo.
—Si está vivo… tarde o temprano cometerá un error.
Xavier negó lentamente.
—Ese es el problema, hijo. —sus ojos se fijaron en una pantalla vacía—. Los hombres como él no cometen errores —un segundo—. Provocan que otros los cometan.
La sala pareció enfriarse.
Dereck bajó la voz.
—¿Y si no vuelve nunca?
Xavier lo miró de reojo.
—Volverá.
—¿Cómo está tan seguro?
Entonces, por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, una sombra de algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro del padre de Danielle.
No era orgullo.
No era alegría.
Era certeza.
—Porque ella está en Tadmor.
Dereck no necesitó preguntar a quién se refería. El nombre estaba implícito en el silencio. Xavier añadió:
—Y un hombre como Ares Moguilevich… —sus dedos se entrelazaron detrás de la espalda—. No abandona lo que considera suyo.
Las pantallas siguieron parpadeando. Pero en ese momento, la cacería ya no parecía una búsqueda. Parecía una cuenta regresiva.
La luz azul de los monitores seguía bañando la sala de operaciones, pero ahora el aire se sentía distinto. Más pesado. Más denso.
Dereck no apartó la vista de la pantalla frente a él, aunque su atención ya no estaba en los datos. Estaba en su padre.
—Hay algo que quiero saber —dijo finalmente.
Xavier no respondió. Solo desplazó una ventana holográfica con un gesto preciso.
—¿Por qué le hiciste eso a Danielle?
La pregunta quedó suspendida. No hubo sorpresa en el rostro de Xavier. Ni incomodidad. Ni culpa. Nada.
—No te metas en asuntos que no te interesan —contestó con calma.
Dereck giró la cabeza despacio.
—Sí me interesan. —rebato.
Xavier siguió mirando al frente.
—No.
—Sí.
Un silencio tenso vibró entre ambos. Dereck se dio vuelta por completo esta vez, enfrentándolo.
—Te guste o no… ella lleva nuestra sangre. —lo miró con firmeza.
Los ojos de Xavier se movieron apenas hacia él.
—La llevaba.
Dereck frunció el ceño.
—No. La lleva. Solo que ahora está… mutada.
La palabra quedó cargada de desprecio… pero también de algo más difícil de admitir. Inquietud.
—Ni siquiera nosotros sabemos cómo tratar algo así —continuó—. No es humana como nosotros. No es un soldado. No es un arma. No es nada definido.
Xavier guardó silencio.
Dereck dio un paso hacia él.
—Y es tu culpa. —lo acuso.
La sala pareció detenerse. Los analistas a lo lejos fingieron no escuchar, pero sus hombros rígidos los delataban.
Xavier habló sin elevar la voz:
—Cuida tu tono.
—No —replicó Dereck, firme—. Tú cuida tus decisiones.
Los ojos del padre se clavaron en él. Fríos. Matemáticos. Como si evaluara un blanco.
Pero Dereck no retrocedió.
—Todo lo que ella es… todo lo que pasó… es consecuencia directa tuya —añadió—. No nació así. Tú la hiciste así.
Silencio. Una pantalla cambió de mapa automáticamente. Nadie la miró.
—La convertiste en un experimento —continuó Dereck—. La entrenaste como arma. La empujaste hasta romperla.
Xavier habló entonces:
—La perfeccioné.
Dereck soltó una risa seca.
—¿Perfeccionaste? —lo miró con ironía.
—Sí.
Su tono no tenía orgullo. Ni emoción.
Solo convicción.
—El mundo no necesita debilidades —prosiguió Xavier—. Necesita superioridad.
—Es tu hija.
—Era un prototipo.
La frase cayó como un disparo. Incluso los técnicos al fondo se tensaron. Dereck lo miró fijo.
—Estás enfermo.
Xavier ni siquiera parpadeó.
—Estoy adelantado.
Un segundo.
Dos.
Tres
.
—No entiendes lo que ella es —continuó Xavier—. Ninguno de ustedes lo entiende.
Dereck apretó los dientes.
—Lo único que entiendo… es que creaste algo que ya no puedes controlar.
Los ojos de Xavier brillaron apenas. No con miedo. Con interés.
—Ahí es donde te equivocas.
—¿Ah sí?
—Sí.
Xavier se inclinó apenas hacia él.
—Porque todo lo que Danielle es… –otra pausa—. Sigue respondiendo a su origen.
Dereck sostuvo su mirada.
—No.
Su voz fue baja. Segura.
—Danielle ya no responde a nadie.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Más profundo. Más peligroso. Xavier enderezó la espalda lentamente.
—Entonces tarde o temprano… —sus dedos se entrelazaron detrás—. Habrá que eliminarla.
No lo dijo como amenaza. Lo dijo como conclusión lógica. Dereck lo miró fijo. Por primera vez en años…Sintió algo parecido a duda. Porque conocía a su padre y cuando Xavier Hoffmann tomaba una decisión… El mundo siempre sangraba un poco después.
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...Italia — Madrugada silenciosa....
La mesa estaba cubierta de planos, esquemas y fórmulas escritas a mano. No eran simples diseños: eran proyecciones mentales convertidas en papel. Cada línea respondía a una estrategia, cada cálculo a una posibilidad futura. Ares no diseñaba objetos. Diseñaba destinos.
Su pluma se detuvo. La puerta se abrió. No fue un sonido fuerte. No hizo falta.
La presencia bastó. Asziel Garza entró sin anunciarse, sin prisa, sin mirar alrededor. Había hombres que ocupaban espacio… y otros que desplazaban el aire mismo al entrar. Él era de los segundos.
Ares no se giró. No lo necesitaba.
—Llegaste rápido —dijo, sin levantar la vista.
Pasos firmes.
Asziel se detuvo frente a la mesa. Dejó un archivo de papel sobre los planos. El golpe seco del folder contra la madera resonó como una sentencia.
Ares bajó lentamente la pluma. Miró el archivo y lo supo. No preguntó qué era, porque ya lo sabia.
Asziel cruzó los brazos.
—San Francisco. Año 2.003. —silencio—. Nombre: Michael Rogers.
Los ojos de Ares se oscurecieron apenas.
—Edad: diez años.
Una pausa.
—Cuatro años después de tu secuestro.
El aire se volvió más pesado.
Ares alzó el archivo y lo abrió con calma quirúrgica. Fotografías viejas. Informes médicos. Registros escolares. Un niño de mirada seria, postura rígida, expresión demasiado adulta para su edad.
Él mismo.
—Xavier Hoffmann —continuó Asziel— fue quien te tomó.
Ares pasó la página. No había sorpresa en su rostro. Solo confirmación.
—Te convirtió en sujeto de pruebas —siguió el capo—. Protocolo experimental paralelo al de su hija.
El dedo de Ares se detuvo sobre una línea del informe.
Estado del sujeto: fallecido durante fase final.
Sus labios se curvaron apenas.
—Error de diagnóstico —murmuró.
Asziel lo observó.
—Creyó que moriste.
Ares levantó la vista por primera vez. Sus ojos no tenían rabia. Tenían memoria.
—No lo creyó —corrigió con voz baja—. Lo concluyó —cerró el archivo—. Y cuando un hombre como él concluye algo… deja de mirar atrás.
Asziel asintió apenas.
—Tu cuerpo fue descartado como residuo biológico—silencio—. Pero sobreviviste.
La esquina de la boca de Ares se elevó apenas.
—Sí.
Asziel inclinó levemente la cabeza.
—Escapaste.
—No.
El capo frunció el ceño. Ares apoyó el archivo sobre la mesa con delicadeza.
—Evolucioné —silencio denso.
El tic del reloj en la pared sonó como un metrónomo lejano. Asziel lo estudió con atención.
—Xavier cree que estás muerto.
—Y así seguirá siendo.
—¿Hasta cuándo?
Ares apoyó las manos sobre la mesa. Sus dedos tocaron los planos… pero ya no estaba pensando en armas. Estaba pensando en un hombre.
—Hasta que yo decida resucitar frente a él.
Asziel sonrió apenas.
—Eso suena personal.
La mirada de Ares se volvió glacial.
—No —se pauso—. Es científico.
El capo soltó una breve exhalación nasal, casi una risa muda.
—Entonces Danielle no es la única creación suya que sobrevivió.
—No.
Silencio. Las sombras de la habitación parecieron alargarse. Ares volvió a mirar el archivo. Su foto infantil lo observaba desde el pasado. Un niño abandonado en una mesa metálica.
—Xavier cometió un error de cálculo —dijo.
—¿Cuál?
Los ojos de Ares se alzaron lentamente.
—Pensó que los experimentos terminaban cuando el cuerpo dejaba de moverse.
Silencio.
—Pero el verdadero experimento… empieza después de sobrevivir.
El ambiente se tensó como una cuerda. Asziel descruzó los brazos.
—¿Qué harás cuando descubra que sigues vivo? —preguntó el joven capo.
La respuesta fue inmediata.
—Nada.
—¿Nada?
Ares inclinó apenas la cabeza.
—Yo no necesito que me busque —otra pausa—. Él va a venir solo.
Silencio. Porque ambos sabían algo.
Hombres como Xavier Hoffmann no toleraban errores y menos errores… que respiraban. Ares cerró el archivo. Sus dedos descansaron sobre la tapa como si fuera un ataúd.
—Y cuando venga… —sus ojos brillaron con una calma peligrosa—. Esta vez el experimento será él.
El silencio volvió a asentarse en la sala como polvo fino.
Ares mantenía la mano sobre el archivo, pero sus ojos estaban en otra parte, en una línea invisible que solo él parecía ver. Asziel lo observaba sin interrumpir; conocía esa quietud. No era pausa. Era precisión.
Finalmente, Ares habló:
—Hay algo curioso en todo esto.
Su tono era neutro, clínico. Asziel ladeó apenas la cabeza.
—¿Qué cosa? —preguntó Asziel.
Ares levantó la mirada.
—El juez que intenta capturarme… el hombre que ha firmado órdenes internacionales, que ha financiado operaciones para rastrearme y que lleva años intentando sentenciarme… —hizo una mínima pausa—. Es mi padre.
El aire pareció contraerse.
Asziel no reaccionó de inmediato. Sus ojos se afilaron, procesando la información como si fuera un dato táctico.
—Eso sí es inesperado.
Ares negó levemente.
—No. Lo inesperado es otra cosa.
Se incorporó apenas en la silla.
—Él cree que su hijo fue secuestrado y asesinado. —silencio—. Nunca encontró el cuerpo.
Asziel entrecerró los ojos.
—Entonces vivió todos estos años pensando que lo perdió.
—Sí. —Ares deslizó un dedo sobre el borde del archivo—. Para Xavier no soy un experimento fallido. —pausa—. Para mi padre, soy una víctima.
El capo lo observó con atención.
—Eso cambia el panorama.
—Lo perfecciona —corrigió Ares.
Se levantó con calma.
—Xavier cree que yo mori en su laboratorio. —se giró para mirarl—. Arthur Rogers cree que alguien me arrebató y me mató.
Miró hacia la ventana.
—Así que dedicó su vida a la ley. Al control. A la justicia. —su reflejo oscuro lo miró desde el vidrio—.Para que ningún padre volviera a pasar por lo mismo.
Asziel cruzó los brazos.
—Está cazando monstruos… sin saber que uno de ellos es su hijo.
Ares inclinó apenas la cabeza.
—Exacto.
Silencio.
—Si supiera que sigues vivo —añadió Asziel— ya habría incendiado medio mundo buscándote.
—No.
La respuesta fue tranquila.
—Si lo supiera… no me buscaría como criminal—una pausa—. Me buscaría como padre.
Eso sí hizo que Asziel guardara silencio. Ares volvió a la mesa y cerró el archivo con suavidad.
—Y eso sería un problema.
—¿Para quién?
Los ojos de Ares se alzaron lentamente.
—Para Xavier.
El capo soltó una leve exhalación, casi una risa.
—Entonces no quieres que sepa la verdad.
—No todavía.
Silencio.
—¿Por qué?
Ares apoyó las manos en la mesa.
—Porque un hombre que cree que su hijo está muerto… no tiene nada que perder.
Pausa.
—Pero un hombre que descubre que su hijo vive… puede perderlo todo.
Asziel lo miró fijamente.
—Estás esperando el momento exacto.
—Sí.
—¿Para revelarte?
Ares negó.
—Para que Xavier se revele.
El tic lejano de un reloj marcó el tiempo como un metrónomo fúnebre.
—Cuando llegue ese día —continuó Ares— no voy a mostrarle quién soy.
Sus ojos se volvieron gélidos.
—Voy a mostrarle lo que hizo.
Silencio absoluto. Asziel asintió despacio.
Comprendía.
No era venganza. Era demostración.
—Entonces —dijo el capo— no planeas matar a Xavier
Los labios de Ares se curvaron apenas.
—Oh, sí planeo hacerlo.
Una pausa.
—Pero primero… —sus dedos golpearon suavemente el archivo—. Quiero que entienda por qué.
La habitación quedó inmóvil.
Porque en ese instante quedó claro algo: Ares no quería destruir a su Xavier. Quería que él se destruyera solo.
El silencio posterior aún flotaba entre ellos cuando Asziel inclinó apenas la cabeza, estudiando a Ares con una mirada distinta. Ya no era la de un aliado táctico. Era la de alguien intentando entender algo más profundo.
—Si pudieras volver el tiempo atrás… —dijo finalmente— seguramente cambiarías muchas cosas.
No fue una pregunta. Fue una afirmación lógica.
Ares no respondió de inmediato. Sus dedos descansaban sobre la mesa, inmóviles, como si ni siquiera necesitara respirar para sostenerse. Luego habló:
—No. —negó con firmeza.
La respuesta fue simple, demasiado simple para un hombre como el. Asziel lo miró fijo. No por incredulidad… sino porque detectó algo raro.
—¿No? —preguntó el joven capo.
Ares negó apenas.
—No cambiaría nada.
El capo entrecerró los ojos.
—Ni el secuestro. Ni los experimentos. Ni lo que te hicieron. —le recordo.
Silencio.
—Ni eso —confirmó Ares.
La quietud se volvió densa. Asziel lo observó con más atención ahora. No como estratega. Como hombre.
—Eso no es normal.
—No. —el ojinegro negó—. Es lógico.
El capo apoyó una mano en la mesa.
—Explícate.
Ares levantó lentamente la mirada. No había dureza en sus ojos esta vez. Había certeza.
—Si evitara que Xavier me secuestrara… –una pausa leve—. Nunca habría llegado al lugar donde me convertí en lo que soy —miro hacia un punto invisible—. Nunca habría aprendido a sobrevivir.
Otra pausa.
—Nunca habría escapado —sus dedos se deslizaron apenas sobre el borde del archivo—.Y nunca la habría conocido.
Asziel no necesitó preguntar. Sabía a quién se refería.
—Danielle.
Ares asintió.
—Sí.
El capo lo observó unos segundos en silencio. Analizando. Midiendo. Entendiendo.
—Así que preferirías haber sufrido todo eso… solo para llegar a ella.
Ares no dudó.
—Claro que si.
No hubo dramatismo. No hubo poesía. Solo verdad. Asziel soltó una exhalación leve.
—Eso no es lógica.
Ares corrigió:
—Es una consecuencia. —se incorporó apenas—. Cada evento que ocurrió… cada herida… cada decisión… —sus ojos se volvieron firmes—. Me llevó a ella.
Silencio.
—Si cambio uno solo de esos eventos…
Pausa.
—La pierdo.
La sala quedó quieta. Asziel lo miró como si estuviera observando un fenómeno raro.
—Eres más peligroso de lo que creí.
Ares arqueó apenas una ceja.
—¿Por qué?
—Porque un hombre que no cambiaría su pasado… —el capo sonrió apenas—. Es un hombre que no teme su futuro.
Los labios de Ares se curvaron casi imperceptiblemente.
—No lo temo. —le sonrió apenas—. Lo diseñé.
El tic del reloj volvió a oírse. Asziel descruzó los brazos.
—Entonces todo lo que hiciste… todo lo que eres… —miró el archivo—. Valió la pena.
Ares respondió sin vacilar:
—Sí.
Una pausa.
—Porque al final de todo… —sus ojos se oscurecieron con una intensidad tranquila—. La encontré.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue definitivo. Porque Asziel entendió algo que muy pocos comprenderían jamás:
Ares no sobrevivió por venganza. Sobrevivió por destino y ese destino tenía nombre, no era el de él.
...----------------...
...TADMOR:...
La habitación asignada a Andrea era pequeña, austera, casi monástica. Las paredes desnudas, la cama rígida, el escritorio metálico. Un lugar pensado para dormir… no para procesar lo imposible.
Pero dormir era lo último que podía hacer.
La pantalla de su portátil iluminaba su rostro pálido mientras esperaba la conexión. Sus dedos tamborileaban apenas sobre la mesa, traicionando la tensión que su postura intentaba ocultar.
Conectando…
Un pitido. Dos ventanas se abrieron.
El juez apareció primero, serio, inmóvil, con esa expresión de piedra que solo tenían los hombres acostumbrados a dictar destinos. Segundos después surgió la imagen de su jefe, igual de rígido, aunque con el ceño levemente fruncido.
—Doctora Spencer —dijo el juez—. Informe.
Andrea tragó saliva.
—Hubo un incidente.
Ambos hombres se tensaron apenas.
—Explique —ordenó su jefe.
Andrea respiró hondo.
—Tres reclusas entraron a la celda de Hoffmann anoche. Intentaron atacarla mientras fingía dormir.
El juez no reaccionó.
—¿Resultado? —preguntó el juez Rogers.
—Tres segundos.
Silencio. Andrea continuó:
—Una con mandíbula fracturada. Otra con todos los dedos rotos. La tercera con la pierna destrozada.
El jefe parpadeó.
El juez no.
—¿Muertas?
—No. —Andrea negó—. Por elección de ella.
Eso sí generó una reacción. No visible. Pero perceptible.
—¿Está diciendo —preguntó el juez lentamente— que decidió no matarlas?
—Sí.
Silencio.
—¿Por qué?
Andrea dudó apenas.
—Porque quiso demostrar que podía hacerlo.
Nadie habló.
El zumbido eléctrico de la conexión llenó el espacio.
—Continúe —ordenó el jefe.
Andrea asintió.
—Eso no es lo más importante.
Ambos la miraron fijo.
—Hoy confesó algo más. —tomo aire—. Cuando tenía quince años… su padre intentó matarla.
La frase cayó como una piedra en agua quieta. El juez entrelazó los dedos.
—Detalle.
Andrea bajó la mirada un instante, recordando la voz tranquila de Danielle narrándolo.
—La llevó al laboratorio. Le inyectaron una mezcla de venenos letales. No era una prueba. Era una ejecución.
Silencio absoluto.
—Murió —añadió Andrea.
El jefe frunció el ceño.
—¿Murió?
—Sí.
Una pausa.
—Y despertó.
Nadie habló. Ni un movimiento.
—Según ella —continuó Andrea— su organismo no rechazó el veneno… lo integró.
El juez la observaba con una intensidad clínica.
—¿Usted le cree?
Andrea tardó en responder.
—No lo sé.
Silencio.
—Pero sí sé algo.
El jefe entrecerró los ojos.
—¿Qué?
Andrea levantó la mirada.
—No estaba mintiendo cuando lo contó.
La quietud al otro lado de la pantalla se volvió más pesada.
—¿Basado en qué? —preguntó el juez.
—Microexpresiones. Ritmo respiratorio. Tono muscular facial. Pupilas. No mostró ni un solo indicio de fabricación narrativa.
El jefe apoyó los codos en su escritorio.
—¿Entonces cree que su padre realmente intentó asesinarla?
Andrea respondió sin rodeos:
—Creo que lo hizo.
Silencio. El juez habló al fin:
—Doctora Spencer.
—Sí, señor.
—No olvide quién es Danielle Hoffmann.
Andrea sostuvo su mirada.
—De nuevo se lo digo: No lo olvido.
—Bien —continuó él—. Porque ella no es una víctima.
Pausa.
—Es una depredadora.
Andrea no respondió. El jefe intervino:
—Su objetivo sigue siendo el mismo.
Andrea frunció apenas el ceño.
—¿Perdón?
—Usted no está allí para analizarla emocionalmente —dijo—. Está allí para descubrir dónde está Ares Moguilevich.
El nombre quedó flotando como una sombra. Andrea bajó la vista un segundo.
—Lo sé.
El juez la observó con frialdad.
—Entonces recuerde esto: todo lo que ella dice… lo dice por una razón.
Silencio.
—Incluso cuando parece que se está abriendo.
Andrea asintió lentamente. Pero por dentro algo no encajaba, porque había visto a Danielle, había visto sus ojos cuando habló de aquello. Y una parte de ella —la parte que ningún entrenamiento podía apagar— sabía algo inquietante: Algunas verdades no se dicen para manipular.
Se dicen porque pesan demasiado para seguir cargándolas sola. La pantalla parpadeó.
—Manténganos informados —ordenó el jefe.
—Sí.
La llamada se cortó. La habitación volvió a quedar en silencio. Andrea cerró la portátil lentamente y por primera vez desde que llegó a esa prisión… Sintió miedo.
No de Danielle. Sino de empezar a entenderla.
...----------------...
La mañana llegó sin suavidad.
Andrea apenas había dormido. El café intacto sobre la mesa ya estaba frío cuando la pantalla de su portátil volvió a encenderse sola con el tono seco de llamada entrante.
No esperó. Respondió.
El juez apareció primero. Su rostro, más rígido que la noche anterior. El jefe surgió un segundo después, con una expresión que Andrea reconoció de inmediato: Decisión tomada.
No buenas noticias.
—Doctora Spencer —dijo el juez.
—Señores.
Nadie intercambió cortesías. El jefe habló directo:
—La corte ha deliberado.
El estómago de Andrea se tensó.
—¿Sobre qué?
Silencio breve.
—Danielle Hoffmann será trasladada a juicio.
Andrea frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
—Pero el proceso psicológico aún no terminó —replicó ella—. Falta un mes para completar la evaluación.
El juez la miró fijo.
—El tribunal considera que no es necesario.
Andrea se incorporó en la silla.
—¿Cómo que no es necesario?
El jefe no suavizó el tono:
—Se solicitó pena capital.
El aire desapareció del cuarto. Andrea parpadeó.
—¿Qué?
—La condena más probable es ejecución.
El silencio posterior fue corto. Porque Andrea reaccionó.
—¡No pueden hacer eso!
Ambos hombres la miraron sin inmutarse.
—Doctora —dijo el juez con calma— modere su tono.
—¡No, usted escúcheme! —replicó ella—. Aún no terminé el análisis. No tienen un perfil completo. No tienen diagnóstico final. No tienen evaluación de riesgo real.
El jefe habló:
—Tenemos suficientes pruebas.
—No psicológicas.
—No las necesitamos.
Andrea apretó los dientes.
—Sí las necesitan. Porque si ejecutan a alguien con alteraciones neurológicas inducidas…
—No es una paciente —la interrumpió el juez—. Es una amenaza global.
Silencio.
Andrea respiró hondo, conteniéndose.
—Esto es prematuro.
El juez negó levemente.
—No. Es preventivo.
—Falta un mes —insistió ella—. Ustedes mismos autorizaron ese plazo.
Entonces el juez dijo, sin elevar la voz:
—Porque pensábamos que obtendría algo útil.
Andrea se quedó quieta.
—¿Perdón?
El jefe intervino:
—Creemos que usted se dejó ablandar por ella.
La frase cayó como una bofetada. Andrea parpadeó.
—Eso no es cierto.
—¿No?
Silencio.
—Sus informes cambiaron de tono —continuó el jefe—. Más descriptivos. Más empáticos.
—Más precisos —corrigió Andrea.
—Más indulgentes.
Ella negó.
—Estoy haciendo mi trabajo.
El juez apoyó los dedos entrelazados frente a su rostro.
—Su trabajo era averiguar dónde está Moguilevich—silencio—. Y no lo ha logrado.
Andrea sostuvo su mirada.
—Porque Danielle no ha decidido decirlo.
—Exactamente —respondió él jefe.
Una pausa.
—Y no lo hará.
El aire se volvió pesado.
—¿Cómo pueden estar tan seguros?
El juez respondió:
—Porque ella es más inteligente que usted.
Andrea se tensó.
—No subestime mi...
—No la subestimo —la cortó él—. La evalúo.
Silencio.
—Hoffmann no coopera —continuó—. No negocia. No teme. No se quiebra.
Pausa.
—No sirve.
Andrea lo miró, incrédula.
—¿Está diciendo que quieren matarla porque no habla?
El jefe respondió con frialdad administrativa:
—Decimos que, si no va a hablar…
El juez terminó la frase:
—Es mejor descartar un peligro.
Silencio absoluto.
Andrea sintió que algo dentro de su pecho se contraía.
—Eso no es justicia.
El juez no parpadeó.
—Es prevención.
—Es ejecución anticipada.
—Es protocolo.
Andrea apretó las manos.
—No pueden sentenciarla antes de que termine el proceso psicológico.
El juez inclinó apenas la cabeza.
—Podemos.
Pausa.
—Y lo hicimos.
La pantalla pareció más fría. Andrea bajó la mirada un instante. Pensó en Danielle sonriendo, en Danielle recordando, en Danielle diciendo hasta mañana, doctora.
Volvió a mirarlos.
—Ella todavía puede hablar.
El jefe negó.
—No lo hará.
—Sí lo hará.
El juez preguntó:
—¿Basado en qué?
Andrea dudó.
Porque no tenía una prueba.
Tenía una intuición.
—Basado en que aún no terminó de contar su historia.
Silencio.
Los dos hombres la observaron como si evaluaran un informe defectuoso.
El juez habló:
—Doctora Spencer.
—Sí.
—Su problema es que empezó a escucharla como persona.
Pausa.
—Y olvidó que es un objetivo.
Andrea sostuvo su mirada.
—No lo olvidé.
El juez ladeó apenas la cabeza.
—Entonces recuerde esto.
Silencio.
—Las historias no importan. —su voz se volvió más fría—. Los resultados sí.
La llamada se cortó. Pantalla negra y luego silencio. Andrea quedó inmóvil, porque por primera vez desde que empezó el caso… Sintió que el reloj no corría. Contaba.
La pantalla seguía negra.
Andrea no se movió. El reflejo tenue de su propio rostro le devolvía la mirada desde el monitor apagado. Respiró una vez. Dos.
Entonces presionó el botón de reconexión.
La llamada volvió a abrirse. El juez apareció, visiblemente molesto. El jefe tardó un segundo más.
—Doctora Spencer —dijo el juez, tenso—. Pensé que la conversación había terminado.
Andrea habló antes de que pudiera cortar otra vez.
—Si van a solicitar pena capital para Danielle Hoffmann, entonces exijo algo.
El juez entrecerró los ojos.
—No está en posición de exigir nada.
—Sí lo estoy —replicó ella con firmeza—. Porque soy la evaluadora principal del caso y mi informe todavía es requerido para la sentencia.
Silencio.
El jefe intervino:
—Hable.
Andrea no dudó.
—Quiero que Xavier Hoffmann sea arrestado e investigado formalmente.
Los dos hombres se miraron apenas.
—¿Perdón? —dijo el juez.
—Bajo las acusaciones de su hija.
El gesto del juez cambió de inmediato: fastidio abierto.
—No vamos a abrir una causa contra un científico de Estado y ministro de una de las defensas nacionales mas importantes basándonos en la palabra de una asesina.
Andrea sostuvo su mirada.
—Una asesina, sí. Pero también víctima.
—No —respondió él con frialdad—. Un arma biológica con capacidad homicida.
Andrea apoyó las manos en el escritorio.
—Eso no invalida su testimonio.
—Lo destruye.
—No.
El juez suspiró, perdiendo la paciencia.
—Doctora, Danielle Hoffmann es una psicópata confesada, responsable de múltiples muertes, con historial de violencia extrema y nula empatía clínica.
Andrea habló más bajo, más preciso:
—Y aun así su acusación debe ser escuchada.
Silencio. El jefe observaba sin intervenir.
Andrea continuó:
—No estoy pidiendo que le crean. Estoy pidiendo que investiguen. Si van a ejecutarla, lo mínimo es verificar si lo que dijo es cierto.
El juez negó lentamente.
—No vamos a iniciar una investigación federal porque una homicida con delirios de superioridad acusó a su padre de intentar matarla hace años.
Andrea frunció el ceño.
—No fueron delirios. Fue un relato coherente, consistente y fisiológicamente plausible con sus mutaciones. —Andrea la defendió.
—Fue manipulación.
—Fue memoria traumática.
—Fue actuación.
Andrea apretó la mandíbula.
—¿Y si no lo fue?
El juez se inclinó hacia la cámara.
—Lo fue.
Silencio.
Andrea sostuvo su mirada.
—Entonces pruébelo.
El jefe levantó apenas las cejas. El juez habló más despacio:
—No necesitamos probar nada. La corte no juzga a Xavier Hoffmann.
—Pero sí a su hija.
—Exacto.
Andrea respiró hondo.
—Entonces escuchen esto con atención —hizo una pausa—. Si ejecutan a Danielle sin investigar esa acusación… no estarán cerrando un caso —silencio—. Estarán enterrando evidencia.
Ninguno respondió.
El juez finalmente dijo:
—Está emocionalmente comprometida.
Andrea negó.
—Estoy siendo objetiva.
—No. Está siendo influenciada.
—Estoy siendo ética.
El juez la observó unos segundos.
Luego dijo, sin matiz:
—Solicitud denegada.
Silencio.
—No se abrirá ninguna investigación contra Xavier Hoffmann basada en declaraciones de una asesina psicópata.
Las palabras quedaron suspendidas. Andrea no apartó la vista.
—Entonces quedará registrado que la corte rechazó investigar una denuncia de intento de homicidio y experimentación ilegal.
El jefe habló por primera vez desde hacía rato:
—Puede escribir lo que quiera en su informe.
Pausa.
—No cambiará el veredicto.
El juez agregó:
—Su función terminó, doctora.
Click. La llamada se cortó otra vez.
Silencio. Andrea se quedó mirando la pantalla. Pero esta vez no había duda en su expresión.
Había decisión. Muy lejos, en otro sector del complejo alguien que sonreía con cadenas en las muñecas sabía que el mundo acababa de tomar una decisión sobre su vida.
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......Ares Moguilevich y Asziel Garza......
No tardes