Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 6: La conspiración bajo el Engranaje
Tea regresó al atardecer. Su uniforme de seda estaba manchado de hollín y su rostro, usualmente impecable, mostraba las huellas del terror. Elena, sentada en la penumbra de su alcoba, la observó con una frialdad que no era propia de una dama de su rango. Cuando las otras criadas fueron expulsadas de la habitación, Tea cayó de rodillas, sollozando sin control.
—Señora... —la voz de Tea era un hilo roto—. Tenía razón. Fui hasta los sectores más profundos del Distrito de Vapores. Lo vi con mis propios ojos. El Barón Kaelen no estaba en una reunión ministerial. Estaba bajando de un carruaje blindado junto a una mujer. Llevaban un recién nacido envuelto en pieles.
Elena sintió un vacío abismal en el estómago. El nombre de la mujer no era un misterio; los vecinos del distrito la llamaban "Lyra". Aquel nombre resonó en la mente de Elena como una campana de alarma, recordando los susurros febriles de su marido durante sus años de matrimonio.
—Lo llaman "hogar", señora —continuó Tea, temblando—. Dicen que llevan años viviendo allí. Los vecinos lo adoran, creen que es un hombre de negocios abnegado que mantiene a su familia en secreto para protegerlos de sus enemigos en el Gremio. Él... él les compraba de todo.
La desesperación amenazaba con anular a Elena. ¿Diez años de construcción, de sacrificar su propia salud, de invertir sus diseños de alquimia en el ascenso de un hombre que, en realidad, estaba pavimentando un camino paralelo?
«Madre, deja de llorar», la voz de Vespera atravesó su angustia, vibrando con una autoridad que intimidaba. «Las lágrimas son combustible para el enemigo. Si el Barón cree que estás destrozada, bajará la guardia. Pero él no solo quiere reemplazarte, él quiere borrar el apellido de tu familia por completo».
Elena cerró los ojos, intentando captar el pensamiento de la bebé. Vespera proyectó una imagen mental: un viejo pilar de hierro forjado en el patio trasero de la mansión, una reliquia de la estirpe de los padres de Elena.
«Él está moviendo sus hilos», continuó Vespera. «Esta noche, los agentes del Gremio del Acero entrarán en la propiedad. Irán directamente al 'Pilar de los Ancestros'. Han escondido allí esquemas ilegales de cañones de éter. Si los encuentran, acusarán a tu padre de alta traición contra la ciudad y ejecutarán a toda tu línea de sangre por contrabando de armas de guerra. Mi supuesto padre ha orquestado todo para heredar tu fortuna y borrar cualquier rastro de tu estirpe».
El corazón de Elena dio un vuelco. No solo estaba siendo engañada emocionalmente; estaba siendo víctima de un complot de exterminio. Su familia, orgullosa y poderosa, estaba a un paso de ser reducida a cenizas bajo falsas acusaciones de fabricación de armas prohibidas.
—Tea —dijo Elena, secándose las lágrimas con una mano firme y levantándose del diván—. No vamos a llorar. Vamos a desmantelar su maquinaria antes de que él active el disparador.
—¿Señora? ¿Qué debemos hacer? —Tea levantó la vista, sorprendida por el cambio repentino en la actitud de su ama.
—El Barón cree que soy la misma esposa sumisa que se desmayaba al ver un poco de grasa de motor. Se equivoca —Elena se acercó a su escritorio y tomó un sello de lacre—. Necesitamos contactar a los Inspectores del Gremio antes de la medianoche. Pero no para reportar un crimen. Vamos a informarles sobre un "descubrimiento accidental" de contrabando en la propiedad del Barón, donde sospechamos que alguien ha intentado incriminar a mi padre.
Elena sonrió. Era una sonrisa letal, una mezcla de dolor y estrategia pura.
—Si el Barón quiere jugar con armas ilegales para destruirnos, dejaremos que esas mismas armas exploten en su cara.
«Eso es, madre», pensó Vespera desde la cuna, cerrando sus ojos con una satisfacción gélida. «La guerra ha comenzado, y hoy, el Barón Kaelen no será el único que mienta».