Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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TAMBORES DE JUSTICIA
El príncipe Cheng observaba desde lejos la figura del omega.
Un omega que antes mostraba un total desinterés en arreglarse ahora llevaba un bellísimo traje color azul, que hacía resplandecer sus ojos y su tez. La tela se movía con elegancia al compás del viento, delineando una figura que parecía más propia de un cuadro imperial que de un joven que, hasta hacía poco, se negaba a casarse.
Sus labios se curvaron apenas.
Había algo distinto.
Algo peligroso.
—Wang —dijo, llamando a su guardia de confianza.
—Sí, alteza —respondió el guardia haciendo una leve reverencia.
El príncipe heredero no apartaba la mirada del mercado, donde Luo aún hablaba con algunos aldeanos.
—¿Qué han averiguado los soldados de la guardia roja? —preguntó con voz calmada, pero firme.
Ante la pregunta, Wang hizo un sonido con una armónica de barro en forma de flauta. El sonido fue casi inaudible para los que estaban incluso en el restaurante.
Sin embargo, fue suficiente.
El soldado de la guardia roja no tardó en aparecer ante su presencia, como si hubiese emergido de las sombras.
—A la orden, alteza —dijo el guardia, doblándose en una sola rodilla.
—¿Qué han visto? —preguntó directamente el príncipe heredero. Quería respuestas lo más pronto posible.
—Sí, alteza —respondió el soldado—. Hace unos días, el primer ministro le dio la noticia de su compromiso a su hijo omega. En un principio, el joven se negó e inclusive se recluyó en sus aposentos como forma de protesta.
El silencio se tensó en el aire.
Wang miró de reojo a su señor.
El príncipe Cheng no mostró expresión alguna.
—Continúa.
—Sin embargo, hoy por la mañana el joven cambió de opinión e inclusive se disculpó con su señoría el primer ministro y con su familia —prosiguió el soldado—. Hace unos momentos, antes de llegar al mercado, se encontraron con el segundo príncipe, pero el joven le pidió que lo tratase como lo que sería su cuñado.
Una pausa.
—También abofeteó a su hermana frente al segundo príncipe.
Los dedos del príncipe heredero se detuvieron sobre la copa de vino.
—¿La abofeteó? —repitió, con una chispa apenas perceptible en la mirada.
—Sí, alteza. Fue firme. No titubeó.
El príncipe hizo un leve gesto con la mano, ordenando que el soldado se retirara. La figura desapareció con la misma rapidez con la que había llegado.
Quedaron solos.
—Su alteza… ¿cree usted que le está mintiendo? —preguntó Wang al verlo callado.
Cheng giró lentamente la copa, observando cómo el vino dibujaba círculos rojos en el cristal.
—Las mentiras tienen un olor —respondió finalmente—. Y Luo Lang… no huele a mentira.
Sus ojos se afilaron.
Wang guardó silencio.
—Parece que tendremos que esperar para que el tiempo decida si es o no una mentira —continuó el príncipe heredero con voz baja—. En cuanto a mi querido hermanito… hay que llevarle un regalo por su atrevimiento.
Su mirada se volvió fría.
Calculadora.
—Un recordatorio de cuál es su lugar.
Mientras tanto, Luo había comenzado su camino de vuelta a la mansión del primer ministro, con la voz de la gente apoyándolo para convertirse en el consorte del futuro emperador.
Las palabras lo seguían como ecos:
—¡Es digno del príncipe heredero!
—¡Qué omega tan justo!
—¡El imperio tendrá suerte!
Cada frase alimentaba su propósito.
Pero no debía dejarse embriagar.
El poder del pueblo era volátil.
Antes de llegar a la mansión, se escucharon los tambores de la sala de justicia. Las voces de las personas se mezclaron con el sonido grave que sacudía el aire.
El carruaje se detuvo.
Luo apartó la cortina apenas.
—Por haber cometido el crimen de engañar a Su Majestad el emperador, el Hijo del Cielo, y por haber aterrorizado a la gente del lado sur del imperio, estos hombres serán castigados con la pena de muerte por traicionar al imperio y a sus habitantes —dijo el líder de los guardias con voz solemne.
Se podía observar a un grupo de hombres arrodillados.
Atados.
Con el rostro pálido.
Las mujeres de esos hombres traidores lloraban pidiendo clemencia. Luo vio a una concubina embarazada, aferrándose al suelo mientras gritaba.
Su vientre prominente temblaba con cada sollozo.
El filo de las espadas brillaba bajo el sol.
El corazón de Luo dio un vuelco.
En su vida pasada, él había sido uno de los que observaba sin comprender.
Ahora entendía.
El emperador estaba limpiando el imperio.
No pudo interferir por ellos.
Si lo hacía, su cabeza también rodaría luego de que le atravesara esa espada.
“No, gracias. Quiero vivir”, pensó Luo, volviéndose hacia el cochero.
Su voz salió firme.
—Vámonos. Mi madre me dio tiempo solo hasta la hora de la comida.
El carruaje avanzó, pero el eco de los tambores siguió retumbando en su pecho.
Al llegar a la mansión, notó que todo el jardín de la entrada estaba en total silencio.
Un silencio pesado.
Un sirviente se le acercó rápidamente.
—Señorito, toda la familia se encuentra en el salón principal.
Luo descendió del carruaje.
Caminó con elegancia.
Su porte daba a entender que había nacido para ser príncipe.
No para suplicar.
No para huir.
Una voz chillona lo sacó de sus pensamientos.
—¡Padre, yo solo quería ir con mi hermano! —dijo Wei, haciéndose la víctima.
Ah.
Lo había acusado.
Pero esta vez no estaba solo.
Ni ciego.
Lo que Wei no sabía era que él no la defendería. Ni su padre. Ni siquiera la segunda esposa, la señora Jiao. Porque ella no era hija de ellos; la habían criado con esmero para que en un futuro se convirtiera en amiga de Luo.
Sin embargo, eso no había sucedido.
En su lugar, se convirtió en su enemiga.
—Ya basta, Wei. Los guardias de la puerta principal ya notificaron a tu padre lo que hiciste —dijo la señora Jiao—. ¿Cómo te atreviste a empujar al único omega de la familia?
Wei palideció.
—Yo… yo no lo hice con mala intención…
—¡Basta ya! —intervino el primer ministro con voz autoritaria.
El salón quedó en silencio.
—Chao, tú eres quien decide en este caso —dijo la señora Jiao arrodillándose—. Si decides sacarla, no me negaré a hacerlo yo misma.
Wei la miró horrorizada.
—Madre… ¿no me defenderás ante esta injusticia?
—Estuviste a nada de quitarle la vida —respondió la señora Jiao con firmeza—. De no haber sido por el segundo príncipe, tu hermano tendría el rostro desfigurado ahora mismo.
Los omegas en el imperio eran escasos. Era casi un milagro que naciese alguno con el destino de unirse a la familia imperial.
Y Wei había puesto en riesgo ese milagro.
—El señorito ha llegado —anunció el eunuco.
Luo avanzó.
—Padre, madre, tía… ¿qué está pasando aquí? ¿Por qué mi hermanita está arrodillada? —dijo fingiendo inocencia.
—No la defiendas, Luo. Se merece un castigo por lo que hizo —dijo la señora Jiao.
Luo recordó el momento en que esa mujer dio su vida por salvarlo en la vida anterior.
Su pecho se apretó.
—Si se refieren a lo que sucedió en la entrada… todo está bien. De no haber sido por mi futuro cuñado, habría sido golpeado por las patas traseras del caballo del carruaje —dijo, haciendo énfasis en lo último.
Todos miraron con odio a Wei.
Chao cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.
—Bien. Ya he decidido un castigo.
Wei contuvo la respiración.
—Wei Lang será confinada a su habitación hasta días después del Festival de las Linternas. No saldrás de tu habitación y copiarás las reglas de la familia cien veces.
—¡Pero, madre…!
—Además de eso, no irás con tu hermano a la fiesta del té de la primera princesa.
El rostro de Wei se desfiguró.
Eso era peor que cualquier encierro.
—Hermano, no es un castigo severo —dijo la señora Jiao, arrodillándose nuevamente.
Chao se inclinó hacia ella y susurró:
—Hermana, no podemos sacarla así como así. Debemos buscar una buena oportunidad.
Los ojos de Luo brillaron con diversión.
Estaban planeando algo.
Y él lo sabía.
Pero la alegría de verla confinada no se borraba de su rostro.
La comida continuó con relativa normalidad. Sus hermanos, como siempre, llegaron tarde debido a sus puestos de trabajo, pero eso no quitaba que siempre estuvieran listos para la hora familiar.
Las risas llenaron el salón.
La señora Jiao y su madre aún conversaban, riendo entre ellos.
Eran amigos, al final de cuentas.
Lo único que no sabía la gente era que la señora Jiao había sido una de las sirvientas de confianza de su madre. Llegaron juntas a la mansión del primer ministro.
Pero cuando su padre fue obligado por su abuela a buscar una segunda esposa debido a la falta de herederos, su madre no dudó en entregar a la señora Jiao como concubina.
Un sacrificio silencioso.
La verdad era que jamás habían consumado su matrimonio.
Esperaron.
Esperaron hasta que la abuela falleciera para revelar la verdad.
La abuela partió molesta.
Pero con la garantía de que su madre estaba en espera de sus hermanos…
Los gemelos tormenta.
Luo bajó la mirada hacia su plato.
Esta familia…
Esta vez…
No se rompería.
Aunque tuviera que enfrentarse al trono mismo.