Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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La elección
El silencio en la habitación era tan denso que Wishcalia podía oír su propio pulso. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando el mar negro que se extendía bajo la luz de la luna. Alexander seguía sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.
—Wishcalia… ella es mi madre —dijo finalmente, con la voz ronca—. No puedo simplemente cortarla de mi vida. Los niños la quieren. Mateo pregunta por ella todos los días.
Wishcalia se giró lentamente. Su expresión era serena, pero sus ojos ardían con una determinación férrea.
—Nadie te está pidiendo que la cortes de tu vida. Te estoy pidiendo que la pongas en su lugar. Que le dejes claro que esta casa tiene una dueña y que no voy a permitir que entre aquí con Camila como si fuera una visita familiar normal. Si no puedes hacer eso, entonces dime ahora. Porque yo no voy a criar a mis hijos en un campo de batalla.
Alexander levantó la vista. Por primera vez en mucho tiempo, parecía cansado y dividido.
—¿Y qué quieres que haga exactamente? ¿Que le prohíba ver a sus nietos?
—Si es necesario, sí —respondió Wishcalia sin dudar—. Tus hijos merecen una abuela que los quiera sin condiciones, no una que los use como arma contra su madre. Yo construí esta familia contigo. La defiendo con todo lo que tengo. ¿Tú estás dispuesto a defenderla también?
Él se levantó y se acercó a ella. Tomó sus manos con cuidado.
—Te amo. Y sí, estoy dispuesto. Mañana mismo iré a hablar con ella. Cara a cara. Le diré que si sigue aliándose con Camila, voy a limitar sus visitas. Solo supervisadas y aquí, en nuestra casa.
Wishcalia lo miró fijamente durante varios segundos, buscando cualquier señal de duda. No encontró ninguna.
—Bien —dijo al fin—. Pero si fallas, Alexander, yo tomaré las medidas que crea necesarias. Y no te va a gustar.
Esa noche durmieron abrazados, pero el sueño de Wishcalia fue ligero. Se despertó varias veces, revisando su teléfono por si llegaba algún mensaje del detective. A las tres de la mañana recibió un informe: Camila había cenado con Elena hasta tarde. Habían hablado de “recuperar lo que era justo” y de “ayudar a Alexander a ver la realidad”.
Wishcalia sonrió en la oscuridad con frialdad. Ya tenía suficiente munición.
A la mañana siguiente, Alexander salió temprano hacia la mansión de su madre. Wishcalia se quedó en casa con los niños. Jugó con ellos en el jardín, les preparó el almuerzo y les leyó cuentos. Ver sus caritas felices le recordaba constantemente por qué luchaba con tanta ferocidad.
—Mami, ¿papá va a traer a la abuela? —preguntó Mateo mientras coloreaba.
—No lo sé, mi amor —respondió ella con suavidad—. Pero pase lo que pase, tú y Sofía siempre van a estar protegidos.
Alexander regresó cerca del mediodía. Su rostro estaba tenso. Se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sofá.
—Fue peor de lo que esperaba —confesó—. Mi madre lloró. Dijo que la estoy traicionando por ti. Que Camila solo quiere lo mejor para mí y que tú me tienes dominado como a un títere. Al final amenazó con hablar con sus abogados para reclamar derechos de visita más amplios.
Wishcalia, que estaba preparando café, se detuvo con la taza en la mano.
—¿Abogados?
—Sí. Dice que como abuela tiene derechos y que no va a permitir que la apartes.
Wishcalia soltó una risa seca.
—Que lo intente. Tengo los mejores abogados del país. Y pruebas de sus manipulaciones. Si quiere guerra legal, la tendrá.
Alexander se acercó y la abrazó por detrás.
—No quiero llegar a eso. Dame unos días más. Voy a intentar razonar con ella otra vez.
Wishcalia se giró entre sus brazos y lo miró con seriedad.
—Unos días. No más. Mientras tanto, yo voy a proteger esta familia a mi manera.
Esa misma tarde, Wishcalia tuvo una reunión virtual con su abogado de confianza. Le explicó toda la situación: las visitas no anunciadas, las insinuaciones constantes, la alianza con Camila y las amenazas veladas. El abogado le recomendó documentar todo y preparar una posible orden de restricción si la situación escalaba.
—Señora Wishcalia, usted tiene todas las de ganar. Es la madre principal y la casa está a nombre de ambos. Pero si su suegra insiste, podemos solicitar supervisión de visitas o incluso limitarlas temporalmente.
—Prepárelo todo —ordenó ella—. Quiero tenerlo listo por si lo necesito.
Al caer la noche, la niñera se fue y los niños ya dormían. Wishcalia se duchó y se puso un camisón de seda negro que sabía que volvía loco a Alexander. Cuando él entró al dormitorio, ella lo estaba esperando sentada en la cama.
—Ven aquí —dijo con voz suave pero autoritaria.
Alexander obedeció. Se acercó y ella lo atrajo hacia sí, besándolo con intensidad. Esa noche Wishcalia tomó el control por completo. Sus manos lo exploraron con posesión, su cuerpo se movió sobre el de él con ritmo exigente. Alexander se rindió una y otra vez, gimiendo su nombre, prometiéndole lealtad entre jadeos.
—Eres mía —susurró ella contra su oído mientras alcanzaban el clímax juntos—. Dilo.
—Tuya —respondió él con voz entrecortada—. Solo tuya.
Después, mientras yacían abrazados, Wishcalia le acarició el pecho.
—Mañana quiero que lleves a los niños al parque. Solo tú con ellos. Sin tu madre. Sin llamadas. Quiero que vean que su padre los prioriza.
Alexander asintió contra su cabello.
—Lo haré.
Pero al día siguiente, mientras Alexander estaba en el parque con Mateo y Sofía, Wishcalia recibió una llamada inesperada. Era Camila.
—No cuelgues —dijo Camila rápidamente—. Solo quiero hablar cinco minutos. De mujer a mujer.
Wishcalia se recostó en su silla del despacho, con una sonrisa fría.
—Habla.
—Sé que me odias. Pero Alexander y yo teníamos algo especial antes de que tú aparecieras. Él era feliz conmigo. Tú lo cambiaste. Lo convertiste en alguien que ya no reconoce. Solo quiero que sea feliz de nuevo. Si realmente lo amas, deberías dejarlo elegir libremente.
Wishcalia soltó una risa baja y peligrosa.
—Camila, déjame explicarte algo muy claro. Alexander ya eligió. Me eligió a mí. Me casé con él, le di dos hijos y construí una vida a su lado. Tú eres el pasado. Un pasado que se niega a quedarse donde debe. Si sigues insistiendo, no solo vas a perder a Alexander para siempre. Vas a perder mucho más. Tengo información sobre tu divorcio, sobre tus deudas y sobre cómo usas a Elena para llegar a mi esposo. No me obligues a usarla.
Hubo un silencio al otro lado.
—No te atreverías —susurró Camila.
—Pruébame —respondió Wishcalia antes de colgar.
Esa noche, cuando Alexander regresó con los niños, traía una sonrisa cansada pero genuina. Los pequeños contaban emocionados cómo habían jugado con su papá todo el día.
Wishcalia los abrazó a los tres, pero su mirada se encontró con la de Alexander por encima de las cabecitas.
—¿Todo bien? —preguntó él en voz baja más tarde, cuando los niños ya dormían.
—Todo bajo control —respondió ella—. Pero la guerra no ha terminado.
Alexander la abrazó con fuerza.
—Gracias por luchar por nosotros.
Wishcalia cerró los ojos y se permitió disfrutar del abrazo un momento.
—No lucho solo por nosotros. Lucho por lo que es mío.
Y mientras el mar rugía fuera de la mansión, Wishcalia supo que la siguiente jugada sería decisiva.
Elena y Camila no se rendirían fácilmente.
Pero ella tampoco.