La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 15
La Cámara Alta de Solis no era un lugar para el debate, sino para la sentencia. Ubicada en la cúspide de la Ciudadela de Marfil, sus ventanales de cristal ahumado permitían ver toda la extensión de la capital, desde los barrios nobles hasta los muelles infectos. El suelo estaba decorado con un mosaico circular que representaba el sol en su cenit, pero los hombres que se sentaban en los tronos de piedra alrededor del círculo preferían las sombras.
Helios entró con el paso firme de quien no pide permiso para existir. Ya no vestía las ropas de cuero gastado de su regreso; hoy portaba una túnica de lana negra con bordados de hilo de oro que representaban llamaradas, y sobre su pecho descansaba el medallón de la Casa Voran, recuperado de las cenizas de su antiguo hogar. A su derecha, Caius mantenía la mano cerca del pomo de su espada. A su izquierda, Mirea caminaba con una sonrisa gélida, envuelta en una seda color esmeralda que resaltaba su palidez y su aire de peligro contenido.
En el centro de la sala, sentada en el trono que históricamente pertenecía al Gran Almirante, estaba Selene Serath.
A diferencia del encuentro en las ruinas, Selene lucía hoy toda la majestad de su casa. Su cabello plateado estaba recogido en una trenza compleja adornada con perlas de zafiro, y su vestido azul profundo, del color del océano a medianoche, caía con una pesadez real. A su alrededor, varios senadores y nobles de menor rango cuchicheaban, guardando una distancia prudencial.
—Príncipe Helios —dijo Selene, su voz resonando con una autoridad que no necesitaba gritar—. Has causado un gran revuelo en la Gran Forja. Dicen que Lord Hestor está tan furioso que ha ordenado fundir las estatuas de tus antepasados para hacer herraduras.
—Hestor siempre ha tenido un temperamento inflamable —respondió Helios, deteniéndose en el borde del mosaico solar—. Pero el acero se rompe si se calienta demasiado. He venido por tu invitación, Selene. No para hablar de herreros despechados.
Selene hizo un gesto con la mano, y los nobles presentes, tras un momento de duda y una mirada severa de la mujer, se retiraron hacia las galerías exteriores, dejando el centro de la cámara en un silencio sepulcral.
—La Casa Serath controla el mar —comenzó Selene, levantándose de su trono con una elegancia depredadora—. Sin mis barcos, Solis es una isla de piedra rodeada de hambre. Valerius lo sabe, por eso me permite mantener mis privilegios. Pero Valerius es un hombre que se ahoga en su propia paranoia. Ha empezado a confiscar embarcaciones civiles para su "defensa personal".
—Quieres un aliado que no te robe la flota —dedujo Helios.
—Quiero un rey que entienda que la corona es una joya que se sostiene sobre tres pilares: el acero de los Ferrum, el oro de los comerciantes y la sangre de los nobles. Has perdido el acero, Helios. Los comerciantes están divididos. Solo te queda la sangre... y la mía es la más pura que encontrarás fuera de tu propia familia.
Helios dio un paso hacia ella, ignorando la mirada de advertencia de Mirea.
—Me ofrecieron un matrimonio ayer y lo rechacé. ¿Es esta tu versión de la misma oferta? Porque recuerdo que la última vez que intercambiamos promesas, terminaste de pie junto a Valerius mientras yo era arrastrado a las galeras.
El rostro de Selene se endureció, una grieta fugaz en su máscara de porcelana.
—Lo que hice hace diez años fue para salvar a mi familia de la extinción. Si me hubiera ido contigo, los Serath habrían sido ejecutados antes de que tu barco saliera del puerto. No busco tu cama, Helios. Ya no. Busco un contrato de soberanía. La Casa Serath exige autonomía total sobre el puerto y las rutas del Este. A cambio, mis barcos bloquearán el suministro de suministros al palacio. Dejaremos que Valerius se muera de sed en su trono de oro.
—Autonomía total es una palabra elegante para "secesión" —intervino Mirea, su voz cargada de veneno—. Lo que Lady Selene propone es desmembrar el reino antes incluso de que lo recuperes, Helios.
Selene miró a Mirea como si fuera un insecto molesto.
—La cortesana tiene lengua de plata, pero mente de cobre. Esto es política de Estado, no un intercambio de favores en un burdel.
Helios levantó una mano para detener la disputa. Se sentía en una encrucijada. Sin la flota de los Serath, tomar el palacio sería un asedio de meses, si no de años. Pero ceder el control del puerto significaba que nunca sería un rey completo; sería un monarca cautivo de la voluntad de Selene.
—Necesito tiempo para considerar los términos —dijo Helios, sus ojos fijos en los de Selene—. Tu propuesta es... generosa en su ambición.
—No tienes tiempo —siseó Selene, acercándose a él hasta que Helios pudo oler el aroma a salitre y flores blancas—. Valerius ha convocado al Tribunal de la Fe para mañana. Si no tienes un aliado de peso para entonces, te declararán anatema. Y una vez que la Iglesia te marque, ni siquiera el pueblo te protegerá. Encuéntrame en mis aposentos privados esta noche si quieres firmar el pacto. Y ven solo.
Selene se dio la vuelta, su capa ondeando como una ola, y abandonó la cámara.