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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

13

La campana mayor comenzó a sonar antes del amanecer.

No fue un toque prolongado. Fueron tres golpes espaciados, profundos, que descendieron por la ciudad como una sentencia inevitable.

El rey Alaric había muerto.

La noticia no necesitó pregoneros. Se filtró por las ventanas, por las chimeneas, por las grietas del mercado aún vacío. Las mujeres que abrían las tiendas levantaron la vista al cielo. Los soldados en turno nocturno se cuadraron sin que nadie lo ordenara. En el puerto, un marinero se santiguó.

En el palacio, el silencio fue más denso que el sonido.

Natalie no estaba en la capilla ardiente cuando confirmaron la hora oficial del fallecimiento. Se encontraba en la galería alta del ala este, desde donde podía ver el patio interior y la torre donde había pasado su infancia.

No llevaba luto todavía.

Vestía un traje sobrio de color marfil apagado, sin joyas, sin corona. El cabello recogido con precisión. La hija del rey. Nada más.

Kaelen se acercó sin anunciarse.

—Es oficial —dijo.

Natalie no se volvió.

—¿Quién firmó el acta?

—El médico real. Dos consejeros. Anya.

Eso sí la hizo girarse.

—¿Pronunció discurso?

—Breve. Habló de estabilidad. De continuidad. De evitar disturbios.

Natalie sostuvo la mirada de Kaelen.

—¿Mencionó al heredero?

—No.

El silencio entre ambas no fue incómodo. Fue cálculo.

Abajo, en el patio, el Segundo Estandarte comenzaba a formar filas. Tomás había cumplido. Las armaduras reflejaban la luz fría del amanecer, no como amenaza, sino como presencia.

—Bien —dijo Natalie al fin—. Que el pueblo vea acero. No miedo.

Kaelen inclinó la cabeza.

—¿Y ahora?

Natalie miró hacia la torre norte.

—Ahora empiezan los movimientos reales.

---

En la sala del Consejo, Anya no estaba sola.

Tres consejeros la acompañaban, sentados demasiado cerca entre sí. El mapa del reino estaba desplegado sobre la mesa central. Pequeñas piezas de marfil marcaban fortalezas, rutas comerciales y destacamentos.

—La proclamación debe hacerse antes del mediodía —dijo uno de ellos—. Si no se nombra regencia, habrá rumores.

—Ya los hay —respondió Anya con serenidad—. La diferencia es quién los dirige.

Deslizó una pieza blanca hacia la capital.

—La princesa no puede asumir el control sin validación formal. No tiene respaldo militar completo.

—Tiene a Tomás.

—Tiene a Tomás visible —corrigió Anya—. Eso no es lo mismo.

Un guardia llamó a la puerta.

—Mi señora —anunció—. La princesa solicita audiencia.

Los tres hombres se miraron.

Anya sonrió levemente.

—Por supuesto que la solicita.

---

Natalie entró sin escolta.

Eso fue deliberado.

No llevaba espada. Tampoco documentos. Solo su apellido.

—Mi padre ha muerto —dijo sin preámbulos—. El reino necesita claridad.

—Estamos trabajando en ello —respondió Anya con suavidad.

—Entonces avancemos más rápido.

Natalie caminó hasta la mesa y observó el mapa.

—El norte está inquieto. El oeste sin supervisión directa. Y el heredero… oficialmente ausente.

Uno de los consejeros carraspeó.

—El niño está protegido.

—¿Por quién? —preguntó Natalie sin levantar la voz.

Silencio.

Anya sostuvo su mirada.

—No insinuéis desorden donde no lo hay.

—No insinúo —replicó Natalie—. Pregunto.

Se inclinó ligeramente sobre el mapa y movió una pieza de marfil.

La colocó justo al lado de la capital.

—Hasta que el heredero aparezca ante el Consejo y ante el pueblo, asumiré funciones de regencia operativa.

Uno de los hombres se levantó de golpe.

—Eso requiere votación.

—Entonces voten —respondió ella.

Anya la observó con atención nueva.

—Estás acelerando el proceso.

—Alguien ya lo aceleró cuando empezó a gobernar en nombre de un hombre que no podía sostener la pluma.

El golpe fue limpio.

Uno de los consejeros evitó la mirada.

Anya no.

—Ten cuidado, Natalie —dijo con calma—. Las acusaciones implícitas generan enemigos innecesarios.

—No son innecesarios —replicó—. Son visibles.

Se enderezó.

—Convocad al Consejo pleno esta tarde. Y notificad públicamente que la búsqueda del heredero será supervisada por una comisión independiente.

—¿Independiente de quién? —preguntó uno.

—De vosotros.

El aire cambió.

Anya apoyó las manos sobre la mesa.

—Estás cruzando una línea.

—No —dijo Natalie—. Estoy dibujándola.

Durante varios segundos nadie habló.

Finalmente, uno de los consejeros murmuró:

—Si rechazamos la propuesta, pareceremos obstruccionistas.

Anya cerró los ojos apenas un instante.

Cuando los abrió, su sonrisa era intacta.

—Muy bien —dijo—. Que conste en acta. La princesa Natalie asumirá funciones provisionales de regencia hasta la aparición formal del heredero.

Natalie sostuvo su mirada.

Sabía que aquello no era concesión.

Era trampa.

—Gracias —respondió con frialdad perfecta—. Haré que valga la pena.

---

En el patio, Boris empujó a Bastian contra una columna.

—No te confíes —gruñó—. Hoy te necesitan. Mañana puedes ser un problema.

Bastian respiró con dificultad.

—Solo dije la verdad.

—En este lugar —replicó Boris— eso es más peligroso que mentir.

Tomás observaba desde la distancia, inmóvil.

Kaelen apareció junto a él.

—¿Crees que resistirá?

Tomás no apartó la vista del palacio.

—No lo sé.

—¿Y ella?

Tomás exhaló lentamente.

—Ella sí.

Arriba, en el ventanal más alto, Natalie contemplaba la formación de los soldados y la ciudad que empezaba a despertar.

El hierro había hablado.

Ahora quedaba ver quién sabía escuchar.

Y, sobre todo, quién estaba dispuesto a ensangrentarlo.

El hierro habló… y la ciudad respondió.

Antes del mediodía, Valthoria ya era un murmullo contenido. Las campanas menores comenzaron a replicar el toque fúnebre, más suaves, más humanas. Las tiendas cerraron a medias; los estandartes descendieron hasta la mitad del asta. En las plazas, la gente hablaba en voz baja, como si el aire mismo pudiera delatar una palabra imprudente.

Desde la galería, Natalie observó cómo el Segundo Estandarte se desplegaba por las avenidas principales. No marchaban en formación de guerra. Marchaban en formación de presencia. Escudos visibles. Espadas envainadas. Ritmo constante.

Tomás entendía el mensaje.

Kaelen permanecía a su lado.

—Hay movimiento en el barrio alto —informó—. Mensajeros entrando y saliendo de la casa de los Varlen. Y del ala oeste del palacio.

—Anya —dijo Natalie.

No era pregunta.

—No se esconde.

—No necesita hacerlo —respondió Natalie—. Aún.

Se giró hacia la mesa donde descansaban varios pliegos abiertos. Informes preliminares. Nombres. Fechas. Movimientos de tropas. Firmas duplicadas.

Uno en particular estaba marcado con tinta roja.

—¿Qué sabemos del anillo? —preguntó.

Kaelen avanzó y señaló el documento.

—Tres anillos de autoridad: el del rey, el del Guardián del Tesoro y el del Alto Consejero. El del rey estaba en la cámara real. El del Tesoro no ha salido de la bóveda. El del Alto Consejero… —hizo una pausa— no ha sido mostrado desde hace días.

Natalie levantó la vista.

—¿Quién ocupa formalmente ese cargo ahora?

Kaelen la miró con expresión neutra.

—Lady Anya.

El silencio fue breve, pero absoluto.

—Demasiado obvio —murmuró Natalie.

—O demasiado evidente como para ser falso —replicó Kaelen.

Natalie se acercó al ventanal.

Abajo, Boris avanzaba con Bastian a su lado. El gigante no lo empujaba ahora. Caminaban casi al mismo paso. Casi.

—Si Anya ha movido el heredero —dijo Natalie— no lo mantendrá en palacio.

—Sería demasiado arriesgado.

—Exacto.

Se volvió hacia Kaelen.

—Necesito saber qué rutas salieron activas las últimas dos semanas. Especialmente las que no constan en registros oficiales.

Kaelen asintió.

—Lysandro puede conseguir eso.

Natalie no respondió de inmediato.

El nombre todavía tenía peso.

—Que venga —dijo al fin.

---

En la sala baja, donde antiguamente se reunían los capitanes de frontera, Tomás esperaba con los brazos cruzados. Cuando Natalie entró, todos se pusieron en pie.

No por obligación.

Por cálculo.

—Capitán —saludó ella.

—Regente —respondió él.

La palabra no fue irónica. Tampoco cálida.

—La ciudad está tranquila —informó—. Pero eso cambiará cuando el Consejo publique la proclamación.

—¿Y la publicarán?

Tomás sostuvo su mirada.

—No tienen alternativa sin parecer culpables.

Natalie asintió.

—Necesito un destacamento discreto preparado para salir al anochecer.

—¿Destino?

—Aún no lo sé.

Eso no le gustó.

—No puedo mover hombres sin dirección clara.

—No quiero que los muevas —replicó ella—. Quiero que estén listos.

Tomás la estudió durante un segundo más largo de lo necesario.

—Confías en que algo ocurrirá.

—No —corrigió Natalie—. Confío en que alguien cometerá un error.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.

Lysandro entró sin anunciarse.

Se detuvo a dos pasos de Natalie y realizó una inclinación mínima, suficiente para cumplir con la etiqueta sin someterse a ella.

—He revisado los registros de paso —dijo—. Tres carruajes salieron por la puerta norte hace diez días. Sellos correctos. Escolta reducida. Destino declarado: inspección agrícola.

—¿Y el destino real? —preguntó Tomás.

—No hay constancia de regreso.

Natalie no parpadeó.

—¿Quién firmó la orden?

Lysandro sostuvo su mirada.

—El Alto Consejero.

Tomás exhaló lentamente.

—Eso nos lleva al mismo punto.

—No —dijo Natalie—. Nos da un punto de partida.

Se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre la madera.

—Si el heredero fue trasladado entonces, ahora debe estar en un lugar seguro pero accesible. No demasiado lejos. No demasiado visible.

—Una fortaleza secundaria —propuso Tomás.

—O una residencia privada —añadió Lysandro.

Kaelen, que había entrado sin que nadie lo notara, habló desde la sombra.

—La finca de los Varlen tiene torre propia.

Todos se giraron.

Natalie sostuvo el silencio unos segundos.

—Si entramos allí sin prueba —dijo— parecerá un intento de golpe.

—Y si no entramos —replicó Tomás—, puede que el niño desaparezca del todo.

La tensión volvió a densificarse.

Boris apareció en el umbral.

—El Consejo se está reuniendo otra vez —anunció—. Esta vez sin invitarte.

Natalie sonrió apenas.

—Perfecto.

—¿Perfecto? —gruñó Boris.

—Cuando las puertas se cierran demasiado rápido —respondió ella— es porque dentro hay miedo.

Miró a cada uno de ellos.

—Tomás, mantén a tus hombres visibles. Kaelen, prepara rutas alternativas hacia la finca Varlen sin que parezca un despliegue militar. Lysandro… —hizo una pausa leve— necesito acceso a los pasadizos antiguos bajo el ala oeste.

Él la observó con intensidad contenida.

—Eso significa cruzar territorio que aún responde a Anya.

—Lo sé.

—Si te atrapan…

—No me atraparán.

El silencio que siguió no fue confianza.

Fue aceptación de riesgo.

Bastian apareció detrás de Boris, aún pálido, pero con la mirada más firme.

—Si el niño está en la finca —dijo con voz baja— puedo reconocer a los hombres que lo trasladaron.

Natalie lo miró.

—Entonces vendrás.

Boris soltó una exhalación fuerte.

—No es soldado.

—No —respondió ella—. Es testigo.

Y en ese momento, algo cambió en la sala.

No fue una proclamación.

No fue un juramento.

Fue la sensación compartida de que el siguiente movimiento ya no sería político.

Sería físico.

Afuera, las campanas volvieron a sonar.

Esta vez no por muerte.

Por convocatoria.

El Consejo iba a hablar.

Y Natalie sabía, con una certeza fría, que lo que dijeran no importaría tanto como lo que ocultaran.

Se volvió hacia la puerta.

—Es hora de escuchar —dijo.

Y esta vez, no caminó sola.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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