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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El lugar al que no creía pertenecer

El uniforme de mi nueva vida se sentía como una piel prestada que me apretaba el pecho. Pasar de los abrigos gastados y el aroma a humedad de los callejones a la rigidez de una camisa blanca perfectamente almidonada fue un proceso lento y doloroso. Durante las mañanas previas al primer día, me quedaba mirando mis manos limpias, extrañando el rastro de grafito o de cansancio que solía definirme. Ahora, frente al espejo, veía a un extraño: un joven de hombros rectos y mirada contenida que parecía tener un futuro, cuando por dentro seguía siendo una estructura a medio derrumbar.

Mi madre había insistido en que este era mi nuevo comienzo, pero yo sabía que los comienzos no son gratis; suelen venir con una firma al pie de un contrato que no puedes leer del todo.

Aquella mañana, el aire de la ciudad era inusualmente nítido. Me quedé de pie en la acera, sintiendo el roce de la tela contra los tatuajes que ahora permanecían ocultos, como secretos que no tenían permitido ver la luz. La espera terminó cuando el rugido discreto de un motor de lujo cortó el silencio de la calle.

El auto negro se detuvo frente a la acera con una precisión impecable. Vi a un vecino asomarse por la ventana, observando el vehículo con una mezcla de envidia y sospecha; no entendía qué hacía una máquina de ese precio en un barrio de edificios grises. Esa mirada me recordó que, aunque mi ropa fuera nueva, mi entorno seguía sabiendo quién era yo.

La pintura brillante reflejaba la ciudad como un espejo pulido, y los vidrios polarizados ocultaban el rostro del hombre que lo conducía. Cuando subí, mi padre no me saludó. No lo hacía nunca.

—Necesito que hagas esto bien —dijo sin mirarme—. Tal vez así el honor de nuestra familia se restaure.

Asentí en silencio. En el retrovisor, sus ojos fríos se clavaron en mí. Me escaneó de arriba abajo con la misma eficiencia con la que un ingeniero revisa una viga antes de una inspección. No buscaba a su hijo; buscaba grietas en el producto que estaba a punto de presentar en sociedad. Por un segundo creí ver algo parecido a una sonrisa contenida. No estaba acostumbrado a verme así.

El camino fue largo. El silencio dentro del auto pesaba más que cualquier palabra. El sonido del motor y su respiración pausada eran lo único que llenaba el espacio. Apreté las manos contra mis rodillas para que no notara el temblor. Estar encerrado, tan cerca de él, me tensaba el cuerpo.

Al llegar a la universidad, estacionó y, antes de bajar, abrió su maletín de cuero. Sacó una pequeña caja blanca y la dejó en mis manos.

—Lo necesitarás.

La abrí. Era un celular nuevo.

—Agregué el número de tu madre, de tus hermanos y el mío —continuó—. Tus hermanos están en el extranjero. Preguntan por ti.

Lo miré, sorprendido. Años habían pasado desde el último gesto que no fuera una orden. Guardé el celular en el bolsillo. No le di las gracias. Él tampoco las esperaba.

La universidad hervía de vida.

Al bajar del auto, noté cómo el ritmo de los estudiantes que caminaban cerca se alteraba. El brillo del coche y la presencia imponente de mi padre forzaban a la gente a abrirse paso. Nos miraban con esa mezcla de respeto y curiosidad que se le dedica a los apellidos que aparecen en los periódicos.

Jóvenes caminaban de un lado a otro, reían, discutían, parecían saber exactamente a dónde iban. Mi padre avanzaba a mi lado con paso seguro, como si también le perteneciera ese lugar. Sentí las miradas clavándose en mí, deslizándose por mi ropa, por mi porte, por lo que aparentaba ser.

Un grupo de chicas interrumpió su conversación para observarme. Una rió nerviosa. Bajé la mirada de inmediato. No me gustaba esa atención. Nunca me había gustado.

Mi padre, en cambio, lo notó. Soltó una risa baja, breve. No supe si se burlaba de mí o de la ironía: para ellos yo parecía un joven prometedor; para él, seguía siendo un problema que debía corregirse.

En la oficina del director habló por mí. No pidió, impuso. Vi al director inclinarse un poco hacia adelante, asintiendo a cada palabra de mi padre con una sumisión que me revolvió el estómago. En ese escritorio, yo no era un estudiante buscando una oportunidad; era un Lennox Chester que estaba siendo instalado en el sistema. Su tono seguro, calculado, cerró cualquier posibilidad de objeción. Me darían una segunda oportunidad. Cuando todo quedó acordado, se marchó sin despedirse.

Caminé con el profesor por pasillos amplios, llenos de murales y anuncios. Cada paso se sentía irreal. Cada vez que cruzábamos con alguien, sentía que sus ojos analizaban mi ropa nueva, buscando algún rastro de la persona que solía ser. Pero no encontraban nada. Mi disfraz era perfecto. Cuando abrió la puerta del salón, el murmullo se detuvo.

—Clase, les presento a su nuevo compañero.

Las miradas cayeron sobre mí como una avalancha. No eran miradas hostiles como las de la calle, sino algo peor: una curiosidad invasiva. Los estudiantes de las primeras filas se inclinaron hacia atrás para verme mejor; los del fondo dejaron de escribir para analizar al "chico nuevo" que llegaba a mitad de semestre.

—¿De dónde vienes?

—¿Eres extranjero?

—¿Tienes novia?

Noté cómo un chico cerca de la ventana me miraba con recelo, midiendo la competencia, mientras otros susurraban entre ellos evaluando mi precio. Retrocedí sin darme cuenta hasta que mi espalda chocó con la pared fría. Rogaba, en silencio, que nadie extendiera la mano, que nadie intentara tocarme el hombro. Sentía el pecho comprimido, el cuerpo en alerta, como si necesitara huir.

Entonces una voz se alzó por encima del ruido.

—Basta. Déjenlo respirar.

Levanté la mirada.

Allí estaba ella.

Hazel.

Su cabello oscuro y rizado caía libre sobre sus hombros, moviéndose con una naturalidad que contrastaba con mi rigidez. El salón entero pareció reaccionar a su intervención. Los que estaban de pie se sentaron y el bullicio se convirtió en un murmullo bajo. Hazel tenía un tipo de autoridad que no venía del miedo, sino de una calma que obligaba a los demás a calmarse también. Se desplazaba entre ellos como si el caos no pudiera tocarla, como si el mundo no le pesara igual.

Las miradas se apartaron poco a poco. El aire volvió a mis pulmones.

Ella me sonrió. No como quien se reencuentra con alguien importante. Sonrió como si aquel encuentro fuera simplemente... normal.

Yo apenas asentí. Aparté la vista de inmediato. No podía permitir que notara lo mucho que su presencia me desarmaba.

Me molestaba sentir alivio.

Me molestaba esa calma extraña que traía consigo.

Hazel.

En el mismo salón.

En el mismo inicio.

El destino tenía un sentido del humor cruel.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no supe si estaba preparado para enfrentarlo.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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