Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 6; Tu historia se acaba cuando me aburro
Pasaron apenas cuatro horas antes de que mi teléfono vibrara sobre la mesa de mármol. Un número desconocido. Sonreí, saboreando el momento; el pez era grande y el anzuelo había quedado perfectamente encajado en su garganta.
—Damián. Sabía que eras un hombre inteligente —dije al descolgar, sin preámbulos.
—No te equivoques, Vargas —la voz de Damián sonaba más sobria, pero igual de peligrosa—. Solo quiero saber qué tan loco estás antes de decidir si te sigo el juego o te entrego a un psiquiátrico. Hablamos ahora. En persona.
Nos reunimos en la oficina que había alquilado: un espacio minimalista, de paredes grises y ventanales altos que ignoraban cualquier rastro de la cursilería rosa de mi casa. Cuando Damián entró, el contraste con el bar de mala muerte fue absoluto. Bajo la luz blanca, su apariencia era, por decir lo menos, imponente.
Tenía un cabello rubio cenizo, cortado casi al ras, que acentuaba la palidez lechosa de su piel, una característica extraña en un hombre que parecía haber pasado años bajo el sol de la industria pesada. Sus ojos eran de un azul gélido, de esos que no solo miran, sino que escanean buscando debilidades. Su complexión era maciza; no era la elegancia atlética de Marco, sino la fuerza bruta y funcional de un Alfa que ha tenido que pelear por cada centímetro de su territorio. Sus hombros eran tan anchos que hacían que la habitación se sintiera pequeña.
—Habla —sentenció, cruzándose de brazos frente a mi escritorio—. Dijiste que sabías cosas. Dijiste que Leonard tiene ratas trabajando para él. ¿Cómo diablos estás tan seguro y de dónde sacaste esa información? No eres más que un... —se detuvo, recorriendo mi cuerpo con la mirada— ...un omega que hasta hace poco se preocupaba por el color de sus zapatos.
Me recliné en mi silla, entrelazando los dedos.
—Damián, el hecho de que mi cuerpo sea "delicado" no significa que mi mente lo sea. El error de Leonard, de Marco y tuyo es el mismo: asumen que la biología dicta la ambición —solté una risita cargada de cinismo—. En cuanto a mi información... digamos que tengo un talento especial para leer entre líneas. He observado a mi hermano por años, he visto los movimientos de Leonard. Si sumas los contratos perdidos y las coincidencias en las juntas de accionistas, no necesitas ser un genio, solo necesitas no estar distraído con tu propio ego.
Damián arqueó una ceja, claramente sorprendido por la fluidez y la seguridad con la que hablaba. Sus ojos azules buscaron algún rastro de mentira, pero yo le devolví una mirada tan gélida como la suya.
—Eres más meticuloso de lo que dicen los chismes, Vargas. Mucho más.
—Los chismes son para la gente que no tiene nada mejor que hacer. Yo tengo un imperio que desmantelar —me puse de pie, caminando hacia él. La diferencia de altura era ridícula, pero mi aura en ese momento no se sentía "inferior"—. Escucha bien. Tu primera misión llegará pronto. Marco va a empezar a oler a las ratas en su círculo muy pronto, y cuando eso pase, necesito que estés listo para ser su "salvador"... bajo mis órdenes.
Damián soltó un suspiro pesado, relajando un poco la tensión de sus hombros.
—¿Y mientras tanto? No tengo nada, Inel. Leonard se aseguró de eso.
—Mientras tanto, dejarás de beber cosas baratas. Te he preparado una suite en un hotel discreto, lejos del radar de mi familia. Tendrás ropa que no huela a derrota, comida de verdad y un vehículo que no se caiga a pedazos —saqué un sobre con una tarjeta de acceso y una suma considerable de efectivo—. Considéralo una inversión. No quiero a mi mejor arma pasando hambre.
Damián tomó el sobre, rozando mis dedos. Pude sentir una ligera chispa de curiosidad en su feromona, una mezcla de ozono y acero que empezaba a reconocer.
—No sé qué juego estás jugando realmente, pequeño Vargas —dijo con voz ronca—, pero tienes mi atención. Por ahora.
—Es todo lo que necesito por hoy. Ve a descansar, Damián. La verdadera guerra empieza cuando el sol vuelva a salir.
Cuando salió de la oficina, me quedé solo, observando la ciudad. El "omega decorativo" ya tenía a su ejecutor. Ahora solo faltaba que el "protagonista" de esta historia, el gran Leonard Ruiz, cometiera su primer error por exceso de confianza. Y yo estaría ahí para asegurarme de que fuera el último.
...—🖇️—...
Me serví una copa de vino tinto, el más caro de la bodega de mi padre, y me quedé observando cómo el líquido se deslizaba por el cristal. "Qué cuerpo tan fascinante", pensé, mirándome en el reflejo de la ventana. "Moreno, curvilíneo, con estos ojos hazel que gritan 'mírame'. El envoltorio perfecto para un narcisista como yo".
Seamos honestos: me encanta que me miren. Pero me repugna que me miren con condescendencia. En este mundo, ser un Omega es como ser una obra de arte cara: te admiran, te cuidan, pero siempre asumen que necesitas a alguien que te cuelgue en la pared correcta. Y eso va infinitamente en contra de mis ideales. Yo no soy el accesorio de nadie. Si el poder es un cuchillo, prefiero sostenerlo por el mango que sentir su filo en mi garganta.
—¿Leonard Ruiz, el rey absoluto? —solté una carcajada ácida que se perdió en la soledad de la mansión—. Tks, tks. Leonard, cariño, vas a coronarte, pero con espinas. Tu historia de éxito se acaba donde empieza mi aburrimiento.
Mi plan era simple, pero letal. No iba a ser tan estúpido como para empezar desde cero en un garaje como un soñador de película. Eso es para gente con tiempo y sin recursos. Yo ya tengo un imperio a mi disposición: el de los Vargas. Solo tengo que redecorarlo un poco... empezando por sacar a Marco de la silla principal o, mejor dicho, sentarme yo detrás de él y mover sus hilos como si fuera una marioneta de alta costura.
"Protección" era la palabra que usaría con mi familia. Pero no es afecto. Es gestión de activos. Si Leonard destruye a los Vargas, destruye mi plataforma de lanzamiento. Y no voy a permitir que ese Alfa con complejo de dios toque mis juguetes.
Para que esto funcione, necesito una herramienta que Leonard no pueda ver venir. Algo que golpee donde más le duele: su control sobre la información. Por eso, mi primera jugada maestra estaba clara: abrir mi propia empresa de Ciberseguridad. Pero, por supuesto, bajo un nombre falso y una estructura de empresas fantasma que ni el mejor sabueso de la hacienda podría rastrear.
—"Inel Vargas, el omega que solo sabe combinar zapatos" —murmuré con una sonrisa depredadora—. Esa es la identidad que seguiré manteniendo. Es tan conveniente que piensen que no tengo cerebro. Mientras ellos se ríen de mis tonterías en las galas, yo estaré leyendo sus correos, vaciando sus secretos y saboteando sus servidores.
No hay nada más peligroso que un enemigo al que no consideras un enemigo. Leonard está tan ocupado mirándose los músculos en el espejo y planeando cómo traicionarme, que no se dará cuenta de que el "juguete viejo" ya le ha hackeado hasta la cafetera de su oficina.
Me bebí el vino de un trago y dejé la copa sobre la mesa. Sentía esa adrenalina familiar, esa chispa de maldad que me hacía sentir vivo en mi vida pasada. El tablero estaba listo.
inel es simplemente inel