A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad
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Capítulo 5: Fantasmas en el Reflejo
La mañana siguiente al rechazo de Azul, el ambiente en la oficina era tan denso que se podía cortar con un cristal. Alejandro no la había mirado ni una sola vez. Se limitaba a dar órdenes cortas, su voz cargada de un hielo que pretendía castigarla por haberlo llamado cobarde. Sin embargo, detrás de su fachada de granito, las palabras de Azul golpeaban como martillos en una forja.
Azul, por su parte, se concentraba en la tableta digital. Sus dedos se movían con agilidad, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, perdida en los laberintos de una memoria que rara vez se permitía visitar.
El refugio de papel: El recuerdo de Azul
Mientras ajustaba los niveles de color de un logotipo, el suave aroma del café recién hecho en la oficina activó un resorte en su memoria. De repente, ya no estaba en el piso 42 de un rascacielos. Tenía cuatro años y estaba sentada en el suelo de una pequeña cocina bañada por la luz dorada del atardecer.
—Mira, Estrellita, así se dibuja el mundo —decía la voz profunda y cálida de su padre.
Azul recordaba sus manos: grandes, callosas por el trabajo, pero increíblemente gentiles. Él no tenía dinero, pero le regalaba trozos de papel de estraza y carboncillo. Aquel día, su padre se arrodilló a su lado y dibujó una luna creciente.
—¿Por qué la luna está sola, papá? —había preguntado ella con su voz infantil.
—No está sola, Azul. Está cuidando el cielo para que el sol pueda descansar. Ella es valiente porque brilla incluso cuando todo está oscuro. Como tú. Nunca dejes que nadie apague tu brillo, ni siquiera cuando yo no esté.
Fue el último recuerdo hermoso antes de que el mundo se derrumbara, antes de que el abandono y el maltrato de su madre borraran la calidez de aquel hogar. Azul parpadeó, despejando una lágrima traicionera. Ese recuerdo era su ancla; la razón por la que había estudiado diseño. Dibujar era la única forma de volver a sentir la mano de su padre sobre la suya.
La sombra del hermano: El recuerdo de Alejandro
Al otro lado del despacho, Alejandro cerró los ojos un momento, irritado por la incapacidad de concentrarse. La figura de Azul, tan silenciosa y resiliente, le recordaba demasiado a la luz que alguna vez habitó en su propia casa.
Su mente viajó diez años atrás. Él era un adolescente de trece años, rebelde y arrogante, sentado en el jardín de la mansión familiar. Su hermano mayor, Alexander, de diecinueve, acababa de regresar de la universidad para el verano. Alexander era todo lo que Alejandro no era: risueño, poeta, lleno de una fe inquebrantable en las personas.
—Deja de leer esos informes de bolsa, Alex —le había dicho Alexander, arrebatándole el periódico financiero y lanzándole un balón de fútbol—. La vida no son números, hermanito. Son momentos.
—Los números no te mienten, Alexander. Las personas sí —respondió el joven Alejandro con su ya incipiente cinismo.
Alexander se rió y lo rodeó por el cuello con un brazo fuerte.
—Algún día te enamorarás y entenderás que un solo beso vale más que todas las acciones de Google. El amor no es debilidad, Alex, es el motor que hace que valga la pena despertarse. Yo daría mi vida por la mujer que amo.
Alejandro recordó la sonrisa radiante de su hermano, la misma que se apagó meses después cuando aquella mujer lo llevó al límite de la desesperación y la muerte. Alexander había cumplido su palabra: había dado su vida, y Alejandro se había quedado solo para recoger las cenizas, jurando que nunca, jamás, permitiría que un sentimiento lo desarmara de esa manera.
El choque de realidades
El silencio de la oficina fue roto por el sonido de una notificación en la computadora de Alejandro. Él se levantó, caminando hacia el ventanal, tratando de sacudirse la imagen de su hermano muerto. Vio a Azul a través del reflejo del cristal. Ella estaba mirando una pequeña fotografía vieja y desgastada que guardaba en su cartera; una foto donde solo se veían unas manos dibujando sobre papel de estraza.
Alejandro sintió una punzada de envidia. Ella, a pesar de haber sido abandonada y maltratada, atesoraba sus recuerdos como tesoros. Él, teniendo todo el oro del mundo, trataba sus recuerdos como tumores que debían ser extirpados.
—¿Qué miras con tanta devoción, García? —preguntó, su voz menos dura que antes, pero aún distante.
Azul guardó la foto rápidamente, recuperando su postura profesional.
—Un recordatorio de quién soy, señor Rodríguez. Algo que usted parece haber olvidado entre tantos contratos y mármol.
Alejandro se acercó a ella. Esta vez no hubo un intento de contacto físico, pero la intensidad de su mirada era casi táctil.
—Mi hermano también creía en los recuerdos hermosos —dijo Alejandro, sorprendiéndose a sí mismo por compartir algo tan íntimo—. Decía que el amor era un motor. Resultó ser un muro contra el que se estrelló a cien kilómetros por hora.
—Su hermano no murió por amar, Alejandro —dijo Azul, usando su nombre de pila sin miedo—. Murió porque confió en la persona equivocada. Pero culpar al amor por lo que hizo una mujer cruel es como culpar al sol porque alguien se quemó la piel.
Alejandro apretó la mandíbula. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a desafiar su dogma de dolor.
—Es fácil ser filósofa cuando no tienes nada que perder —espetó él.
—Lo perdí todo a los cuatro años —respondió ella, levantándose y quedando frente a él—. Lo único que me queda es mi capacidad de decidir que no seré como quienes me hirieron. Usted tiene el poder de cambiar su destino, pero prefiere ser un rey en un trono de hielo porque tiene miedo de que, si se calienta, se derretirá y descubrirá que no queda nada debajo.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Había una grieta en el muro de Alejandro, y ambos podían sentir el aire frío del exterior filtrándose. Azul se dio la vuelta para seguir trabajando, pero Alejandro se quedó allí, mirando sus propias manos, las manos que Alexander solía estrechar, preguntándose si aún era capaz de sentir algo que no fuera el peso de su propia corona de espinas.