“Prometió no amar a otra mujer… hasta que ella llegó”
Él era un hombre roto.
Ella, la tormenta que lo hizo sentir de nuevo.
Entre el aroma de la tierra mojada y el calor de las noches en la granja, el granjero descubrió que el amor puede florecer incluso en el suelo más árido.
🔥 El corazón del granjero — cuando el amor renace donde el dolor parecía eterno.
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Capítulo 6
Francisco...
Me desperté como de costumbre, a las cuatro de la mañana. Todavía estaba todo oscuro, me puse la ropa de trabajo y fui a la cocina, donde Amparo ya me esperaba con mi café negro y bien fuerte.
—¡Buenos días, Amparo!
—¡Buenos días, Francisco!
Me senté, ella se sentó a mi lado y compartimos nuestro café diario, en silencio. Al terminar, me levanté.
—Amparo, no olvides despertar a Gabriel a las cinco. Sin pena del muchacho, está castigado y necesita aprender una lección.
—No voy a olvidar, pero, ¿necesito eso mismo? El niño nunca ha trabajado duro.
—Mi error fue ese. Debería haberlo criado como yo fui criado. Desde joven en el trabajo al lado de mi padre, me convertí en hombre trabajador, construir todo esto desde cero. Y caí en la tontería de criar a un hijo Mauricinho, lleno de regalías. Pero aún hay tiempo para que él cambie, y él va a aprender a dar valor a todo lo que yo y su madre construimos. Ahora necesito ir, no olvides, mándalo directo para João después del café, él va a cuidar de la limpieza de los animales.
La cara que Amparo hizo cuando hablé del servicio de Gabriel, fue la que yo ya esperaba. Ella me ayudó a criar a Gabriel, fue mi soporte en mi peor momento, la respetaba de la misma manera que siempre respeté a mi madre. Pero acabé dejando que ella lo mimase demasiado.
Tomé el sombrero y fui para la parte del trabajo que era mi terapia. El pequeño huerto, que mi amada Ana había comenzado cuando nos casamos y vinimos a vivir aquí.
Era mi momento de paz. El huerto ya no era tan pequeño. Ahora era un invernadero grande, donde mucha cosa de lo que consumíamos en el hotel y en nuestra alimentación personal, venía de aquel lugar. Yo cuidaba de todo personalmente, era el primero en llegar, nada era hecho allí sin que pasase por mí.
Además, solo tres personas más tenían acceso libre a aquel lugar. João, mi hombre de confianza en la hacienda. Amparo y Marta, las cocineras de la casa. En época de cosecha, dos funcionarios hacían el trabajo en días específicos. Nada allí era vendido, todo era para consumo. Allí, tenía la esencia de Ana Maria y yo me sentía más cerca de ella en aquel lugar.
A las cinco de la mañana salí del invernadero y fui hasta el establo donde João ya estaba puntual, como siempre.
—¡Buenos días, patrón!
—¡Buenos días, João! ¿Dónde está Gabriel?
—Aún no ha llegado, pero es temprano, luego él llega.
—Combiné con él a las cinco, él ya está atrasado.
Fui hasta la bahía del caramelo, mi caballo. Le cepillé, ensillé y a las cinco y media él ya estaba listo para nuestro paseo matinal.
—¿Él aún no ha llegado?
—Aún no, patrón. —João habló ya sabiendo que la cosa no iba a quedar buena para Gabriel.
—Así que él llegue, avísame, quiero saber exactamente la hora que él pisó los pies aquí. No intentes enrollarme João, o va a sobrar para ti.
Monté el caramelo y salí por la hacienda. Fui hasta el límite, donde mi cerca se encontraba con la de mis padres. Verifiqué cada centímetro, para certificar que no existía ninguna falla. Mis padres criaban búfalos y de vez en cuando ellos reventaban la cerca y me causaban problemas en el hotel. Como son animales muy grandes, y yo lido con turistas inexpertos, me gusta de mirar las ciervas personalmente, para que no haya ningún accidente con mis huéspedes.
Anduve por toda extensión de las tierras con el caramelo. Mi celular vibró y un mensaje de João.
“Él acaba de llegar”
Una hora de atraso, el muchacho me desobedeció nuevamente.
—¡Ahh Gabriel, te estás escapando de tomar una paliza de las buenas, muchacho!
Terminé mi servicio y volví para el establo. Llegué y me topé con Gabriel de short de sudadera, tenis de marca, y un audífono que costó los ojos de la cara en el oído. Es para completar mi disgusto, estaba sentado en un montón de heno, moviendo el celular.
Él ni me vio llegar de tan distraído que estaba. Solté el caramelo y fui hasta él, João ya sabía que venía tempestad y corrió para sujetar el caramelo, que se asustaba fácil con ruido.
Me aproximé y tomé el celular de la mano de él que levantó el rostro asustado.
—¡Papá! —Reclamó inconsecuente.
Tiré el audífono sin importarme con la fuerza. Él se levantó.
—¿Para qué esa ignorancia? ¿Quieres romper mi audífono? Fue caro, ¿sabías?
—Sé, es claro que sé. Al final, ¿no fue de mi sudor diario que salió esta porquería aquí?
Tiré el audífono en el suelo y pisé con la bota de cuero, con toda fuerza. Él quedó más blanco de lo que ya es.
—Te mandé venir a las cinco de la mañana, llegaste una hora después. Llego aquí y te encuentro como si estuvieses yendo a la ciudad a charlar con los amigos. Tenis de marca, short, celular en la mano. Y João haciendo todo el servicio solo. ¿Olvidaste de la conversación que tuvimos, muchacho?
Él no respondió, por mi tono de voz sabía que solo iba a empeorar la situación, si intentase dar una disculpa para aquello.
—¡João! —Él vino inmediatamente. —Toma una bota de trabajo del número de Gabriel.
João salió hasta el depósito y nos dejó solos.
—Vas a aprender a dar valor a todo eso que tienes, o yo no me llamo Francisco Rezende.
João volvió y entregó las botas a él que miró con cara de asco.
—Anda, vas a cambiarte. —Apunté y él pasó en mi frente batiendo el pie.
—Anda derecho, o voy a estallar este látigo en tus piernas.
Él se enderezó y entramos en casa, por la cocina.
—¡Solo puedes hacer esas cosas para provocarme, no es posible Gabriel! —Estallé.
—¡Todo que hago, está errado para el señor!
—No me respondas, cállate y sube luego, ¡anda!
Las funcionarias de la casa estaban tomando café de la mañana en la cocina. Solo ahí noté que ni había dado buenos días.
—¡Buenos días! —Hablé y lancé una mirada para Amparo. Ella salía que después tendríamos una conversación.
Subí atrás de Gabriel, en el cuarto de él abrí el guardarropa y tomé un pantalón jeans.
—¡Vístete!
—¡Este es el pantalón más caro que tengo, papá!
—¿No fui yo que compré? ¡Vístete luego!
Mientras él se vestía tomé una camisa de franela y le di a él.
—Calza las botas, anda.
Él terminó de vestirse y se miró en el espejo.
—Estoy pareciendo un campesino.
—No ofendas a ese pueblo tan trabajador, comparándote a ellos. Anda ven luego.
Descendimos, pasamos por la cocina nuevamente.
—Ve para el establo, yo ya estoy yendo.
Llamé Amparo en particular.
—Te pedí para no pasar la mano por la cabeza del niño, la señora hizo de nuevo. Es la última vez que te pido eso Amparo, no pases por encima de mi autoridad con Gabriel. Lo que yo mande él hacer, en la hora que yo diga, es orden. ¿Entendiste?
—¡Sí señor!
Salí en dirección al establo, aún alcancé al perezoso que se arrastraba por el camino.
—João, hoy él solo tendrá una hora de almuerzo, en vez de dos. Recuerda, él es más un funcionario que necesitas entrenar, aquí Gabriel no es el hijo patrón. ¿Entendiste?
—¡Sí señor!
Crucé los brazos y quedé por media hora observando João pasar el servicio para él. Limpiar las bahías, cepillar los animales, lo básico que él ya debería estar haciendo hace mucho tiempo. El niño iba a dar trabajo a João.
Yo no aguanté quedar más tiempo allí, me irritaba saber que la culpa de aquello era exclusivamente de mi falta de pulso con él.
Volví para casa, era hora de ir para el hotel.