Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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El regreso de la Reina
Tiempo presente
Miranda apoyó la mejilla en la mano, observando a través de la ventanilla del auto blindado. Las luces de la ciudad, esa misma red de asfalto y cristal donde una vez creyó ser feliz, ahora le parecían insignificantes, casi minúsculas. Antes, los rascacielos la hacían sentir pequeña; ahora, desde la cima de su imperio, sentía que Nueva York cabía en la palma de su mano. Nada le quedaba grande. El mundo se había encogido ante el peso de su ambición.
El vehículo se detuvo suavemente frente a la alfombra roja de la gala. El destello de los flashes comenzó a golpear los cristales tintados antes de que la puerta se abriera.
—Es hora —dijo Lissandro, extendiendo su mano hacia ella. Sus ojos, aunque cargados de secretos, mostraban un orgullo feroz al verla.
Miranda tomó su mano y descendió del auto. El aire frío de la noche chocó contra su piel, pero ella no se inmutó; su propio hielo interno era más fuerte. Al enderezarse, el murmullo de la multitud y el clic constante de las cámaras se detuvieron por un segundo de puro asombro.
No veían a Elena, la esposa sumisa que desapareció en las sombras; veían a Miranda Saavedra, la mujer que había conquistado Wall Street en un año. Su vestido negro, ceñido como una segunda piel y brillante como el azabache, gritaba poder.
—Mantén la cabeza en alto —le susurró Lissandro al oído mientras caminaban hacia la entrada—. Deja que sientan el peso de tu presencia antes de que vean tu rostro.
Miranda sonrió para las cámaras, una sonrisa calculada y letal. Sabía que, en algún lugar dentro de ese salón, Andrés Lara y Alana estaban brindando por sus éxitos mediocres. No tenían idea de que el pasado acababa de estacionarse en su puerta, vestido de seda y con sed de justicia.
Al cruzar el umbral del gran salón, el silencio empezó a extenderse como una mancha de aceite. Miranda recorrió el lugar con la mirada hasta que, finalmente, sus ojos azules chocaron con una figura conocida al fondo de la estancia.
Andrés Lara estaba allí, con una copa en la mano, luciendo exactamente igual de arrogante que hace diez años. Miranda sintió un pulso de adrenalina pura. La cacería, después de tanto tiempo, había comenzado oficialmente.
—Es hora de empezar el juego —susurró Miranda, con una mirada enigmática que prometía tormenta.
—La noche es tuya, querida esposa —respondió Lissandro. Su sonrisa era cautivadora para los fotógrafos, pero peligrosa para cualquiera que supiera leer el hambre de victoria en sus ojos.
Miranda avanzó. No caminaba, conquistaba el espacio con la determinación de una soberana. Su expresión era la de una diosa obligada a transitar entre simples mortales, manteniendo una distancia gélida que fascinaba y aterraba a partes iguales.
—Señor Saavedra, es un honor tenerlo aquí y con tan espléndida compañía —interrumpió Don Roberto, un viejo lobo de mar en los negocios, cuyos ojos brillaban con una mezcla de respeto y malicia—. Pero dígame... ¿dónde dejó a su esposa? ¿Acaso ha decidido finalmente presentarnos a la mujer que maneja los hilos desde las sombras?
Un murmullo recorrió el círculo cercano. Hasta ese momento, Miranda Saavedra era una leyenda urbana en los rascacielos de Nueva York. Todos conocían su firma, su ferocidad en las juntas y su apellido, pero ella se había encargado de ser una sombra, un perfil bajo que operaba con precisión quirúrgica mientras Lissandro era el rostro visible. Estaba lista para dejar de ser un mito y convertirse en una pesadilla.
A pocos metros, el alboroto en la entrada atrajo la atención de los anfitriones. Andrés Lara, con el ceño fruncido por la envidia que siempre le provocaba la presencia de un Saavedra, ajustó su saco y caminó hacia el tumulto. A su lado, Alana De La Vega, luciendo joyas que no le pertenecían por derecho, caminaba con una elegancia fingida.
Ambos querían ver quién era la mujer que le robaba el aliento a la sala.
Cuando la multitud se abrió, Miranda se detuvo. Lissandro dio un paso lateral, dejándola en el centro de todas las miradas. Andrés y Alana quedaron a escasos pasos. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Andrés observó el rostro de la mujer: la piel de porcelana, el cabello azabache y, sobre todo, esos ojos azules que recordaba haber visto suplicantes hacía diez años, pero que ahora lo miraban con una superioridad aplastante.
Andrés palideció, su copa tembló ligeramente en su mano. Alana soltó un jadeo ahogado, llevándose una mano al pecho. En el rostro de Miranda no hubo odio visible, solo una calma aterradora.
—Buenas noches, Andrés. Alana —dijo Miranda, y su voz, antes suave y dulce, ahora sonaba como el filo de una guillotina—. Ha pasado mucho tiempo, ¿no es así?
Miranda continuó su camino con una elegancia glacial, sin dedicarles una segunda mirada. Su brazo seguía entrelazado con el de Lissandro, dejando atrás una estela de perfume caro y un silencio sepulcral.
Andrés y Alana permanecieron petrificados, procesando la aparición de la mujer que acababan de ver. Aquel rostro, aquellas facciones... no había duda. Era Elena. Pero la mujer que acababa de pasar junto a ellos, bajo el nombre de Miranda Saavedra, poseía una autoridad que Elena jamás habría soñado tener.
—Me dijiste que estaba muerta —murmuró Alana, con los labios apenas moviéndose para que solo Andrés pudiera escucharla. El pánico empezaba a resquebrajar su máscara de perfección.
—Pensé que a estas alturas ya lo estaba —siseó Andrés, con la mandíbula tan apretada que le dolía—. Pagué una fortuna para que esos sujetos acabaran con ella. Los informes decían que el trabajo estaba hecho.
—Tal parece que solo te estafaron de la manera más descarada —replicó Alana con un veneno frío—. Esa es tu esposa, Andrés. Y sabes que tienes que arreglar esta situación antes de que nos destruya a ambos.
Andrés no respondió. Sus ojos negros seguían la figura de Miranda en la distancia. Era consciente de que ella era un peligro latente, pero lo que más le inquietaba era su alianza con Lissandro Saavedra. Nunca se había fiado de ese hombre; desde que apareció en sus vidas hace más de diez años, su instinto le decía que Lissandro ocultaba algo.
Ahora, el enemigo tenía un rostro que él conocía demasiado bien y el respaldo de un imperio que siempre había querido destruir. Andrés apretó su copa hasta que sus nudillos blanquearon. El pasado no solo había vuelto: se había armado hasta los dientes.