Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 6
Un proyecto solicitado por una marca de cosméticos debía entregarse en tres días, y Valeria llevaba toda la mañana corrigiendo detalles que se multiplicaban como gremlins.
—Si este render vuelve a salir verde menta en lugar de jade, renuncio —murmuró, apretando el mouse.
—No renuncies, jefa. Nadie podría sobrevivir a tu nivel de control —dijo Héctor desde su escritorio.
Ella lo miró por encima del monitor.
—Control es orden —replicó Valeria.
—Control es miedo con una buena presentación. —dijo él y sonrió, con un toque descarado.
Valeria quiso ignorarlo, pero terminó riendo.
—¿Vas a trabajar o a filosofar? —preguntó ella.
—Ambas. Es mi talento.
El gerente irrumpió con su clásico “chicos, esto lo necesito para ayer”.
Cuando se fue, Héctor giró hacia ella.
—Propongo una apuesta.
—Temo preguntar.
—Si entregamos sin un solo error, me debes una cena.
—¿Y si no?
—Yo invito.
—Eso no suena justo.
—Claro que sí. Es románticamente justo.
—Héctor…
—Vamos, solo para motivarnos.
Ella lo miró un segundo, y al ver esa seguridad de vendedor de milagros, suspiró.
—De acuerdo. Pero si algo sale mal, haces tú el informe de seguimiento.
—Trato hecho. Pero si sale bien, será una cena inolvidable.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Sé que empiezan con café y terminan con alguien sonriendo sin querer.
Valeria lo miró, desconcertada. No sonó a broma.
Por un instante, recordó el viernes: el café nocturno, la risa, el toque leve en su brazo.
—Tienes demasiada confianza.
—Es que apuesto bien.
Él volvió a teclear, tarareando la canción que había destrozado en el karaoke.
—No —dijo ella, sin levantar la vista—. Si cantas, pierdes por defecto.
—¿Y si la canto bien?
—Eso no va a pasar.
Héctor se rió. El resto del equipo fingió no mirar.
A media tarde, cuando ella pasó por su escritorio, él levantó la vista.
—Por cierto, Valeria… ¿jade o verde menta?
—Jade.
—Perfecto —dijo él, sonriendo—. Va a ser una cena cara.
Ella negó, intentando contener la sonrisa. No lo logró.
El reloj marcaba las ocho y media, y la oficina seguía despierta.
El resto del equipo ya se había rendido ante el cansancio, pero Valeria y Héctor seguían ahí: atrapados entre renders caprichosos y una presentación que se negaba a alinearse.
—Esto no es diseño, es supervivencia —murmuró ella, masajeándose el cuello.
—Somos profesionales, sabemos adaptarnos —dijo él, levantando una taza de café frío en falso brindis.
—No, tú eres un optimista con ojeras.
—Y tú una perfeccionista con hambre.
—Touché.
—Entonces pido empanadas.
—Ni hablar. Soñaría con aceite por una semana.
—Perfecto. Así soñarás conmigo.
Ella rodó los ojos, pero la sonrisa se le escapó igual.
—Concéntrate, Héctor.
—Lo intento, pero hay distracciones peligrosas en esta oficina.
—¿Como qué?
—Si lo digo, Recursos Humanos me mata.
Valeria soltó una risa breve.
—Eres incorregible.
—Y tú demasiado seria. Equilibrio perfecto.
La lluvia volvió, golpeando los ventanales como un metrónomo cansado.
El silencio entre ellos se llenó del tecleo y del murmullo eléctrico de las máquinas.
En algún momento, Valeria se quitó los zapatos y dobló una pierna sobre la silla. Héctor la observó de reojo, sin atreverse a hablar.
—¿Qué miras? —preguntó ella, sin levantar la vista.
—Nada. Pensaba que deberíamos tener más noches así.
—¿De trabajo?
—De coincidencias.
Ella lo miró, y algo invisible se tensó entre ambos.
—Estás jugando con fuego.
—Entonces préstame un extintor.
—No soy tu salvavidas.
—No. Pero sí mi excusa favorita.
El monitor parpadeó y los sacó del instante.
—¡Render completo! —anunció él, aliviado.
—Por fin —exhaló ella, acercándose.
Ambos se inclinaron sobre la pantalla, hombro con hombro.
El aire cambió; no era imaginación.
Valeria apartó la mirada antes que él.
—Bueno, parece que ganaste tu cena.
—No, la ganamos —dijo en voz baja.
Ella recogió su bolso.
—Te aviso cuando tenga hambre.
—Perfecto. Yo llevo el vino.
Mientras ella apagaba la computadora, Héctor la observó un segundo más. La apuesta seguía en pie, pero la intención ya había dejado de ser un juego.
El jueves, Valeria llegó antes que todos, con el cabello recogido y una sonrisa discreta: la satisfacción tranquila de haber cumplido, y obtener una felicitación del gerente.
Héctor ya estaba en su puesto, auriculares, café y mirada concentrada.
Levantó una ceja al verla.
—Buenos días, socia del triunfo.
—Buenos días, compañero de desvelo.
Rieron en voz baja, como si compartieran un secreto.
Él le alcanzó una taza de café sin palabras; ella la aceptó con la familiaridad de quien ya sabe qué necesita el otro.
Más tarde, mientras él iba a una reunión, Valeria fue a imprimir unos documentos. En el pasillo, su nombre la detuvo.
—…solo digo que debería cuidar las formas —susurró una voz.
Era Marina, de administración.
—¿Por qué lo dices? —preguntó otra.
—Porque todos los ven pegados. Y él es mucho más joven.
—Valeria no se mete con nadie.
—Eso no cambia que se note. A cierta edad, ya no queda igual.
El aire se le atascó en el pecho a Valeria. No era la primera vez que escuchaba algo así, pero esta vez se sintió diferente: más personal, más certero.
Recogió los papeles sin mirar atrás.
De vuelta en su escritorio, intentó concentrarse. El clic del mouse, el zumbido de la impresora, todo sonaba demasiado fuerte.
Las palabras le seguían girando en la cabeza: a cierta edad… ya no queda igual.
Cuando Héctor regresó, traía su sonrisa de siempre.
—¿Lista para cobrar tu cena ganada?
—No sé, quizá la posponemos —respondió ella, sin levantar la vista.
—¿Otra excusa?
—Estoy cansada.
—Mentira. No sabes mentir.
—Y tú no sabes cuándo dejar las cosas así —dijo, con un tono suave, pero sin mirarlo.
Héctor la observó un segundo.
—De acuerdo. Pero el vino ya estaba elegido —murmuró, antes de alejarse.
Cuando él se fue, Valeria quedó mirando el reflejo oscuro de la pantalla.
Sabía que no había hecho nada malo.
Sabía que él no merecía esa distancia.
Pero las palabras seguían clavadas, pequeñas y crueles.
Más tarde, al pasar frente al vidrio, se descubrió alisándose el cabello. No por vanidad, sino por una duda que no recordaba haber sentido antes.