Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.
Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.
Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.
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Capítulo 6: Ecos del Corazón
La luz de la mañana se filtró a través de las persianas, bañando el apartamento en un resplandor dorado que prometía normalidad.
Pero para Valentina, la normalidad se había teñido de un color nuevo, un matiz inquietante y grisáceo llamado Dante Moretti.
Dos días habían pasado desde el incidente en el café, y su mente, traicionera, no cesaba de reproducir aquellos momentos en un bucle interminable.
Se obligó a seguir su rutina con una determinación férrea: estiramientos suaves, desayuno insípido pero nutritivo, la ingesta metódica de sus pastillas—ahora con una dosis ligeramente aumentada, un recordatorio mudo de su reciente visita al hospital—. Cada gesto era un acto de voluntad, un intento de recuperar el control sobre una vida que sentía que se le escapaba de las manos.
En la ducha, el agua caliente golpeó su piel, pero no logró disipar la imagen de unos ojos grises escudriñadores.
¿Qué había visto él?
La pregunta la atormentaba. ¿Había visto solo a una mujer histérica por un chocolate derramado? ¿O había percibido, como un depredador huele la sangre, la profunda fractura que llevaba dentro?
—Basta, Val —se regañó en voz alta, apagando el agua con un gesto brusco—. Fue un idiota arrogante. Punto final.
Se vistió para ir a la librería, eligiendo una falda amplia y una blusa de algodón, buscando comodidad sobre estilo. Pero al mirarse en el espejo, ajustó el escote un milímetro, un acto casi inconsciente que la hizo enrojecer de inmediato. Maldita sea. Hasta su subconsciente parecía traicionarla.
El trayecto en metro fue una prueba de fuego para sus nervios. Cada hombre alto con traje le hacía contener la respiración. Ninguno era él. La decepción que sentía era tan irritante como reveladora.
En la librería, Sofía la recibió con su energía habitual:
—¡Buenos días, belleza! ¿Recuperada del ataque del Godzilla corporativo? —bromeó, acomodando una pila de novedades en el mostrador.
Val forcejeó por adoptar un tono despreocupado:
—Totalmente. Aunque mi copia de Cumbres Borrascosas lleva las cicatrices de la batalla. Le estoy buscando un lugar honorífico en la sección de literatura de guerra.
Sofía rió. —Marco dijo que dejó como cien euros. ¿Era tan guapo como para justificar el drama?
Val sintió una punzada de calor en las mejillas.
—No era guapo. Era… intenso. Y no, el dinero no justifica nada. Solo paga los daños colaterales de su falta de percepción espacial.
Se sumergió en el trabajo, encontrando consuelo familiar en el ordenamiento de estanterías, en la recomendación de libros a clientes, en la charla intrascendente con los habituales. Por un par de horas, logró convertirse en Val, la chica alegre de la librería.
Fue al mediodía, mientras alcanzaba un libro en un estante alto, que su cuerpo decidió recordarle su traición. Un latido violento, desincronizado y aislado, resonó en su pecho como un golpe de tambor fallido.
Se detuvo en seco, la mano aún extendida hacia el libro. El mundo no se tambaleó, no hubo mareo. Solo ese único latido fuera de lugar, un recordatorio sutil y aterrador de que el fallo estaba ahí, latente, esperando.
La tranquilidad que había construido con tanto esfuerzo se desvaneció como humo. El pánico, un viejo conocido, se instaló en su garganta, frío y metálico. ¿Y si era el principio? ¿Y si la "progresión" empezaba a manifestarse así, con latidos traicioneros en medio de un día normal?
—¿Val? —la voz de Sofía sonó lejana—. ¿Encontraste el libro de cocina vegana? La clienta lo está esperando.
Val parpadeó, forzando sus pulmones a inhalar lentamente.
—Sí… sí, aquí está —logró decir, su voz un poco tensa. Bajó el libro con cuidado, como si moverse demasiado rápido pudiera desencadenar otro evento.
Pasó el resto de la tarde caminando con pies de plomo , hiperconsciente de cada latido, de cada suspiro, de cada mínima sensación en su pecho. La máscara de normalidad le pesaba como plomo. Cada sonrisa a un cliente era un esfuerzo hercúleo. Cada recomendación literaria, un triunfo sobre el miedo que le susurraba al oído.
Al cerrar la librería, la fatiga que la inundó no era la habitual del día de trabajo. Era una fatiga densa, cargada de ansiedad. Caminó a casa sintiéndose increíblemente frágil, como si su cuerpo fuera de cristal y el más mínimo tropiezo pudiera hacerla añicos.
En la soledad de su apartamento, el silencio amplificó el eco de aquel latido irregular. Se sentó en el sofá, colocando una mano sobre su pecho.
Su corazón latía ahora rápido pero regular, como un pájaro asustado enjaulado. Thump-thump. Thump-thump. Un ritmo que conocía, que podía manejar. Pero el otro… el otro había sido diferente.
Cerró los ojos, y esta vez, la imagen de Dante no vino acompañada de indignación, sino de una curiosidad profunda y temeraria.
¿Y si él supiera? ¿Y si esa mirada analítica suya no era de juicio, sino de… comprensión? No. Era una tontería. Un hombre como él, un titán que movía hilos desde un rascacielos, ¿qué podría saber de latidos fallidos y de miedo silencioso?
Un monólogo interno, familiar y agotador, comenzó a desarrollarse en su mente:
¿Qué crees que podrías ofrecerle, Val? ¿Citas en el hospital? ¿Noches canceladas porque te sientes demasiado débil para salir de la cama? ¿La emocionante perspectiva de ser el novio de la chica del corazón de cristal?
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad iluminada. Allá afuera, en algún lugar, Dante Moretti probablemente estaba en una cena de gala o en una reunión crucial, tomando decisiones que afectaban a miles de personas. Su mundo era de acero, de cristal a prueba de balas, de transacciones multimillonarias. El suyo era de pastilleros, de citas médicas, de calcular cada emoción para no sobrecargar un músculo defectuoso.
Involucrarse sería un acto de egoísmo brutal. Él merecía a alguien que pudiera correr junto a él, no a alguien que tuviera que pararse a recuperar el aliento cada cinco minutos. Alguien que pudiera prometerle un futuro, no solo un presente gestionado con cuidado.
Y, sin embargo… una parte de ella, pequeña y terca, se rebelaba.
¿Y si merecía, aunque fuera por un tiempo limitado, sentir algo más que miedo y soledad? ¿Merecía experimentar la atracción feroz que le había provocado ese hombre, aunque no llevara a ninguna parte? ¿Merecía saborear la curiosidad que sentía, la necesidad de descifrar el enigma que era él, incluso sabiendo que ella era un enigma aún mayor y más trágico?
La atracción que sentía era un fuego peligroso en medio de la niebla de su existencia. Podía calentarla o consumirla por completo.
Un nuevo latido, esta vez perfectamente normal, pero intensificado por su ansiedad, le recordó la realidad: no podía. No debía. El riesgo era demasiado alto. El dolor para él, cuando inevitablemente su salud empeorara, sería injusto. Y el dolor para ella, al permitirse querer y luego tener que soltar… sería insoportable.
Con un suspiro que venía de lo más hondo de su alma, tomó una decisión. Se impondría distancia. Si por alguna improbable razón volvía a verlo, sería cortés pero fría. Le devolvería su dinero, le daría las gracias secamente y se marcharía. No había espacio para un hombre como Dante Moretti en la vida de Valentina Romero. Su corazón, en todos los sentidos de la palabra, no podía permitírselo.
Pero al acostarse esa noche, abrazando la almohada, fue la memoria de sus ojos grises, fijos en los suyos sin pestañear, lo que finalmente la arrulló hacia un sueño inquieto. La distancia era lo sensato, lo lógico, lo seguro. Pero en la quietud de la noche, la curiosidad y una atracción profunda e inconvenientemente genuina se negaban a ser silenciadas por completo.
¡Un amor más grande que el amor!
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