Mía una de 19 años es obligada a casarse con un mafioso por culpa de su hermana gemela ella está pagando
su hermana era una drogadicta siempre estaba en problemas mano a la mujer de un mafioso y el por venganza decide casarse con ella para hacerla pagar todos los días por haber arrebatado al amor de su vida
sus padres por proteger a su princesa entregaron a mía una hija que ellos cautiva
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capitulo 6
—¿Te gusta? —preguntó Renzo en voz baja, abrazando a Mía por detrás.
Mía observaba el paisaje frente a ella.
El sol comenzaba a caer lentamente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y dorados.
Era un lugar hermoso.
Demasiado perfecto para alguien como él.
—Es… hermoso —respondió ella, sin apartar la vista.
Pero en su mente, otra cosa pasaba.
Está cambiando…
Cada día más.
Cada gesto.
Cada palabra.
Y eso solo confirmaba algo.
Está cayendo.
Mía giró lentamente dentro de sus brazos.
Lo miró directo a los ojos.
—¿Por qué haces todo esto? —preguntó—. Tú mismo dijiste que no merecía nada de ti.
Renzo tensó la mandíbula.
Como si esa pregunta le incomodara más de lo que quería admitir.
—Mía… yo…
Su celular sonó.
Renzo lo miró.
Y lo apagó sin contestar.
Mía no dejó pasar eso.
—¿Tú qué? —insistió.
Renzo se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—Quiero pedirte perdón.
El silencio cayó entre ellos.
—No merecías nada de lo que te hice —continuó—. Fui un idiota.
Mía lo miró fijo.
—¿Y ahora qué? —dijo con suavidad—. ¿Crees que tratándome bien voy a olvidar todo?
Renzo negó.
—No… —respondió—. Solo quiero que nuestro matrimonio funcione.
Matrimonio.
Esa palabra casi la hace reír.
Yo quiero escapar… y él quiere que funcione.
Pero no lo mostró.
Sonrió.
Una sonrisa dulce.
Perfecta.
—Es lo que más quiero… —dijo.
Renzo la miró.
Y algo en su expresión cambió.
—Tienes una sonrisa hermosa… amor.
La palabra quedó flotando en el aire.
Mía dio un paso más cerca.
Rodeó su cuello con los brazos.
—¿Qué sientes por mí? —preguntó suavemente.
Renzo dudó.
Se llevó la mano a la cabeza.
—No sé cómo explicarlo… —murmuró—. Pero desde que estás conmigo… no necesito a nadie más.
Mía inclinó levemente la cabeza.
—¿Me amas?
Silencio.
Y entonces…
ella dio el golpe final.
—Porque yo sí… —susurró—. Yo me enamoré de ti… Renzo.
El mundo pareció detenerse.
—Me enamoré de mi verdugo…
Renzo sonrió.
Pero no era una sonrisa fría.
Era… real.
—¿En serio? —preguntó.
Mía asintió.
—Sí.
Y por dentro…
sonreía de otra forma.
Sos mío.
—Yo… —Renzo tragó saliva—. Yo te amo, Mía.
Ella lo miró.
Satisfecha.
—Yo también te amo.
Mentira.
La más grande de todas.
Renzo la besó.
Con intensidad.
Con emoción.
Y por primera vez…
no parecía un hombre que controlaba.
Parecía un hombre enamorado.
—También tenemos que ir al médico —dijo él después—. Puede que estés embarazada.
Mía se tensó apenas.
—No te preocupes —respondió—. Hanna me dio pastillas.
Renzo sonrió.
—Mi hermana siempre tan considerada.
—Fue la única compañía que tuve —dijo Mía—. Cuando me dejaste encerrada.
Renzo bajó la mirada.
—Perdón… yo estaba…
—Olvídalo —lo interrumpió—. Es mejor así.
No quería escuchar excusas.
Renzo volvió a besarla.
—Lo que me haces sentir… —murmuró—. Nunca lo sentí por nadie.
Mía lo miró.
Y preguntó lo que sabía que dolía.
—¿Ni por Anabella?
Renzo no dudó.
—Ni por ella.
Eso la sorprendió.
—Eres única, Mía… —dijo—. Eres mía.
Mía.
Siempre esa palabra.
Como si fuera una cosa.
Más tarde, se sentaron mirando el atardecer.
—Cuando era chico venía acá —dijo Renzo—. Me encantaba ver el sol caer.
—¿Y ahora no?
—Sí… pero ya no tengo tiempo para nada.
Suspiró.
—Me obsesioné con el poder… con el dinero… —continuó—. Dejé de lado muchas cosas.
—¿Como Anabella?
Renzo asintió.
—La amaba… pero no la valoré —dijo—. Cuando murió… fue tarde.
Mía lo observó.
—Nunca es tarde para pedir perdón.
—Por eso sigo ayudando a su familia.
—Lo sé —respondió ella.
Renzo la miró.
—¿Cómo?
—Hanna.
Él negó con la cabeza.
—Mi hermana habla demasiado.
—No digas eso… —dijo Mía—. Es una buena persona.
Y luego, en voz más baja:
—La extraño.
—Va a volver pronto.
Mía asintió.
Pero por dentro…
ya no estaba segura de nada.
—Nos vamos a quedar esta noche acá —dijo Renzo—. Tengo una sorpresa.
¿Más?
—Está bien —respondió ella.
Pero no confiaba.
Nunca confiaba.
Renzo la llevó a una cabaña.
Pequeña.
Aislada.
—Voy a buscar leña —dijo—. Hace frío acá.
Y se fue.
Mía quedó sola.
Mirando el lugar.
El silencio era demasiado.
El tiempo pasaba.
Y Renzo no volvía.
—¿Qué está pasando…?
Entonces—
Un auto pasó a lo lejos.
Rápido.
Demasiado rápido.
Mía sintió un escalofrío.
Y en ese momento—
La puerta se abrió de golpe.
Renzo entró.
Agitado.
—Nos vamos —dijo.
—¿Y la leña?
—No hay tiempo.
La tomó de la mano.
—Corre.
Salieron.
Corrieron.
El bosque se volvió oscuro.
El aire frío.
—¿Qué pasa? —preguntó Mía, jadeando.
—Nos están buscando.
—¿Quién?
—Enemigos.
Mía sintió el miedo subir por su cuerpo.
Intentó seguir corriendo.
Pero—
Cayó.
—¡Ah!
Su tobillo.
—No puedo…
Renzo se detuvo.
—¿Estás bien?
—No… me duele…
—Tenemos que seguir.
—Vete… —dijo ella—. Déjame.
Renzo la miró.
Y negó.
—Ni loco.
La levantó en brazos.
Y siguió corriendo.
El cielo ya estaba oscuro.
La noche los envolvía.
Finalmente se detuvo.
La dejó sentada en el suelo.
—Quédate acá —dijo—. Ya vienen por nosotros.
Mía lo miró.
—¿Quiénes?
—Mi gente.
Silencio.
—¿Quiénes nos perseguían?
Renzo la miró serio.
—Tengo muchos enemigos.
Mía apretó los labios.
—Entonces… ¿por qué saliste solo conmigo?
Renzo no dudó.
—Porque quería estar con vos.
Esa respuesta la dejó sin palabras.
Pero no dijo nada.
El cansancio la vencía.
Su cuerpo dolía.
Su mente estaba agotada.
Cerró los ojos lentamente.
Y antes de quedarse dormida…
pensó en algo.
Si esto sale mal…
nadie va a venir a salvarme.