Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.
Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.
Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».
Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.
Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.
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Capítulo 14
Tomó aquella manita diminuta y la apretó con fuerza.
—Gracias, Lula, me has salvado la vida —dijo Adrián, con total sinceridad.
Lula sonrió tan ampliamente que se le vieron todos los dientecitos.
—De nada, Adrián. Yo tengo que proteger a mi familia.
La palabra "familia", salida de aquella boquita, derribó de golpe las defensas de Adrián. Su orgullo y su ego se esfumaron sin dejar rastro.
Desde ese instante, Adrián juró que sería el escudo que se interpondría entre esa niña y cualquier peligro. Quien se atreviera a hacerle daño a Lula tendría que pasar primero por encima de su cadáver.
Rugió el estómago de Lula, otra vez, con tanto estruendo que rompió el momento emotivo.
Adrián soltó una risita y la levantó en brazos.
—Vamos de vuelta a la cama, que enseguida te traen la comida.
Lula le rodeó el cuello con los bracitos, muy a gusto.
—Quiero un pollo frito bien grande, ¿sí, Adrián? —pidió, mimosa.
—Claro que sí. Te compro diez pollos fritos si quieres —prometió él sin dudar.
¡Pam!
La puerta de la habitación se abrió de golpe, empujada con brusquedad desde fuera.
Cristóbal y Dante entraron corriendo, sin aliento. Detrás venían Marina y Bernardo, cargados con varias bolsas de ropa limpia. Los cuatro se quedaron petrificados en el umbral ante lo que tenían delante.
Adrián, el hijo mayor, tan frío y tan alérgico al contacto físico, sostenía a Lula en brazos con un rostro relajado y lleno de ternura.
—Vaya, ¿estaré soñando? —murmuró Cristóbal, frotándose los ojos—. ¿Adrián cargando a una niña sin gruñir?
Dante chasqueó la lengua, aunque las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.
—Por fin se le ablandó la cabeza de piedra, después de que un camión se la golpeara —soltó con sorna.
Adrián fulminó con la mirada a sus dos hermanos adolescentes.
—Cierren la boca los dos o este mes les recorto la mesada —amenazó, de vuelta en su modo gruñón.
Marina corrió hacia él y abrazó a su hijo mayor y a Lula a la vez.
—Adrián, cariño, gracias al cielo que despertaste —sollozó, conmovida—. Hoy tuve tanto miedo de perderte...
Adrián le dio unas palmadas torpes en la espalda.
—Estoy bien, Mamá. No llores más. Lula también está bien.
Bernardo sonrió, aliviado de ver a su familia reunida y a salvo. Dejó las bolsas sobre la mesa y se acercó a su hijo.
—¿Notas algo extraño en el cuerpo, Adrián? —preguntó, para asegurarse.
Adrián bajó a Lula sobre la cama y miró a su padre con seriedad.
—Nada, Papá. Siento que las fuerzas me han vuelto al cien por cien. —Le acarició la cabeza a Lula—. Es todo gracias al milagro de nuestra hermanita.
Lula, sentada en la cama, se rio con orgullo.
—Papá —dijo Adrián, cambiando de tema—, Sebastián me dijo que lo del coche no fue un accidente, que fallaron los frenos.
El rostro de Bernardo se ensombreció de un modo aterrador. El aura del líder de un gigante empresarial emanó de aquel hombre maduro.
—No fue un accidente cualquiera, Adrián. Alguien cortó a propósito el cable de los frenos de tu coche —respondió con frialdad.
Al oírlo, Cristóbal y Dante apretaron los puños, furiosos.
—¿Quién se atrevió, Papá? ¡Yo mismo le rompo el cuello! —gritó Dante, fuera de sí.
—Dante, cuida lo que dices, que está Lula aquí —lo reprendió Marina, tapándole los oídos a la niña.
Bernardo suspiró hondo y clavó la vista en Adrián.
—Nuestro jefe de seguridad revisó las grabaciones de las cámaras alrededor de la oficina. Se ve a un hombre de chaqueta negra colándose en el estacionamiento VIP antes de que salieras.
Adrián entornó los ojos, rebuscando en la memoria.
—¿Tenía ese hombre un tatuaje de escorpión en el cuello, Papá? —preguntó enseguida.
Bernardo se sorprendió un poco.
—Sí, nuestro informante lo confirmó. ¿Sabes quién es?
Adrián chasqueó la lengua con rabia y golpeó el borde de hierro de la cama.
—Por supuesto que lo sé. Es un matón de Sergio Lozano, de Empresa Sol.
—¿Lozano? ¿El competidor que armó ese contrato trampa? —preguntó Cristóbal, encendido.
—Exacto. Debe de estar furioso porque anulamos el contrato en el último segundo —explicó Adrián—. Así que decidió matarme para que nuestra empresa se quedara sin heredero.
La habitación quedó en silencio, cargada de hostilidad. Los Valderrama nunca buscaban pleito con nadie. Pero si un enemigo recurría a métodos sucios para arrebatarles la vida a uno de los suyos, aquello era una declaración de guerra.
—Cómo se atreve esa rata vieja a tocar a mi hijo —gruñó Bernardo, con voz contenida—. Desde mañana cortaré todos los acuerdos logísticos con su empresa. Haremos que Empresa Sol se desmorone poco a poco, desde dentro —sentenció sin piedad.
Adrián asintió, de acuerdo con el plan de su padre.
—Yo me encargo de retirar nuestras acciones de sus proyectos, Papá. Creyeron que podían pisotearnos. Se equivocaron de rival.
En plena conversación, la puerta volvió a abrirse. Sebastián entró seguido de dos enfermeras que empujaban un carrito repleto de comida.
—¡Llegó la comida! ¡Hay pollo frito crujiente especial para Lula! —anunció, rompiendo la tensión.
A Lula se le iluminaron los ojos al ver la montaña de platos ricos sobre el carrito. Saltó de la cama y corrió hasta él.
—¡Guau, qué pollo tan grande, Sebastián! —exclamó, encantada.
La tensión del cuarto se disolvió ante la inocencia de la niña. Marina ayudó a montar una mesita plegable sobre la cama para que Lula comiera cómoda. Dante tomó la pieza de pechuga más grande y la puso en su plato.
—Come mucho, que estás flaca como un gatito desnutrido —refunfuñó, aunque sus manos se afanaban en deshebrarle la carne.
Cristóbal no quiso quedarse atrás y le sirvió leche con chocolate hasta casi derramarla.
—¡Con esta leche con chocolate vas a ser fuerte como una superheroína, Lula! —dijo, alborotado.
Adrián, sentado junto a ella, solo sonreía viendo a sus hermanos. Tomó una servilleta y le limpió la salsa de la comisura de los labios.
—Despacio. Aquí nadie te va a quitar la comida —le recomendó con dulzura.
Lula asintió sin dejar de masticar, con los mofletes hinchados.
Bernardo y Marina se miraron y sonrieron de oreja a oreja. Aquella familia que antes se sentía rígida y ensimismada era ahora cálida y unida. Todo gracias a un angelito que, en ese momento, estaba muy ocupada comiendo pollo frito.
Ese día, los Valderrama sellaron un juramento invisible. Los cinco cuidarían y consentirían a Lula con todo el lujo y todo el poder que poseían.
Y al mismo tiempo, juraron destruir a Sergio Lozano hasta la raíz. Para los Valderrama, perdonar a un enemigo que había intentado matar no era una opción.
La verdadera venganza empezaría a la mañana siguiente.