Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 5 EL ENIGMA DE LA ROSA
La tarde del sábado se volvió un torbellino de preguntas sin respuesta en la mente de Estela. Tras el impacto inicial de encontrar aquella misteriosa caja negra en su puerta, se había quedado sentada en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada contra la madera y la rosa roja entre sus manos. Volvió a leer la nota por quinta vez, acariciando el papel de hilo grueso: «Para la espectadora de la primera fila, cuyas lágrimas anoche dieron sentido a la función. Tu mirada húmeda se quedó grabada en mis sombras. Espero que esta rosa te recuerde que la belleza existe, incluso en los días oscuros». La firma era un simple trazo elegante que rezaba: Un admirador desde las sombras.
No había nombres. No había referencias al actor principal. Para Estela, aquello era el inicio de un misterio absoluto. ¿Quién era ese hombre? ¿Un técnico del teatro que la había observado desde las luces? ¿Alguien del público que se había sentado cerca y había conseguido averiguar dónde vivía? La intriga la carcomía, así que lo primero que hizo fue llamar a Laura por videollamada.
—¡Estela, por Dios, me estás asustando! —exclamó Laura al ver la cara de palidez de su amiga a través de la pantalla—. ¿Qué ha pasado? ¿Tu madre está bien?
—Sí, sí, mi madre está durmiendo. Es... esto. Mira —Estela giró la cámara del teléfono para enfocar la rosa perfectamente desprovista de espinas y la elegante nota manuscrita sobre la mesa del salón.
Laura guardó silencio durante unos segundos mientras leía el texto a través de la pantalla. Sus ojos se abrieron de par en par y se cubrió la boca con una mano, conteniendo un grito de asombro mezclado con una pizca de genuina preocupación.
—A ver, detén el mundo —dijo Laura, seria—. ¿Me estás diciendo que alguien te ha dejado eso en la puerta de tu casa? ¿Hoy mismo? Estela, eso es precioso, pero a la vez es muy raro. Anoche estuvimos en el teatro. ¿Cómo demonios sabe ese tipo dónde vives? Ninguna de las dos le dio la dirección a nadie.
—No lo sé, Laura, te lo juro —respondió Estela, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo—. He pensado en el registro de las entradas, pero tú las compraste a tu nombre. A no ser que... no sé, que nos siguiera al salir del teatro o que sea alguien que ya me conocía de antes. Pero la nota dice claramente que me vio anoche, que se fijó en mis lágrimas.
—Esto parece sacado de una de tus novelas románticas, de verdad —suspiró Laura, cruzándose de brazos mientras reflexionaba—. Por un lado, me parece un detallazo que te mueres de amor. Es súper poético. Pero por otro, ten cuidado. No sabemos quién está detrás de ese "anonimato". Podría ser cualquiera. Prométeme que no vas a abrirle la puerta a ningún desconocido.
—Te lo prometo —dijo Estela, contemplando la rosa—. Pero no puedo evitarlo, Laura... Hay algo en las palabras de la nota que me transmite una ternura increíble. No se siente como una amenaza. Se siente como si alguien hubiera visto mi alma anoche.
Al caer la noche, la agitación en el pecho de Estela no había disminuido. Se encargó de las rutinas de su madre, le preparó la cena y la acomodó en la cama. Cuando la casa volvió a quedar sumida en el silencio nocturno, Estela se retiró a su propio cuarto. Colocó la rosa en un pequeño jarrón de cristal con agua sobre su mesita de noche y se metió entre las sábanas con su teléfono móvil. La curiosidad la empujó a revisar sus redes sociales, buscando algún mensaje extraño o alguna pista entre sus seguidores, pero no encontró nada inusual.
Estaba a punto de apagar la pantalla cuando una notificación emergente hizo que su corazón diera un vuelco. El icono de la aplicación de mensajería parpadeó, indicando una nueva "solicitud de mensaje" de un usuario que no estaba en su lista de amigos.
Estela pulsó la pantalla con dedos temblorosos. El perfil del remitente no tenía un nombre real, solo las iniciales E.D.S., y la foto de perfil era una imagen artística en blanco y negro del techo de un teatro antiguo. Con el pulso acelerado, abrió el chat.
«Espero que la rosa haya llegado a tiempo para alegrar el final de tu día», decía el mensaje, enviado apenas unos minutos antes.
Estela se incorporó en la cama, tapándose la boca con la mano. Era él. El misterioso remitente de la nota física se había mudado al mundo digital. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que se escuchara en toda la casa. Dudó durante un par de minutos, con el pulso temblando sobre el teclado virtual. El consejo de prudencia de Laura resonó en su mente, pero su espíritu romántico y la profunda necesidad de magia en su vida terminaron por ganar la batalla.
«¿Quién eres?», respondió Estela, enviando el mensaje. «¿Y cómo has conseguido mi dirección? Me halaga mucho el detalle de la rosa, es preciosa, pero me asusta un poco que sepas dónde vivo sin conocerme».
La respuesta llegó casi de inmediato, como si el misterioso interlocutor estuviera esperando al otro lado de la pantalla, pendiente de cada uno de sus movimientos.
«No tienes nada que temer, Estela. Te doy mi palabra de honor de que no soy ningún peligro para ti», escribió el usuario anónimo. «Sé que parece extraño, pero el mundo del teatro tiene sus formas de encontrar lo que busca cuando algo realmente importa. Anoche, mientras todos miraban el escenario, yo solo podía mirarte a ti. Parecías tan frágil y a la vez tan intensamente conectada con la historia... Tu dolor y tu belleza me cautivaron. Solo quería hacerte saber que tu sensibilidad no pasó desapercibida».
Estela leyó las palabras una y otra vez. La calidez del mensaje y la forma tan respetuosa y profunda de expresarse desarmaron de inmediato todas sus defensas. No hablaba como un acosador común; hablaba como un alma sensible, alguien que compartía su misma forma de ver la vida y el arte. A kilómetros de allí, en la penumbra de su habitación de hotel, David sonreía al ver los tres puntos suspensivos que indicaban que Estela estaba escribiendo. Se sentía aliviado de poder hablar con ella sin la barrera de su fama, oculto tras el pseudónimo que Carlos le había ayudado a crear.
«Es una explicación muy enigmática», replicó Estela, con una tímida sonrisa dibujándose en su rostro. «Pero admito que tienes una forma muy bella de escribir. ¿Me vas a decir tu nombre real en algún momento, misterioso espectador?».
«Por ahora, prefiero ser solo una voz en tus noches, Estela. Alguien que quiere conocer a la chica detrás de las lágrimas, sin prejuicios ni máscaras. ¿Me permitirías seguir hablándote?».
Estela miró la rosa roja en su mesita, cuyo aroma sutil ya inundaba la habitación. Suspiró, sintiendo que una chispa de ilusión que creía muerta volvía a encenderse en su interior.
«Está bien», escribió Estela. «Hablemos».
Sin saberlo, la joven soñadora acababa de abrirle la puerta de su vida al mismísimo Fantasma de la Ópera, dando inicio a un romance secreto y digital que cambiaría sus mundos para siempre.