ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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EL HOMBRE DE LA FOTOGRAFÍA
Valentina no consiguió dormir durante el resto de la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba aquella voz femenina repitiendo las mismas palabras:
«Mantén a Valentina lejos de Alejandro Ferrer».
¿Por qué Alejandro? ¿Qué sabía sobre Mateo? ¿Y por qué el desconocido del taller había asegurado que el padre de Sebastián seguía vivo?
Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
A las seis de la mañana, Valentina se levantó, se duchó y se vistió con unos vaqueros y una blusa blanca. Se recogió el cabello y se miró al espejo.
—Hoy vas a descubrir la verdad —se prometió.
Aunque, en el fondo, tenía miedo de encontrarla.
Guardó una copia de la fotografía en su bolso y salió de la habitación. Mientras bajaba las escaleras, escuchó voces procedentes de la biblioteca.
Reconoció inmediatamente la de Sebastián.
—No pienso esperar otras cuarenta y ocho horas.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Alejandro Ferrer—. ¿Salir a buscar a tu padre sin saber dónde está? Eso es exactamente lo que quieren que hagas.
Valentina se detuvo junto a la puerta entreabierta.
—¡Podría estar vivo, Alejandro!
—Y también podría ser una trampa.
—¡Es mi padre!
El silencio que siguió le apretó el corazón a Valentina.
Nunca había escuchado a Sebastián hablar con tanto dolor.
Alejandro suspiró.
—Lo sé. Pero tienes que pensar con la cabeza, no con la desesperación.
—¿Y tú qué sabes de desesperación? Llevas seis meses diciéndome que no sabes nada de aquella noche.
—Porque no lo sé todo.
—¡Siempre tienes una excusa!
Valentina decidió entrar.
Los dos jóvenes se volvieron hacia ella.
Sebastián tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño. Al verla, su expresión cambió inmediatamente.
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente.
Alejandro se cruzó de brazos.
—Buenos días, Valentina.
Ella lo miró directamente.
—Necesito hablar contigo.
—Claro. ¿Qué ocurre?
Valentina sacó la fotografía de su bolso y la colocó sobre el escritorio.
La sonrisa de Alejandro desapareció.
Durante unos segundos, contempló la imagen sin decir una palabra.
Después retrocedió un paso.
—¿Dónde conseguiste esto?
Sebastián se levantó de golpe.
—Así que la conoces.
Alejandro no respondió.
—¡Te estoy hablando! —exclamó Sebastián—. ¿Quién es Mateo?
Alejandro cerró los ojos.
Valentina sintió un escalofrío.
Ya no necesitaba más pruebas para comprender que aquel nombre significaba algo para él.
—Alejandro —dijo ella, intentando mantener la calma—. Necesito que me digas la verdad. En la fotografía aparece mi madre, aparece el padre de Sebastián y aparece ese hombre. ¿Quién es?
Alejandro se pasó una mano por el cabello.
—Se llama Mateo Salazar.
—¿Y qué relación tiene contigo? —preguntó Sebastián.
—Era alguien a quien conocíamos.
—¿Alguien? —Sebastián soltó una risa amarga—. ¿Eso es todo lo que vas a decir?
Alejandro levantó la mirada.
—Mateo era nuestro amigo.
Valentina frunció el ceño.
—¿Nuestro?
—Mío y de Sebastián. Nos conocíamos desde antes de que todo se complicara.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Nunca me hablaste de él.
—Porque desapareció de nuestras vidas hace años.
—¿Y por qué aparece en una fotografía tomada la noche en que mi padre desapareció?
Alejandro no contestó.
Sebastián golpeó el escritorio con la palma de la mano.
—¡Maldita sea, Alejandro! ¡Estoy cansado de tus silencios!
—¡Y yo estoy cansado de que me culpes por algo que no hice!
—¡Entonces demuestra que no tienes nada que ocultar!
Alejandro miró a Valentina y después a Sebastián.
Finalmente, se sentó.
—Está bien. Les contaré lo que sé.
---
Según Alejandro, Mateo Salazar había sido uno de los amigos más cercanos de Sebastián durante su adolescencia. Era inteligente, impulsivo y tenía una habilidad extraordinaria para los coches.
Los tres pasaban horas en el taller del padre de Sebastián, aprendiendo mecánica y organizando pequeñas carreras en circuitos privados.
Pero Mateo no era como ellos.
Su familia atravesaba problemas económicos, y él estaba obsesionado con demostrar que podía conseguir dinero suficiente para cambiar su vida. Poco a poco comenzó a relacionarse con personas peligrosas.
—Mi padre intentó ayudarlo —explicó Sebastián—. Le ofreció trabajo y quiso alejarlo de las carreras clandestinas.
—Pero Mateo lo interpretó como una humillación —añadió Alejandro—. Empezó a decir que tu padre quería controlarlo.
Valentina escuchaba atentamente.
—¿Y qué ocurrió después?
Alejandro bajó la mirada.
—Una noche, Mateo desapareció. Nadie volvió a saber de él. Sebastián pensó que se había marchado de la ciudad.
—¿Y tú? —preguntó Valentina.
—Yo recibí una llamada suya varios meses después.
Sebastián se quedó helado.
—¿Qué?
—Me dijo que estaba en problemas. Quería hablar conmigo, pero me pidió que no se lo contara a nadie.
—¿Cuándo fue eso?
Alejandro tardó en responder.
—La noche en que tu padre desapareció.
El silencio cayó sobre la biblioteca.
Sebastián retrocedió como si acabaran de golpearlo.
—¿Me estás diciendo que Mateo te llamó aquella noche y tú nunca me lo contaste?
—Tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que estuvieras en peligro.
Sebastián soltó una carcajada sin humor.
—¡Era mi padre, Alejandro! ¡Mi familia! ¡Y tú decidiste que era mejor dejarme vivir seis meses creyendo que había desaparecido para siempre!
—¡No sabía lo que iba a ocurrir!
—Pero sabías que Mateo estaba involucrado.
Alejandro se levantó.
—Sí. Y hay algo más.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué más?
Alejandro miró a Sebastián con una expresión que ella nunca le había visto.
—La última vez que hablé con Mateo, me dijo que alguien de tu familia le había pagado para que sacara unos documentos del taller.
Sebastián palideció.
—¿Quién?
Alejandro negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé. Solo me dijo que la persona que lo contrató era alguien en quien tú confiabas.
Valentina recordó la fotografía.
Su madre aparecía junto al padre de Sebastián y Mateo. Si alguien había pagado por aquellos documentos, ¿podría haber sido Clara?
No quería creerlo.
Pero tampoco podía seguir ignorando las pruebas.
—¿Mi madre conocía a Mateo? —preguntó.
Alejandro la miró.
—Sí.
Valentina sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Desde cuándo?
—Desde mucho antes de que tú llegaras a esta casa.
—¿Y por qué nunca me lo contó?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella.
Valentina guardó la fotografía en su bolso y se dirigió hacia la puerta.
Sebastián la siguió.
—Valentina, espera.
Ella se volvió.
—Necesito hablar con mi madre.
—Voy contigo.
—No. Esta vez necesito hacerlo sola.
Sebastián apretó la mandíbula, pero finalmente asintió.
—Está bien. Pero si descubres algo extraño, me llamas.
Valentina lo observó durante unos segundos.
—¿Por qué haces esto?
—¿Qué cosa?
—Te pasas la vida diciéndome que me aleje de tus problemas, pero cuando intento resolver los míos, quieres acompañarme.
Sebastián bajó la mirada.
—Porque no soporto la idea de que te pase algo.
Ella sintió que el corazón se le ablandaba.
—No puedes seguir protegiéndome de todo.
—Lo sé.
—Y tampoco puedes seguir ocultándome lo que sientes.
Sebastián levantó la cabeza.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Finalmente, él se acercó.
—Si te digo lo que siento, Valentina, ya no habrá vuelta atrás.
Ella sostuvo su mirada.
—Quizá no quiero volver atrás.
Sebastián pareció quedarse sin aire.
Pero antes de que pudiera responder, Alejandro apareció en la puerta.
—Perdón por interrumpir, pero hay algo que deben ver.
---
Alejandro les mostró su teléfono.
Había recibido un mensaje de un número desconocido. El texto era breve:
«Mateo está de vuelta. Pregúntale a Sebastián qué ocurrió realmente la noche en que su padre desapareció».
Debajo había una fotografía reciente.
El hombre de la imagen era el mismo que aparecía en la fotografía antigua.
Mateo Salazar estaba vivo.
Pero lo que hizo que Valentina sintiera un escalofrío no fue su rostro.
Fue el lugar donde habían tomado la fotografía.
Estaba frente a la mansión Montenegro.
Y a su lado había una mujer.
Clara.
—No… —susurró Valentina.
Sebastián tomó el teléfono de Alejandro.
—¿Cuándo recibiste esto?
—Hace dos minutos.
Valentina miró a ambos.
—Mi madre está con Mateo.
Nadie intentó negarlo.
Y entonces Sebastián hizo una pregunta que cambió por completo el rumbo de la conversación.
—Alejandro, ¿qué ocurrió realmente la noche en que desapareció mi padre?
Su amigo lo miró con los ojos llenos de culpa.
—Tu padre no desapareció por accidente.
Sebastián se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
Alejandro tragó saliva.
—La noche del dieciséis de abril, tu padre descubrió que alguien estaba utilizando el taller para ocultar dinero y documentos ilegales. Quería denunciarlo. Mateo intentó detenerlo, pero las cosas se salieron de control.
—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Sebastián.
Alejandro no respondió inmediatamente.
—Yo llegué cuando ya habían discutido. Tu padre me pidió que me llevara unos documentos y que no confiara en nadie.
Sebastián retrocedió.
—¿Por qué nunca me lo contaste?
—Porque antes de irse, tu padre me hizo prometer que protegería a las personas que quería. Y me dijo que, si te contaba lo ocurrido, pondría tu vida en peligro.
Sebastián lo miró con rabia y dolor.
—¿Y crees que ocultarme la verdad me ha protegido?
Alejandro bajó la cabeza.
—No. Pero durante seis meses pensé que era la única forma de mantenerte a salvo.
Valentina sintió que la habitación comenzaba a darle vueltas.
Su madre, Mateo, el padre de Sebastián y unos documentos secretos. Todo parecía conectado.
Pero todavía faltaba una respuesta.
—¿Mi madre estaba involucrada en esos documentos? —preguntó.
Alejandro la miró con tristeza.
—No lo sé. Pero Mateo cree que ella tiene algo que le pertenece.
Valentina sintió que el miedo se convertía en rabia.
—Entonces voy a preguntárselo.
Sacó su teléfono y llamó a Clara.
La llamada se conectó después del segundo tono.
—¿Valentina? —respondió su madre—. ¿Qué ocurre?
—Necesito que me digas dónde estás.
Hubo un silencio.
—Estoy ocupada, cariño. ¿Podemos hablar después?
—No. Quiero saber quién es Mateo Salazar.
Al otro lado de la línea, Clara dejó de respirar durante unos segundos.
Valentina cerró los ojos.
Su madre conocía aquel nombre.
—¿Quién te habló de él? —preguntó finalmente Clara.
—Eso no importa. Quiero saber qué relación tienes con él.
—Valentina, escúchame. No hagas nada. No salgas de casa y, por favor, no confíes en nadie hasta que yo llegue.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando?
La voz de Clara comenzó a temblar.
—Porque Mateo no es la persona que tú crees.
De repente, Valentina escuchó un golpe al otro lado de la llamada.
—¿Mamá?
—Valentina, necesito que me escuches. Si alguien te pregunta por la fotografía, dile que no sabes nada.
—¡Mamá!
La llamada se cortó.
Valentina se quedó mirando el teléfono.
Intentó llamar de nuevo, pero nadie respondió.
Sebastián se acercó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Mi madre estaba asustada.
Sebastián tomó su mano.
—Vamos a encontrarla.
Esta vez, Valentina no discutió.
Se aferró a él como si fuera lo único que todavía tenía sentido en medio de aquella pesadilla.
Sebastián la abrazó con fuerza.
—Te prometo que no voy a dejar que te pase nada.
Valentina apoyó la cabeza contra su pecho.
—No me prometas cosas que no puedes controlar.
Él bajó el rostro hacia su cabello.
—Entonces te prometo algo que sí puedo cumplir.
—¿Qué?
Sebastián la separó suavemente para mirarla a los ojos.
—No voy a abandonarte.
Valentina sintió que el corazón se le rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
Por un instante, olvidó a Mateo, los documentos y las mentiras.
Solo estaban ellos dos.
Y la certeza de que, pese a todo lo que los separaba, cada día les resultaba más difícil mantenerse alejados.
Entonces el teléfono de Sebastián vibró.
Un mensaje nuevo.
«Si quieren volver a ver a Clara, vengan esta noche al circuito abandonado. Traigan a Valentina y no llamen a la policía».
Debajo había una última frase:
«Y Sebastián, ven preparado para descubrir lo que hizo tu padre».
Sebastián apretó el teléfono.
Valentina levantó la mirada.
—¿Qué vamos a hacer?
Él la observó con una determinación que nunca antes había mostrado.
—Vamos a recuperar a tu madre.
Alejandro se acercó.
—No irán solos.
Sebastián lo miró con desconfianza.
—Después de todo lo que nos has ocultado, no sé si puedo confiar en ti.
Alejandro sostuvo su mirada.
—No te estoy pidiendo que confíes en mí. Te estoy diciendo que no pienso dejar que les pase nada.
Por primera vez, Sebastián no discutió.
Los tres sabían que aquella noche podía cambiar sus vidas para siempre.
Lo que ninguno imaginaba era que, en el circuito abandonado, Mateo no solo estaría esperando a Valentina.
También tendría preparada una verdad capaz de destruir la imagen que Sebastián había conservado de su padre durante toda su vida.
Y cuando esa verdad saliera a la luz, el amor que comenzaba a unir a Valentina y Sebastián sería puesto a prueba de la manera más cruel.