es de terror, una creepypasta
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La Iglesia Olvidada
La oscuridad cayó sobre el apartamento como una manta pesada.
Samuel permaneció inmóvil.
Su respiración era rápida, entrecortada.
La única luz provenía de los relámpagos que atravesaban las cortinas cada pocos segundos, iluminando fugazmente la sala.
La voz que había escuchado...
No sonaba como la de una niña.
Era la voz de una mujer joven.
Triste.
Desesperada.
Y, sobre todo, real
—¿Isabela...? —preguntó con un hilo de voz.
Nadie respondió.
Un nuevo relámpago iluminó el apartamento.
La muñeca seguía sentada sobre la silla.
Con la cabeza inclinada.
Mirándolo fijamente.
Samuel buscó a tientas una linterna en un cajón de la cocina. Cuando logró encenderla, el haz de luz recorrió lentamente la habitación.
Nada.
No había nadie más.
Las luces de la calle también estaban apagadas.
Todo el barrio parecía haber quedado sin electricidad.
Su mirada volvió al diario.
La última frase seguía escrita.
"…porque ya no siempre soy yo quien te observa."
Un escalofrío le recorrió el cuerpo.
No podía seguir enfrentándose a aquello sin ayuda.
Recordó que don Ernesto había mencionado a un sacerdote muchos años atrás. Según algunos ancianos del pueblo, existía una pequeña iglesia abandonada en las afueras de San Rafael, donde el último párroco había investigado fenómenos que nadie más se atrevía a explicar.
Quizá allí encontraría respuestas.
A la mañana siguiente, el cielo seguía cubierto de nubes.
Samuel apenas había dormido una hora.
Antes de salir, tomó el diario y lo guardó cuidadosamente en su mochila.
Miró por última vez a la muñeca.
Seguía inmóvil.
Por primera vez desde que la había encontrado, sintió algo diferente al miedo.
Sintió compasión.
—Si de verdad eres Isabela... voy a ayudarte.
Los ojos ámbar parecieron reflejar un destello.
Tal vez fue la luz del amanecer.
O tal vez no.
La iglesia estaba a unos cinco kilómetros del pueblo, escondida entre árboles y maleza
Era un edificio pequeño, construido en piedra, con el campanario derrumbado y las ventanas cubiertas de enredaderas.
La puerta principal estaba entreabierta.
Samuel empujó con cuidado.
El viejo portón emitió un largo crujido.
El interior olía a humedad y madera podrida.
Los bancos estaban cubiertos de polvo.
El altar permanecía intacto, aunque el enorme crucifijo tenía una profunda grieta que lo atravesaba de arriba abajo.
Algo no encajaba.
¿Por qué una iglesia había sido abandonada de esa forma?
Mientras avanzaba, observó que muchas imágenes religiosas estaban rotas.
No destruidas por el tiempo.
Sino golpeadas.
Como si alguien hubiera intentado borrar sus rostros.
El silencio era absoluto.
Hasta que escuchó una voz detrás de él.
—No esperaba volver a ver a nadie aquí.
Samuel giró bruscamente.
Un hombre de unos sesenta años, vestido con ropa sencilla y una chaqueta oscura, sostenía una escoba entre las manos.
Tenía el cabello completamente blanco y una expresión cansada.
—Perdón... pensé que estaba abandonada.
El hombre sonrió con tristeza.
—Lo está.
—Entonces... ¿usted quién es?
—Me llamo Gabriel.
Samuel estrechó su mano.
—¿Es el sacerdote?
Gabriel negó lentamente.
—Lo fui.
Aquella respuesta dejó a Samuel confundido.
—¿Lo fue?
El hombre bajó la mirada.
—Hace quince años dejé de ser sacerdote.
Samuel dudó unos segundos antes de hablar.
—Necesito hacerle unas preguntas.
Gabriel levantó la vista.
Entonces vio la mochila de Samuel.
Su expresión cambió por completo.
—¿Traes algo contigo?
Samuel sintió un vacío en el estómago.
—¿Cómo lo sabe?
El exsacerdote dio un paso atrás.
—Porque el aire cambió en cuanto entraste.
Samuel abrió lentamente la mochila.
Sacó el diario.
Gabriel lo reconoció de inmediato.
Su rostro perdió el color.
—¿Dónde encontraste eso?
—Don Ernesto me lo dio.
El hombre cerró los ojos.
—Pensé que había destruido todos los ejemplares...
—¿Todos?
Gabriel asintió.
—Ese diario nunca debió sobrevivir.
Samuel respiró hondo.
—¿Quién era Isabela?
El anciano permaneció en silencio durante varios segundos.
Luego caminó hasta el altar.
Se arrodilló frente al crucifijo roto.
—No existe una respuesta sencilla.
Necesito saber la verdad.
Gabriel levantó lentamente la mirada.
—Entonces escucha con atención.
Porque, una vez que la conozcas...
No podrás volver atrás.
El exsacerdote señaló un antiguo vitral cubierto de polvo.
Representaba a una mujer sosteniendo una pequeña figura entre sus brazos.
La figura parecía una muñeca.
—Durante muchos años la Iglesia ocultó lo ocurrido en este pueblo.
No porque quisiera proteger un secreto.
Sino porque nadie habría creído la verdad.
Samuel guardó silencio.
—Isabela existió.
No era una bruja.
No era una santa.
Era simplemente una joven que tuvo la desgracia de descubrir algo que ningún ser humano debía ver.
Samuel sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Gabriel continuó.
—Ella encontró un culto
Un grupo de hombres y mujeres que había sobrevivido durante siglos.
No adoraban al diablo.
Eso sería demasiado simple.
Adoraban a algo mucho más antiguo.
Algo que ya existía cuando este bosque aún no tenía nombre.
Samuel recordó el diario.
—¿Azael?
Gabriel asintió lentamente.
—Ese nombre no debe pronunciarse.
Samuel tragó saliva.
Demasiado tarde.En ese preciso instante, un golpe estremeció toda la iglesia.
¡BUM!
Las puertas principales se cerraron solas.
Las ventanas comenzaron a vibrar.
Las velas apagadas del altar se encendieron al mismo tiempo con una llama azul.
Gabriel abrió los ojos con horror.
—¿Qué hiciste...?
Otro golpe.
Más fuerte.El crucifijo agrietado cayó al suelo.
La linterna de Samuel comenzó a parpadear.
Y desde el fondo de la iglesia, donde la oscuridad era más profunda, empezó a escucharse un sonido que Samuel ya conocía demasiado bien.
Tac...
Tac...
Tac...
Como pequeños pies de porcelana caminando lentamente sobre el piso de piedra.
Pero esta vez no era un solo par de pasos.
Eran muchos.
Decenas.Quizás cientos.
Samuel dirigió la linterna hacia la oscuridad.
El haz de luz reveló algo imposible.
Pequeñas muñecas antiguas salían lentamente de entre las sombras del templo.
Unas tenían el rostro roto.
Otras carecían de ojos.
Algunas arrastraban los brazos.
Pero todas caminaban hacia él.
Y, entre ellas, al fondo del pasillo central, una figura de tamaño humano permanecía inmóvil.
Era una mujer con un vestido blanco desgarrado.
¡BUM!Su cabello cubría completamente su rostro.
Cuando levantó lentamente la cabeza...
Samuel pudo ver dos ojos de color ámbar brillando en la oscuridad.
Y una voz, mitad femenina y mitad inhumana, resonó por toda la iglesia:
—Después de trescientos años... por fin alguien vino a escuchar mi historia.