Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 5
La primera flecha atravesó la cortina de la ventana.
Serena Mora solo alcanzó a ver una línea oscura.
Después, Adrián Navarro se movió.
La tomó del hombro y la empujó hacia abajo con tanta fuerza que Serena cayó de rodillas entre los asientos. La flecha pasó sobre su cabeza, se clavó en la pared del carruaje y vibró junto a un mechón de cabello que acababa de cortarle.
—Abajo —dijo Adrián.
No gritó. No sonó asustado. Por eso mismo Serena obedeció antes de pensar.
Afuera estallaron gritos. Los caballos patearon el suelo, las ruedas crujieron y alguien dio una orden que se perdió entre el golpe de otra flecha contra la madera. Lilo salió disparado de la capucha de Serena como una chispa verde.
—¡Alerta! ¡Emboscada! ¡Probabilidad de muerte violenta subiendo de forma ofensiva!
—¡No ayudas! —susurró Serena, pegándose al piso.
Adrián arrancó la flecha de la pared. El movimiento le abrió la venda de la muñeca izquierda, pero él no miró la sangre. Se inclinó hacia la ventana rota, escuchó apenas un segundo y luego empujó a Serena hacia el lado contrario.
Otra flecha atravesó el asiento donde ella había estado.
El estómago se le fue al suelo.
—¿Cuántos? —preguntó ella.
—Seis cerca. Más atrás.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque no hablan como bandidos.
Serena quiso preguntar qué significaba eso, pero la puerta del carruaje se abrió de golpe. Un hombre cubierto con una máscara de cuero metió medio cuerpo, cuchillo en mano. Antes de que Serena pudiera gritar, Adrián le golpeó la muñeca con la vara rota de la flecha y le estampó la rodilla contra el pecho.
El atacante cayó hacia atrás.
Adrián saltó fuera del carruaje.
—¡Estás herido! —dijo Serena.
—Tú no sabes pelear.
Eso era injusto, ofensivo y, por desgracia, correcto.
Serena apretó los dientes, tomó la piedra de comunicación que Héctor le había dado y la sostuvo entre ambas manos.
—A ver, piedrita, si funcionas por amistad o por trauma familiar, este es el momento.
La piedra brilló una vez, débil.
Lilo aterrizó junto a ella.
—Debes canalizar Éter.
—No tengo Éter.
—Corrección: tienes un nivel de Don arcano tan bajo que el sistema lo confunde con polvo.
—¡Lilo!
—Pero puedes presionar el sello de emergencia.
Serena encontró una marca en la base de la piedra y la hundió con el pulgar. Un destello azul subió hacia el cielo como una bengala silenciosa. No sabía si llegaría a Héctor, pero no tenía otro recurso.
Afuera, el combate se cerró alrededor del carruaje.
Los cuatro guardias de Héctor resistían en círculo. El segundo carruaje estaba inclinado contra un árbol; el sanador se arrastraba hacia una zanja, pálido pero vivo. Los atacantes no llevaban colores de ninguna Orden. Sus máscaras ocultaban el rostro, pero sus movimientos eran demasiado coordinados para ser ladrones de camino.
Uno de ellos señaló a Adrián.
—El muchacho. Vivo.
Serena sintió frío.
No venían por ella.
Venían por él.
Adrián también lo entendió. Su postura cambió apenas, un ajuste mínimo de hombros y pies. Estaba débil, vendado, sin arma real. Aun así, los hombres dudaron antes de acercarse.
—Entrégate y dejamos ir a la señorita —dijo el de la máscara gris.
Serena asomó desde la puerta del carruaje.
—Qué considerados. Lástima que nadie les preguntó.
Adrián giró la cabeza.
—Métete.
—No.
—Serena.
Era la primera vez que decía su nombre sin veneno. La palabra le pegó más fuerte que la flecha.
—Si vinieron por ti, no voy a quedarme mirando.
El atacante de la máscara gris soltó una risa breve.
—Qué tierna. La carcelera descubrió la culpa.
Adrián se lanzó antes de que el hombre terminara la frase.
No fue un ataque limpio ni elegante. Fue rápido, brutal, lleno de cálculo. Usó la flecha rota como punzón, el borde del carruaje como apoyo y el peso del atacante contra él. En tres movimientos, el hombre cayó al suelo con el aire fuera de los pulmones.
Otro apareció por la izquierda.
Serena lo vio tarde.
—¡Adrián!
El filo iba directo a su costado. Adrián no podía girar a tiempo. Por instinto, Serena tomó la lámpara del carruaje y la lanzó. El aceite se estrelló contra la máscara del atacante; la llama no prendió, pero el hombre retrocedió con un grito.
—¡Eso fue útil! —chilló Lilo.
—¡Estoy igual de sorprendida!
Un tercer atacante aprovechó el descuido para correr hacia Serena.
Adrián lo vio.
Y esta vez no calculó.
Se interpuso.
El golpe le abrió la capa a la altura del hombro. Serena oyó el corte de la tela, vio la sangre oscura y sintió que el mundo se reducía al cuerpo de Adrián entre ella y la hoja.
—¿Por qué hiciste eso? —se le escapó.
Adrián ni siquiera la miró.
—Porque estabas en medio.
Mentira.
Ella había estado detrás.
El Medidor de Afinidad apareció de golpe junto a la cabeza de Lilo, temblando como si también tuviera miedo.
Medidor de Afinidad: -123,449.
Serena no tuvo tiempo de celebrar seis puntos miserables.
El atacante de la máscara gris se puso de pie, furioso, y extendió la mano. Un hilo de Éter negro salió de sus dedos y se convirtió en una lanza delgada, dirigida al pecho de Serena.
Los guardias estaban demasiado lejos.
Lilo gritó su nombre.
Adrián levantó la mano.
El aire se apagó.
No fue una metáfora. La luz del atardecer pareció hundirse alrededor de sus dedos. La sombra bajo el carruaje se estiró como agua negra, trepó por la tierra y golpeó la lanza de Éter antes de que tocara a Serena. El choque no hizo ruido; lo devoró.
Todos se quedaron quietos.
Incluso los caballos dejaron de relinchar.
Adrián miró su propia mano como si también odiara lo que acababa de pasar.
El atacante retrocedió.
—Es él —susurró—. La sangre de la Corte.
Las sombras alrededor de Adrián se movieron otra vez.
Esta vez, obedecieron.
No se lanzaron como fuego ni cortaron como espada. Se extendieron por el suelo, rápidas y silenciosas, y atraparon los tobillos del atacante de la máscara gris. El hombre cayó de rodillas. La lanza de Éter negro se deshizo entre sus dedos como humo mojado.
Los demás retrocedieron.
—¡Retirada! —gritó uno.
—¡No lo toquen!
El círculo de guardias de Héctor se abrió con dificultad. Dos atacantes huyeron hacia los árboles. Otro intentó recoger a su compañero caído, pero las sombras se enroscaron alrededor de su cuchillo y lo partieron en dos sin esfuerzo.
Serena sintió que la piel se le llenaba de frío.
No era solo poder.
Era hambre contenida.
Adrián cerró la mano de golpe. Las sombras se detuvieron, pero no desaparecieron. Quedaron pegadas al suelo alrededor de sus botas, temblando como si esperaran una segunda orden.
Uno de los guardias levantó la espada hacia él.
—¡Aléjate de la señorita!
Serena reaccionó antes de que el guardia avanzara.
—¡Baja esa espada!
El hombre se quedó paralizado.
—Señorita, pero él...
—Acaba de salvarme.
La frase salió firme, más fuerte que el temblor de sus rodillas.
Adrián volvió la cabeza hacia ella. Tenía la respiración pesada, el rostro casi blanco y la herida del hombro manchándole la capa. Sus ojos, sin embargo, no estaban en los atacantes ni en los guardias. Estaban en Serena, como si esa defensa le resultara más incomprensible que la propia magia.
Lilo bajó despacio hasta el borde del carruaje.
—Registro del Vínculo: manifestación no autorizada de poder sombrío. Categoría pendiente. Riesgo emocional y mortal: altísimo.
—Lilo —dijo Serena, sin dejar de mirar a Adrián—, una mala noticia a la vez.
El atacante de la máscara gris aprovechó el silencio para arrastrarse hacia atrás. Antes de perderse entre los árboles, lanzó una última mirada a Adrián.
—La Corte vendrá por ti.
Adrián no respondió.
Las sombras respondieron por él: se alzaron un palmo del suelo, tensas, vivas, pegadas a sus pies como armas esperando dueño.
Serena tragó saliva.
El hombre que ella debía salvar no solo estaba herido, hambriento y lleno de odio.
También llevaba una oscuridad que acababa de despertar.