Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 5
Capítulo 5: Cena con el enemigo
Max la mandó llamar otra vez a la mañana siguiente, esta vez con un pretexto medio decente: quería que revisara los papeles del traslado de don Genaro antes de firmarlos. Renata llegó temprano, con el café a medias y el expediente bajo el brazo, y apenas había extendido los documentos sobre la mesa del comedor cuando la puerta principal se abrió de golpe.
—¿Quién dejó entrar a esta…?
El muchacho que apareció en el umbral no tendría más de veinte años. Mismos ojos oscuros que Max, misma mandíbula, pero todo en él era ruido donde su hermano era silencio. Traía una mochila al hombro y la cara descompuesta de quien acaba de ver un fantasma.
—Tú. —La señaló con el dedo—. Yo te conozco. Eres la del retrato. La que dejó a mi hermano tirado en la calle.
—Tú debes ser Emilio. —Renata se enderezó con calma—. Vine por trabajo. Soy la médica de tu papá.
—Médica. —Soltó una risa fea—. Claro. Seguro. Aparece la aprovechada justo cuando mi hermano vuelve a ser noticia. ¿Cuánto le vas a sacar esta vez? —Avanzó, y bajó la voz a un veneno que no le pegaba a su edad—. Escúchame bien. La última vez que te le acercaste, lo dejaste tres días bajo la lluvia. Casi se nos muere de una pulmonía. No voy a dejar que lo vuelvas a hacer. Aléjate de él.
—No sabes lo que fueron esos años —siguió Emilio, y la voz se le quebró un poco, delatando al niño que había sido—. No comía. No salía. Se quedaba sentado en la oscuridad porque, total, igual no veía. Yo tenía catorce y pensé que se me iba a morir. Y todo por ti. —Tragó saliva—. Así que no me vengas con que eres su médica. No te le acerques al corazón otra vez, porque la próxima no lo cuento.
Cada palabra le daba en el blanco, porque cada palabra era, a su manera, justa. Más justa de lo que ese muchacho podía imaginar. Renata apretó el expediente contra el pecho para que no le temblaran las manos. Quería decirle que ella también casi se había muerto esa noche, por dentro; que lo había hecho precisamente para salvarlo; que cargaba ese invierno como una piedra cosida bajo la piel. Pero no podía. El silencio era el precio del secreto, y ella llevaba seis años pagándolo.
No se defendió. Recogió los papeles.
—Dile a tu hermano que los documentos están en orden. Que los firme cuando pueda.
Salió sin contestar a los insultos, con la cabeza alta y el pecho hecho pedazos. Atrás quedó Emilio, desconcertado de que no le hubiera gritado de vuelta.
—
En el hospital, Fernanda la interceptó en el pasillo con dos cafés y un chisme ardiendo en la lengua.
—Comadre, tengo data. —La jaló a un rincón—. ¿Te acuerdas que dijiste que en la casa del millonetas había puro helado de vainilla? Pues investigué. Resulta que Ariadna Fonseca, la víbora, tiene una cadena de postres. Cara, de las de Polanco. ¿Y sabes de qué es su especialidad? De chocolate. Puro chocolate belga. Vainilla no vende ni un bote. —Le clavó el dedo en el hombro—. O sea, comadre. Ese helado no es de ninguna noviecita. Ese hombre tiene el congelador lleno de vainilla porque a alguien le gustaba la vainilla. Y esa alguien no soy yo.
Renata abrió la boca y la cerró. El corazón le hizo algo absurdo, algo que no tenía derecho a hacer.
—No significa nada —dijo, sin convencerse ni a sí misma.
—Ajá. —Fernanda le dio un sorbo a su café—. Y yo soy monja.
—
A media tarde llamó Rubén.
Ver el nombre de su padre en la pantalla le revolvió las tripas, como siempre. Contestó por costumbre, por ese reflejo viejo de hija que nunca termina de morirse aunque una sepa que debería.
—Renata. —La voz de Rubén era melosa, y eso ya era una señal de alarma—. Mija. Te queremos aquí en la casa esta noche. Una comida en familia. Hace meses que no nos sentamos todos juntos. Tu abuela, Imelda, la niña… nos hace falta.
—Tengo guardia.
—Cámbiala. —La dulzura se afiló apenas—. Es importante, Renata. Por la familia. ¿Qué van a decir si la hija mayor no se aparece ni a comer? No me hagas quedar mal.
El qué dirán. Siempre el qué dirán. Renata cerró los ojos. Sabía que no era una invitación; era una citación con mantel. Pero la abuela estaría ahí, y por la abuela iría hasta al infierno.
—Voy.
—
La casa de Rubén estaba en una colonia de clase media, una de esas con rejas en las ventanas y geranios en macetas de lámina. Olía a guisado y a algo más, a una tensión que Renata percibió desde la banqueta.
Imelda le abrió la puerta. Su madrastra. La sonrisa pintada, los ojos calculando.
—Hasta que te dignas —dijo a modo de saludo—. Pásale. Daniela, saluda a tu hermana.
La adolescente apareció detrás, pálida, delgada, con el gesto cansado de quien vive entre adultos que pelean. Daniela le dedicó una media sonrisa tímida.
—Hola, Renata.
—Hola, Dani. ¿Cómo te sientes? —Porque la niña tenía el corazón delicado desde chica, y eso Renata no lo olvidaba aunque todo lo demás de esa casa quisiera olvidarla a ella.
—Bien —murmuró Daniela, aunque la palidez decía otra cosa.
La abuela Lupe estaba en la sala, en su silla de siempre, y al ver a Renata se le iluminó la cara entera.
—¡Mija! Ven, ven, déjame verte. —Le tomó la cara entre las manos arrugadas—. Estás muy flaca. ¿Estás comiendo? Dios mío, esta niña no come.
—Como, abue. —Renata se hincó junto a ella y dejó, por un segundo, que alguien la quisiera sin cobrarle nada.
Fue entonces, desde el calor de los brazos de su abuela, cuando levantó la vista hacia el comedor.
Y se le congeló la sangre.
Sentado a la mesa, como si fuera de la familia, con una copa de vino en la mano y esa sonrisa aceitosa estirándose despacio al verla entrar, estaba Rodrigo.
—Hola, corazón —dijo su exmarido—. Te tardaste.
Renata se puso de pie muy despacio, apartándose del calor de su abuela como quien se prepara para un golpe.
—¿Qué hace él aquí?
—Renata, no hagas escándalo. —Rubén se levantó, untuoso, con las palmas hacia abajo como si calmara a un animal—. Rodrigo vino a saludar. Estuvimos platicando. Es un buen muchacho, mija, y la verdad es que la familia entera ha sufrido mucho con todo este asunto del divorcio. La gente habla. En la parroquia ya andan preguntando. —Bajó la voz—. Lo hablamos como adultos. Hay cosas que se pueden arreglar.
—No hay nada que arreglar. —A Renata se le tensó la mandíbula—. Firmamos el divorcio. Está hecho. Es legal.
—Los papeles se rompen, corazón. —Rodrigo le dio un trago al vino, disfrutando cada segundo—. Sobre todo cuando una mujer todavía debe lo que tú me debes.
—Siéntate, Renata. —Imelda jaló una de las dos sillas, la que estaba pegada a la de Rodrigo, y palmeó el asiento con uñas largas—. Come algo. Una buena hija escucha antes de gritar.
Renata miró a su padre. Miró a su madrastra. Miró las dos sillas colocadas juntas, una al lado de la otra, preparadas de antemano. Miró a la abuela Lupe, que había dejado de sonreír y empezaba a entender, con el rostro endureciéndose por ella.
No era una comida en familia.
Era una emboscada.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭