Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capitulo 5: Rafael Arismendi
—¡Ya no las aguanto más! —exclamé riendo, tapándome la cara con las manos—. Todavía no tengo cincuenta años, por Dios. Qué presión...
—Vale, vale, te dejamos en paz por hoy —cedió Alexa, mirando su reloj—. Creo que ya es hora de irnos. Tengo que descansar esta espalda.
—Cierto. Mañana estaré fuera de la ciudad haciendo unas investigaciones de campo para el próximo caso. Creo que nos veremos directamente el día de la boda. ¿Hace falta algo más, Alexa?
—No, todo bajo control. Solo envíame tu identificación hoy y una copia de tu partida de nacimiento, recuerda que además de madrina, eres mi testigo oficial. Tienes que firmar ese papel para que no me dejen plantada legalmente —bromeó.
—Cuenta con eso. Nos vemos el sábado.
Nos despedimos con abrazos y promesas de una noche inolvidable. Mientras caminaba hacia mi auto, pensaba en el vestido rojo guardado en la bolsa. Quizás, solo quizás, Julia y Alexa tenían razón y era hora de dejar que el azar jugara una partida en mi vida. El caso Fabricio estaba cerrado; ahora era momento de abrir mi propia defensa.
En otra parte del mundo…
Se encontraba Rafael Arismendi. A sus veintinueve años, frente al espejo de cuerpo entero. La imagen que le devolvía el cristal era la de un hombre que parecía esculpido bajo la premisa de la eficiencia y el deseo. Tenía esa clase de atractivo que no pedía permiso para entrar en una habitación: una mandíbula angulosa siempre perfectamente afeitada, ojos oscuros que analizaban todo como si fuera un balance de pérdidas y ganancias, y una postura que irradiaba una seguridad que rozaba la arrogancia.
Para Rafael, su cuerpo era una herramienta más de su arsenal profesional. Sabía que su presencia física era una extensión de su poder ejecutivo. Cuando entraba en una sala de juntas, el aire cambiaba. No necesitaba levantar la voz; de hecho, hablaba en un tono pausado, grave, que obligaba a los demás a inclinarse hacia él, a guardar un silencio absoluto para no perderse ni una sola sílaba. En el mundo de los negocios, su palabra era ley. Si Rafael decía que una inversión era arriesgada, el mercado temblaba; si daba el visto bueno a un proyecto, el éxito se daba por sentado.
Terminó de cerrar la maleta de cuero negro. Hoy se devolvía a Europa a continuar el trabajo desde la sede principal, Sus manos, grandes y de dedos largos, se movían con una calma que ocultaba la tormenta interna que le habían provocado sus padres esa tarde.
—Dos meses —susurró para sí mismo, y la palabra sonó como una condena—. Dos meses para hipotecar mi libertad.
Se sirvió un vaso de whisky puro, observando cómo el líquido ámbar resbalaba por el cristal. Rafael sabía perfectamente que era el soltero más codiciado del círculo empresarial. Había aprendido a leer la mirada de las mujeres en las galas benéficas y en las cenas de negocios: una mezcla de admiración, deseo y el desafío de ser quien finalmente lograra domesticarlo. Pero para él, las mujeres eran como las transacciones comerciales de alto riesgo: divertidas, intensas, pero siempre con una fecha de cierre. La idea de una permanencia, de un contrato sin cláusula de rescisión como lo es el matrimonio, le parecía un error administrativo de proporciones épicas. Ya se encontraba abordando el avión mientras el reloj marcó las diez de la noche. Su mente, programada para el trabajo, ya estaba organizando el viaje a su ciudad natal. No recordaba la última vez que había ido por placer, el concepto de "vacaciones" era simplemente trabajar desde una ubicación con mejor vista. Sin embargo, la llamada de Alexa había sido un recordatorio de que existía un mundo fuera de los rascacielos y las gráficas de rendimiento.
—Testigo de boda —se mofó en voz baja—. Irónico que yo, el mayor escéptico del compromiso, tenga que dar fe legal de uno.
Su mente regresó inevitablemente a la oficina de su padre. Carlos Arismendi no bromeaba. La amenaza de entregarle el mando a su primo no era un farol; era una jugada de ajedrez estratégica. Su padre valoraba la estabilidad familiar tanto como la financiera, creyendo erróneamente que una esposa sería el ancla que Rafael necesitaba para no convertirse en una máquina fría de hacer dinero.
"¿En qué siglo viven?", pensó con frustración, consideraba que su soltería era, precisamente, su mayor ventaja competitiva. Sin distracciones, sin escenas de celos, sin compromisos sociales vacíos. Solo él y el crecimiento de la empresa. Pero ahora, el destino le jugaba una mano sucia.
El viaje a su ciudad natal no solo representaba asistir a la boda de su amiga, sino también un escape temporal de la presión asfixiante de sus padres. Aunque, en el fondo, sabía que estaba huyendo hacia el pasado. Mientras revisaba mentalmente su agenda para el lunes, se dio cuenta de que no había incluido a ninguna "acompañante" en sus planes, a pesar de la sugerencia de Alexa.
No quería a nadie a su lado que tuviera la expectativa de que ella podría ser la elegida para cumplir el plazo de los dos meses.
Rafael se levantó y caminó hacia el ventanal que mostraba las luces de la ciudad. Se veía a sí mismo como un depredador en su territorio, pero por primera vez, sentía que los límites se estrechaban. Su poder, ese que hacía que presidentes de bancos sudaran al negociar con él, no servía de nada ante el capricho biológico de sus padres por un heredero.
—Quieren un nieto, pero lo que van a tener es un problema —concluyó.
La noche avanzaba y el cansancio empezaba a hacer mella, pero su cerebro seguía trazando rutas. ¿Y si encontraba a alguien? No por amor, por supuesto, sino por conveniencia. Un contrato. Una mujer que entendiera que el apellido Arismendi venía con un precio: la ausencia de afecto real y la prioridad absoluta del trabajo. La idea cruzó su mente como una chispa, pero la descartó rápidamente. Su orgullo no le permitía rebajarse a un montaje... todavía.
Mañana abordaría hacia el sur. Dejaría atrás el cristal y el acero para enfrentarse a las iglesias antiguas y a las celebraciones sentimentales que tanto detestaba. Alexa era la única persona que se atrevía a hablarle con esa familiaridad irreverente, la única que no bajaba la mirada ante su escrutinio. Quizás por eso había aceptado ser su testigo. En un mundo de subordinados y buitres corporativos, la honestidad bruta de su vieja amiga era un activo que todavía valoraba. Se prometió a sí mismo que, sin importar lo que pasara en esos dos meses, nadie —ni siquiera sus padres— le arrebataría el control de su imperio.
Rafael Arismendi no se casaría por obligación. Si entraba al altar, sería bajo sus propios términos, con un contrato blindado y el corazón bajo llave.
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