Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 5.
Después de que Aidan se fuera de la sala dejándome con el sabor de su dedo en mis labios, me quedé temblando. No de miedo, sino de una rabia que se me mezclaba con algo eléctrico en la boca del estómago. Ese maldito... ¿quién se cree que es para darme de comer como si fuera su mascota?
Subí a mi cuarto y cerré la puerta con un portazo que debió escucharse hasta en el jardín. Me miré al espejo y me limpié el rastro del chocolate con el dorso de la mano, furiosa conmigo misma por haber abierto la boca como una tonta.
—Es un animal, Iris. Un animal con buen cuerpo, pero un animal al fin y al cabo —me repetí, tratando de convencerme.
Pero entonces lo vi. Sobre mi cama, justo en el centro de la colcha blanca, había un paquete envuelto en papel de seda negro. No había tarjeta esta vez, solo una cinta de raso roja que me recordó demasiado a mi vestido de la gala.
Mi corazón empezó a saltar como un loco. ¿Cómo había entrado esto aquí? Mi habitación es sagrada. Con las manos temblorosas, tiré de la cinta y el papel se abrió. Dentro había un conjunto de lencería de encaje negro, tan fino que parecía una telaraña, y una nota escrita con esa misma letra agresiva que ya me estaba volviendo loca:
"El rojo es para que el mundo te mire. El negro es para que yo te toque. Pruébatelo, pequeña Colman. Quiero saber si te queda tan ajustado como mis dedos en tu cuello. — S."
Solté el encaje como si quemara. Era un atrevimiento, una falta de respeto total... y aun así, sentí un calor que me subió por las piernas hasta la cara. ¿Quién era este "S"? ¿Aidan? No podía ser él. Aidan siempre me había llamado gorda, se había burlado de mis curvas, me había hecho sentir que yo no valía nada. El hombre que envió esto me quería ver desnuda, me quería poseer.
De repente, escuché el rugido de un motor abajo. Corrí al ventanal y vi el deportivo negro de Aidan saliendo a toda velocidad por el camino de grava.
No lo pensé. Me puse unos jeans ajustados, una chaqueta de cuero y mis botas más cómodas (pero con algo de tacón, porque una Colman nunca pierde la altura). Agarré las llaves de mi propio coche y bajé las escaleras volando.
—¡Iris! ¿A dónde vas con esa prisa? —gritó mi madre desde el salón.
—¡A comprar hilo para bordar, mamá! ¡No me esperen para almorzar! —mentí sin siquiera mirarla.
Me subí a mi coche y arranqué. Tenía que saber a dónde iba Aidan. Si él era el que estaba dejando esas cosas en mi cuarto, tenía que pillarlo. Seguí su rastro manteniendo la distancia, con el pulso a mil.
Él manejaba como un loco, esquivando el tráfico de la ciudad con una habilidad que me ponía de los nervios.
Después de media hora de persecución, su coche se detuvo frente a un edificio antiguo en la zona portuaria. Era un lugar gris, lleno de almacenes y con un olor a salitre y metal que me hizo arrugar la nariz. Vi a Aidan bajar del coche. Se había quitado la camiseta negra y ahora llevaba una sudadera gris con capucha, pero aun así se le notaba esa espalda ancha que me hacía tragar saliva.
Entró por una puerta de metal pesada. Esperé unos minutos y luego bajé de mi coche, tratando de no hacer ruido con mis tacones en el cemento sucio. Me asomé por una ventana rota y lo que vi me dejó sin aire.
No era una oficina. Era un gimnasio de boxeo clandestino. El lugar estaba lleno de humo, olor a sudor y el sonido rítmico de los golpes contra los sacos. Y ahí estaba él, en medio de un ring, golpeando un saco de arena con una violencia que daba miedo. Tenía los nudillos vendados y el sudor le corría por el pecho desnudo, haciendo que sus músculos brillaran bajo las luces amarillentas.
Me quedé hipnotizada. Aidan no solo estaba "guapo", estaba imponente. Cada golpe que daba al saco parecía llevar una rabia acumulada de años. Se movía como un depredador, con una gracia que nunca le había visto cuando éramos niños.
—¿Te gusta lo que ves, Colman?
Casi me caigo del susto. Me giré rápido y choqué contra un pecho sólido. No era Aidan. Era un hombre alto, con cicatrices en la cara y una mirada que me dio escalofríos.
—Yo... solo buscaba a alguien —balbuceé, intentando retroceder, pero el hombre me bloqueó el paso.
—Este no es lugar para niñitas ricas. ¿Te perdiste de camino al centro comercial?
—Déjala en paz, Mario. Es invitada mía.
La voz de Aidan tronó desde el ring. Se había bajado y caminaba hacia nosotros, secándose el sudor con una toalla. Sus ojos estaban oscuros, inyectados en sangre por el esfuerzo, y cuando me miró, sentí que me desnudaba ahí mismo.
El tal Mario se encogió de hombros y se alejó gruñendo. Aidan se detuvo frente a mí, a centímetros de distancia. El calor que salía de su cuerpo era casi insoportable, y el olor a sudor y testosterona me mareó.
—¿Me estás siguiendo, Iris? —preguntó, bajando la voz hasta que fue un ronroneo peligroso—. ¿Tan desesperada estás por verme que no pudiste esperar a la cena?
—No te sigo, imbécil —mentí, aunque el corazón me iba a estallar—. Quería saber en qué antros te metes para decirle a mi padre con qué clase de basura se está asociando.
Aidan soltó una carcajada amarga y se acercó más, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared fría del almacén. Puso una mano a cada lado de mi cabeza, encerrándome.
—Mentira. Viniste porque no dejas de pensar en el chocolate de esta mañana. O quizás... —se inclinó hacia mi oído, y su aliento caliente me erizó hasta el último vello del cuerpo
— ...porque recibiste mi regalo y querías darme las gracias en persona.
Me quedé de piedra. Lo admitió. ¿O no?
—¿Fuiste tú? —susurré, mirándolo a los ojos—. ¿Tú dejaste ese encaje en mi cama?
Aidan sonrió de esa forma que tanto odiaba, pero esta vez había un fuego diferente en su mirada. Estiró la mano y me acarició la mejilla con los nudillos vendados, una caricia áspera que me hizo cerrar los ojos.
—Te dije que el negro te quedaría mejor —murmuró—. Pero si quieres saber la verdad, vas a tener que esforzarte más, pequeña Colman. Por ahora, vuelve a tu mansión perfecta antes de que este lugar te ensucie.
Me dio un golpecito suave en la barbilla, se dio la vuelta y volvió al ring sin decir nada más. Me quedé ahí, sola y humillada, pero con el cuerpo ardiendo. Lo odiaba. Lo odiaba con toda mi alma porque sabía exactamente qué botones tocar para volverme loca.
Salí del gimnasio casi corriendo. Mientras manejaba de vuelta, solo podía pensar en una cosa: si él era "S", me estaba jugando el juego más peligroso de mi vida. Y lo peor de todo... es que me estaba empezando a gustar perder.
Llegué a casa y, para mi sorpresa, había otra caja en la entrada. Pero esta no era de "S". Era un sobre negro con una invitación dorada para una carrera de autos esa misma noche.
"Te espero en la línea de meta. No llegues tarde, Colman."
Esa noche, iba a descubrir quién era el lobo, aunque tuviera que quemarme en el intento.