"Fui subastada al diablo, pero él no sabía que yo sería su infierno."
En el Amazonas, todo tiene un precio. Mía fue vendida como mercancía al hombre más temido de Sudamérica: Renzo Cavalli. Él la compró para poseerla y quebrarla, pero subestimó el fuego bajo su piel de seda.
Entre huidas por la selva, traiciones y una pasión letal, Mía deberá decidir: ¿hundir el puñal en su espalda o convertirse en la reina de su imperio de sangre?
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Capítulo 10
Mía no esperó al desayuno. En cuanto Renzo la soltó después de la cena -con una advertencia susurrada en el cuello que la dejó temblando-, corrió hacia el ala de invitados. Los guardias se hicieron a un lado como sombras; tenían órdenes estrictas de no interponerse en su camino.
Abrió la puerta de la habitación de Leo y lo encontró sentado en el borde de una cama inmensa, mirando por el ventanal hacia la selva oscura.
-¿Leo? -su voz se quebró.
El chico de quince años saltó y corrió a sus brazos. Mía lo estrujó, ocultando su rostro en su hombro. Por un segundo, volvió a ser la mecánica de la frontera y no la "posesión" de un multimillonario.
-Mía, estoy bien. Ese hombre... Cavalli... me sacó de allí -dijo Leo, separándose para mirarla. Sus ojos se abrieron al ver el vestido negro y las joyas-. Te ves diferente. ¿Qué te ha hecho? ¿Te obligó a algo?
Mía tragó saliva, sintiendo el peso del collar de diamantes en su cuello como una soga.
-Hice lo que tenía que hacer para traerte aquí, Leo. Pero estamos juntos ahora. Vamos a salir de esta, te lo prometo. Solo... no confíes en él. Es un monstruo.
-Pues sus hombres me tratan mejor que los del barrio -murmuró Leo, confundido-. Y me dijo que este lugar era tuyo tanto como de él. Mía... ¿él te quiere?
La pregunta la golpeó como una bofetada. ¿Amor? No, Renzo no amaba; Dante devoraba.
-Él no sabe qué es eso, Leo. Solo sabe poseer cosas. Duerme un poco. Mañana pensaremos en un plan.
Mía salió de la habitación de su hermano con el corazón agitado. Al caminar por los pasillos de cristal, el calor de la noche la hacía sentir asfixiada. Se soltó la coleta, dejando que su cabello cayera en cascada, y se desabrochó los dos primeros botones del vestido negro porque sentía que no podía respirar.
Sin darse cuenta, empezó a tararear una canción vieja mientras caminaba descalza hacia la cocina en busca de agua. Su forma de moverse era natural, sin pretensiones, pero el vestido se pegaba a sus curvas con cada paso, y el sudor de la humedad amazónica hacía que la tela se volviera casi traslúcida en ciertas zonas.
Al entrar en la cocina de acero inoxidable, se encontró con Renzo. Estaba sirviéndose un trago, de espaldas a ella. Mía, ignorándolo con una arrogancia que ya era su firma, se inclinó sobre la isla de mármol para alcanzar una jarra de cristal. Al hacerlo, el vestido se subió por sus muslos y su escote se abrió peligrosamente, dejando ver la curva de sus pechos.
Renzo se quedó inmóvil. El sonido del hielo contra el cristal fue lo único que rompió el silencio.
-¿Te diviertes, Mía? -preguntó él con una voz que era puro trueno.
-Solo tengo sed, Cavalli. No todo el mundo vive de whisky y arrogancia -respondió ella, dándose la vuelta con la jarra en la mano.
Se bebió el agua con ansia, dejando que unas gotas escaparan de la comisura de sus labios y resbalaran por su cuello, perdiéndose en el canal de su pecho. Lo hizo sin pensar, por puro alivio térmico, pero la mirada de Renzo era la de un hombre que estaba a punto de perder la poca civilidad que le quedaba.
-¿Tienes idea de lo que estás haciendo? -él dejó el vaso y caminó hacia ella.
-¿Beber agua? ¿Ahora también es propiedad privada? -Mía dejó la jarra y apoyó las manos en la mesa, arqueando la espalda para estirarse. Una vez más, un movimiento natural que para Renzo era una invitación al pecado.
Renzo la atrapó por la cintura antes de que pudiera parpadear. En un movimiento violento y fluido, la levantó y la sentó sobre la isla de mármol frío. Mía soltó un jadeo de sorpresa, intentando empujarlo, pero él se metió entre sus piernas, obligándola a abrirse para él.
-Me provocas a cada segundo -gruñó Renzo, pegando su cuerpo al de ella. Su rostro estaba congestionado, sus ojos inyectados en deseo-. Me provocas cuando caminas, cuando respiras, incluso cuando intentas ignorarme. Crees que eres inocente, pero sabes exactamente qué efecto tienes en mí.
Él agarró las manos de Mía y las puso alrededor de su cuello, mientras sus propias manos bajaban para apretarle los muslos con una fuerza posesiva. Entonces, Renzo se presionó con fuerza contra ella. Mía sintió la dureza evidente de su entrepierna golpeando contra su intimidad, separada solo por la fina seda del vestido.
-Siente eso, Mía -susurró él contra su oído, su voz vibrando de forma perversa-. Siente lo que tu "sed" le hace a mi control. Estás jugando con un hombre que no ha dormido pensando en cómo morderte cada centímetro de piel. Si sigues moviéndote así, no me va a importar que tu hermano esté a dos habitaciones de distancia.
Mía sintió un calor abrasador recorrerle el vientre. Su odio seguía ahí, pero el roce de la masculinidad de Renzo contra ella era un lenguaje que su cuerpo empezaba a entender demasiado bien.
-Entonces hazlo -lo retó ella con la respiración entrecortada, apretando las piernas alrededor de su cintura, provocándolo deliberadamente-. O es que el gran Renzo Cavalli tiene miedo de perder el control con una "chica de taller"?
Renzo soltó un gruñido bajo, animal, y la besó con una furia que sabía a posesión total. Sus manos bajaron para desgarrar un poco más la abertura del vestido, mientras se pegaba a ella con una urgencia que amenazaba con romper la mesa de mármol.