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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 5

Camila

Me arreglo con más cuidado de lo habitual. No demasiado. Solo lo suficiente como para verme prolija, segura, acorde al tipo de cena que nos espera. Elijo un vestido sencillo, sobrio, que marca lo justo sin llamar la atención. Me recojo el cabello y me detengo frente al espejo un segundo más de lo necesario. No busco aprobación, solo control.

Cuando bajo las escaleras, Nicolás me espera en la sala. Está de pie, con el saco puesto y las llaves en la mano. Se queda mirándome unos segundos en silencio. No dice nada, pero sé reconocer esa pausa. Es breve. Contenida.

—Estoy lista —digo.

—De acuerdo —responde—. Vámonos entonces.

El restaurante es exactamente lo que esperaba: elegante, discreto, de esos lugares donde nadie levanta la voz y todos parecen saber por qué están allí. Luces tenues, mesas bien separadas, copas brillando bajo una iluminación calculada.

Doy mi nombre al llegar.

—Tenemos una mesa con el señor Echeverría.

Un camarero asiente y nos conduce hacia el fondo del salón.

Echeverría ya está allí. Se pone de pie apenas nos ve. A su lado hay una mujer joven. Muy joven. De inmediato llama la atención. Es hermosa, sin esfuerzo alguno. Lleva un vestido rojo que no deja nada librado al azar. Su presencia es magnética, casi excesiva para el ambiente.

—Camila, Nicolás —dice Echeverría—. Qué gusto volver a verlos.

Nos saluda con entusiasmo y luego se gira hacia la mujer.

—Les presento a mi hija Danna.

Danna se pone de pie. Su sonrisa es perfecta, ensayada.

—Mucho gusto —dice, extendiéndome la mano.

—El gusto es mío.

Me observa con atención, con educación medida. Luego se vuelve hacia Nicolás. Su mirada cambia. Se detiene un segundo más de lo necesario. No es descaro abierto, pero tampoco es inocente. Es la mirada de alguien que evalúa, que se interesa, que calcula.

Nicolás la saluda con respeto, manteniendo la distancia. Ella no aparta los ojos de él hasta que nos sentamos.

La conversación comienza de manera formal. Negocios, proyectos, comentarios generales. Echeverría habla con soltura, como quien está acostumbrado a liderar la mesa. En un momento, menciona a su hija.

—Danna acaba de graduarse en Derecho —dice con orgullo—. Pensé que sería interesante que conociera a alguien como tú, Nicolás. Un abogado con experiencia. Quizás podrías orientarla en sus primeros pasos.

Danna se adelanta un poco.

—Sería un honor —dice—. Me vendría muy bien aprender de alguien como tú. Mi papá dice que tu trabajo es honorable.

Nicolás se muestra incómodo. Lo noto en la forma en que se acomoda en la silla, en cómo mide sus palabras.

—Lo agradezco —responde—, pero últimamente tengo la agenda bastante llena. No me gustaría comprometerme a algo que luego no pueda cumplir.

—Estoy segura de que podríamos encontrar un momento —dice ella—. Aunque sea ocasionalmente.

Su tono es suave. Su mirada, insistente.

No intervengo. Solo observo.

Danna vuelve a mirarme.

—Tiene mucha suerte —dice—. No es fácil encontrar un esposo así.

—Lo sé —respondo, sin agregar nada más.

La cena continúa entre comentarios medidos y silencios que dicen más de lo que deberían. Danna ya no disimula su interés. Lo expresa en cada gesto, en cada pregunta dirigida a Nicolás, en cada pausa calculada.

—¿Hace cuánto están casados? —pregunta ella, apoyando suavemente los codos sobre la mesa.

—Un año —respondo—. Apenas un año.

Sus ojos se abren con una mezcla de sorpresa y admiración.

—Es maravilloso —dice—. Tan jóvenes… y ya con una familia formada. Un matrimonio sólido, estabilidad, éxito profesional. Lo tienen todo.

Hace una breve pausa, como si midiera el impacto de sus palabras.

—Muchos sueñan con algo así. Un esposo reconocido, una carrera exitosa, una buena posición social… y además un hijo. De verdad, son una pareja envidiable.

Nicolás y yo nos miramos por un segundo. Es un gesto automático, casi aprendido. Desde afuera debe verse perfecto. Coordinado. Natural.

—Sí —respondo finalmente, esbozando una sonrisa serena—. Claro que sí. Somos muy afortunados.

Mi voz no titubea.

Sonríe, como si entendiera algo más de lo que digo.

Por dentro, sin embargo, sé que no todo es tan simple. Que esa imagen impecable que proyectamos está sostenida por silencios, por concesiones, por tensiones que nadie más ve. Que nuestra estabilidad, tan admirada, también tiene grietas.

Pero esas cosas no se exponen. No en noches como esta.

 La casa estaba en silencio cuando regresamos. Solo se oía el sonido apagado de la puerta al cerrarse y el murmullo lejano de la noche filtrándose por los ventanales.

Subimos a la habitación. Nicolás venía detrás de mí. Me senté frente al tocador y comencé a quitarme los pendientes con movimientos lentos, casi automáticos. Dejé el collar sobre la madera y tomé una toallita para retirar el maquillaje. El espejo me devolvió una imagen tranquila, aunque por dentro no lo estaba del todo.

En el otro extremo de la habitación, Nicolás se aflojó la corbata y se quitó el saco. Lo colgó con cuidado, como siempre hacía, y después comenzó a desabrocharse la camisa.

—Danna me resultó… interesante —dije al cabo de unos segundos, observando cómo el rímel desaparecía de mis pestañas—. Es bonita. Bastante extrovertida.

—Sí —respondió él—. A mí me pareció divertida.

Incliné apenas la cabeza, midiendo mis palabras.

—También me pareció bastante intensa —añadí—. ¿Notaste cómo te miraba?

—La verdad, no.

—Parecía que no le importaba mi presencia. No imagino qué hubiera sido si ibas solo.

Nicolás se detuvo un instante y luego sonrió, como sorprendido.

—¿Estás celosa?

No contesté enseguida. Tomé mi pijama del respaldo de la silla y caminé hacia el baño.

—¿Debería estarlo? —pregunté sin girarme.

Antes de que pudiera tomar el pestillo de la puerta, él se acercó y tomó mi rostro entre sus manos. Me obligó a mirarlo. Su expresión era suave, sincera.

—Sería un tonto si mirara a otra mujer teniendote a mi lado.

Sin decir nada más, me besó. Al principio fue un gesto tranquilo, casi tierno, pero pronto sentí cómo el beso se volvía más intenso de lo que esperaba. Algo en mi pecho se aceleró, una mezcla de emoción y nerviosismo.

Me separé con suavidad.

—Camila… —dijo en voz baja—. ¿Qué pasa?

Lo miré sin responder.

—Desde hace tiempo intento acercarme —continuó—. Busco estar contigo, y siempre me evades. ¿Hice algo mal? ¿Está pasando algo que no me estás diciendo?

Bajé la mirada. Sentí el peso de sus palabras, pero no encontré una respuesta que pudiera decir en voz alta.

—Al principio lo entendía, Alvarito era pequeño, el parto era reciente, ni siquiera intentaba acercarme. Pero Camila, nuestro hijo ya tiene cinco meses. Dime ¿Qué es lo que te impide estar conmigo ahora?

El silencio se hizo espeso entre los dos. Apreté los labios.

—Voy a ducharme —murmuré.

Nicolás soltó un suspiro de frustración.

Rodeé su cuerpo con cuidado y caminé hacia el baño sin volverme. Cerré la puerta detrás de mí, dejándolo solo en la habitación.

Apoyé las manos en el lavamanos y respiré hondo. El silencio del baño era distinto, más denso. Abrí la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, como si pudiera arrastrar esa tensión que no sabía cómo nombrar.

A veces, el problema no es la falta de amor, sino todo lo que no se dice para no romper lo que parece estar en pie.

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