Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5 — Mara tiene preguntas
La marca ardía.
Valeria se tocó la clavícula sin pensar, mientras mantenía los ojos fijos en la pantalla. El cursor parpadeaba. La página seguía en blanco.
Llevaba así una hora. Tal vez dos. Ya no lo sabía.
El ardor era leve, pero constante. Como una brasa que nunca terminaba de apagarse. Había aprendido a ignorarlo durante el día, pero cada vez que bajaba la guardia, volvía.
—Vale —dijo en voz alta—. Concéntrate.
Apoyó las manos en el teclado.
Escribió:
Ella abrió la puerta.
Lo borró.
Escribió:
No sabía lo que encontraría al otro lado.
Lo borró otra vez.
El olor llegó de repente.
Ese olor.
El mismo de los sueños. El mismo que llevaba días apareciendo en el apartamento.
Estuvo ahí un segundo, nítido, casi físico… y luego desapareció.
Valeria giró la cabeza.
Nada.
La ventana cerrada.
La puerta cerrada.
El apartamento vacío.
Respiró hondo. El olor ya no estaba.
Pero el corazón le latía demasiado rápido.
—Estás perdiendo la cabeza —murmuró.
La frase sonó hueca.
Porque no era eso.
Lo sabía.
No es mi cabeza.
Es otra cosa.
La puerta se abrió.
—¿Sabes qué he visto en la calle? —la voz de Mara llegó antes que ella—. Un perro con gafas. Gafas de sol. En serio. Iba en un coche descapotable, con las orejas al viento y gafas de sol. Creo que vive mejor que nosotras.
Valeria no se giró. Siguió mirando la pantalla, intentando que su cara no revelara nada.
—Hola.
—¿Hola? ¿Eso es todo? He venido con vino, con comida y con el reportaje del perro con gafas, y me dices hola.
—Hola, Mara.
—Así me gusta. Más calidez.
Oyó el ruido de las bolsas en la encimera, la nevera abriéndose, el tintineo de las copas.
Luego unos pasos que se acercaban.
—¿Sabes qué hora es?
—Las doce —respondió Valeria sin mirar.
—Las doce. Y tú sigues en pijama. Frente al ordenador. Con esa cara.
—¿Qué cara?
—Cara de no dormir. Cara de no escribir. Cara de que algo pasa.
Valeria apretó la mandíbula un segundo antes de girarse.
Mara estaba a dos metros de ella, con una copa de vino en cada mano. El pelo suelto, vaqueros, una camiseta con algo escrito en italiano.
Sonreía.
Pero sus ojos ya estaban haciendo el trabajo de siempre: mirar, registrar, analizar.
—Toma —dijo, tendiéndole una copa.
Valeria la aceptó y bebió.
El vino estaba bueno.
—Siestas —declaró Mara—. Es lo único que justificaría el pijama a las doce. ¿Has dormido?
—No.
—¿Has escrito?
—No.
—¿Has comido?
—No.
—Perfecto. Entonces estoy en mi elemento. Voy a alimentarte, hidratarte y sacarte la información.
Valeria sonrió apenas.
—¿Qué información?
—La de siempre. La que no me cuentas.
Mara se sentó en el sofá, cruzó las piernas y la miró con esa mezcla de complicidad y exigencia que solo ella sabía usar.
—Vamos —dijo—. Háblame.
—No hay nada que hablar.
—Mientes.
—¿Siempre sabes cuándo miento?
—Sí. Por eso somos amigas.
Valeria bebió otro sorbo. El vino calentó su pecho.
La marca, debajo, siguió ardiendo.
Como si también reaccionara a la presencia de Mara.
—Estás rara —dijo Mara—. Más que lo normal.
—Gracias.
—Es un dato. Desde que entré tienes los hombros así.
Le señaló la postura.
—Tensos. Como si esperaras algo.
—No espero nada.
—Mientes otra vez.
El silencio se alargó.
Valeria miró su copa.
El vino era rojo oscuro.
Como la sangre.
Apartó el pensamiento de inmediato.
—¿Te acuerdas del sueño que te conté? —preguntó.
—¿Qué sueño?
—El otro día. Cuando viniste.
Mara frunció el ceño, intentando recordar. Luego su expresión cambió.
—El del olor —dijo—. El de la habitación caliente.
—Ese.
—¿Qué pasa con él?
Valeria dudó.
Un segundo.
Dos.
Decirlo en voz alta lo haría real.
Y si era real… entonces todo era real.
—He vuelto a soñar —dijo finalmente.
—¿Y?
—Y no era un sueño normal.
—¿Cómo era?
Valeria la miró.
Mara esperaba sin prisa. Sin juicio.
Solo escuchando.
—Había alguien —dijo Valeria—. Un hombre.
—¿Conocido?
—No. Nunca lo había visto.
—¿Y?
—Y me habló. Me tocó. Dijo cosas.
Mara arqueó una ceja.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas que no debería saber.
—¿Como qué?
—Como que llevo semanas sin escribir. Como si me conociera desde antes.
Mara guardó silencio un momento. Luego bebió un trago largo.
—Vale —dijo—. Sueños raros. Puede pasar. Yo una vez soñé que me perseguía un pulpo gigante con sombrero.
—No es lo mismo.
—Lo sé. Sigue.
Valeria respiró hondo.
La marca ardía.
El olor apareció un instante… y desapareció.
Lo notó.
Esperó a ver si Mara también.
No.
Mara seguía igual.
—Cuando desperté —continuó Valeria—, la habitación estaba más caliente. No debería haberlo estado. Y había un olor. El mismo del sueño.
—¿Y?
—Y eso no es todo.
Se levantó.
Fue hasta la mesa donde estaba el cuaderno, lo tomó y regresó.
Se lo tendió a Mara.
—Lee.
Mara lo abrió y pasó las páginas hasta encontrar la frase.
Tardaste mucho en volver.
Levantó la vista.
—¿Esto lo escribiste tú?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
Valeria se sentó y se pasó una mano por la cara.
El cansancio pesaba.
—No recuerdo haberlo escrito. No recuerdo haber tocado el cuaderno. Pero está ahí. Mi letra. Mis palabras.
Hizo una pausa.
—Pero no son mis palabras. Son las que él dijo en el sueño.
Mara miró la página otra vez.
Luego a Valeria.
Luego otra vez la página.
Se levantó y caminó hasta la cocina. Dejó la copa en la encimera y se apoyó en ella con los brazos cruzados.
Se quedó así unos segundos.
Luego se giró.
—Vale —dijo—. Esto es raro.
—¿Solo raro?
—Bastante raro. Pero puede pasar. Estrés, bloqueo, escribes dormida...
—No escribo dormida.
—Que tú sepas.
—No escribo dormida.
—Vale, vale. Pero puede pasar.
Valeria negó con la cabeza.
—Hay más.
—¿Más?
Señaló su clavícula.
—Esto.
Mara se inclinó para mirar.
—¿El lunar? Sí. Siempre lo has tenido.
—No es un lunar. O sí. Pero nunca me había dolido.
—¿Te duele?
—Arde. Desde el sueño. Desde que él apareció.
Mara guardó silencio un momento.
Luego volvió al sofá, tomó su copa y bebió.
—Déjame ver si entiendo —dijo—. Tienes un sueño raro con un tipo que dice cosas. Despiertas y la habitación está caliente y huele raro. Aparece una frase escrita con tu letra que no recuerdas haber escrito. Y una mancha que nunca te dolió ahora te arde.
—Sí.
—¿Y el olor sigue?
—Va y viene.
—¿Y la marca?
—También.
—¿Y el tipo?
—No ha vuelto.
Pausa.
—Aún.
Mara asintió lentamente.
—Vale. Opciones.
Una: estás tan bloqueada que tu cerebro te está montando películas completas para no escribir.
Dos: hay algo real ahí.
Tres: las dos cosas.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé. Pero conozco tu cara. Y tu cara dice que esto no es solo estrés.
Valeria la miró.
Y por un momento sintió que podía respirar.
Porque Mara no estaba diciendo estás loca.
Mara estaba escuchando.
—¿Qué más? —preguntó.
—¿Cómo qué?
—¿Qué más sabes de él?
—Se llama Dorian.
—Dorian… como el de la foto.
—¿Qué foto?
—Nada. Sigue.
Valeria frunció el ceño, pero continuó.
—Dice que me escribió. O que yo lo escribí a él. No entendí bien.
—¿Y tú lo escribiste?
—No lo sé. En mis novelas… a veces los personajes…
—¿Crees que es un personaje?
—Podría ser. Pero no es como los otros.
—¿Por qué?
—Porque los otros los inventaba.
Hizo una pausa.
—Este se siente real.
Mara la observó largo rato.
Luego se inclinó hacia delante.
—Val, te voy a preguntar algo. Y quiero que respondas sin pensar.
—Dime.
—¿Tú quieres que sea real?
La pregunta cayó entre ellas como una piedra en agua quieta.
Valeria abrió la boca.
La cerró.
La marca latió.
—No lo sé —susurró.
—Piénsalo. Si todo esto es real… si hay un tipo que aparece en tus sueños, te toca, te dice cosas y luego deja huellas… ¿tú quieres que sea real?
—No lo sé.
—¿Le tienes miedo?
—No.
Una pausa.
—Eso es lo raro. No le tengo miedo.
—¿Entonces?
—No lo sé, Mara. No sé qué siento. No sé qué es.
Mara asintió y dejó la copa en la mesa.
—Voy a decirte algo —dijo—. Y puede que no te guste.
—Dime.
—Tú has pasado la vida sintiendo que no pertenecías. Como si siempre miraras desde fuera.
Valeria no respondió.
—Como si hubiera un lugar al que deberías estar… y no estuvieras.
—¿Adónde quieres llegar?
—A que ahora aparece esto. Algo que no entiendes. Algo que no controlas. Algo que da miedo.
Hizo una pausa.
—Pero también algo que te hace sentir.
Valeria la miró.
—Quizá no es un sueño —continuó Mara—. Quizá es real. Y quizá por eso te asusta. No él.
Otra pausa.
—Que sea real.
El silencio cayó entre ellas.
La marca ardió.
El olor apareció otra vez, fugaz.
¿Y si tiene razón?
—Puede ser —dijo finalmente Valeria.
Mara se levantó, fue a la cocina y regresó con la botella.
Volvió a llenar las copas.
—¿Sabes qué pienso? —preguntó.
—Dime.
—Pienso que llevas años escribiendo sobre monstruos que enamoran. Y ahora uno aparece.
Sonrió.
—Y en lugar de celebrarlo, te da miedo.
—No es un monstruo.
—¿Entonces qué es?
—No lo sé.
Valeria sostuvo su mirada.
—Pero no es un monstruo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo vi. Porque me miró. Porque cuando me tocó…
Se quedó callada.
—…no fue como si quisiera hacerme daño.
Mara la observó con atención.
—¿Te gustó? —preguntó.
—¿El qué?
—Que te tocara.
Valeria no respondió.
Pero su cara ardía.
La marca también.
—Ya —dijo Mara—. Eso responde.
—No responde nada.
—Responde todo.
Bebieron en silencio.
La luz de la tarde entraba por la ventana, suave, calmándolo todo.
—¿Y Leo? —preguntó Mara.
—¿Qué pasa con Leo?
—¿Sabe algo?
—No. Y no quiero que sepa.
—¿Por qué?
—Porque no. Porque esto no es asunto suyo. Porque es Leo. Porque es…
Se encogió de hombros.
—Martes.
Mara la observó.
—¿Segura?
—Sí.
Pero la expresión de Mara decía que no estaba convencida.
—¿Sabes qué creo? —dijo.
—Siempre crees algo.
—Creo que Leo no es lo que parece.
Valeria levantó la vista.
—¿Por qué dices eso?
—Por cómo te mira. Cómo pregunta. Como si supiera más de lo que dice.
Valeria la miró fijamente.
—¿Tú también lo notas?
—Yo lo noto. Y no soy la única.
Pausa.
—Pero tú eres la que no quiere verlo.
Valeria dejó la copa en la mesa.
La marca ardía.
El olor volvió, más intenso.
—No quiero hablar de Leo.
—Vale.
Mara sonrió.
—Hablemos del otro.
—Dorian.
—Dorian.
Se inclinó un poco.
—¿Va a volver?
—Creo que sí.
—¿Y qué vas a hacer cuando vuelva?
—No lo sé.
—¿Dejarlo pasar? ¿Preguntarle? ¿Tocarlo?
—Mara.
—¿Qué?
Valeria no respondió.
La pregunta quedó flotando.
Mara sonrió con una expresión suave, casi divertida.
—Eres una caja de sorpresas.
—No.
—Sí. Te pasan cosas que no le pasan a nadie… y te pasan a ti.
Valeria resopló.
Pero era una risa.
Pequeña.
Real.
La tarde siguió avanzando.
Hablaron de otras cosas: del italiano arrogante de Mara, que cada vez lo era un poco menos; de la última locura de Diana en redes; de si el perro con gafas volvería a aparecer.
De todo.
Y de nada.
Hasta que, cuando el sol comenzaba a caer y las copas estaban casi vacías, Mara dijo:
—Val.
—Dime.
—¿Y si no es un sueño?
Valeria la miró.
La misma pregunta que llevaba días haciéndose.
—Entonces estoy en problemas.
Mara sonrió.
Esa sonrisa suya que parecía saber más de lo que decía.
—Ya lo estabas —respondió—. Esto solo lo hace más interesante.
El silencio volvió.
La marca latió.
Una vez.
Dos.
Como un pulso.
—Gracias —dijo Valeria.
—¿Por qué?
—Por no decir que estoy loca.
Mara se encogió de hombros.
—Estás loca. Pero eso no es nuevo.
Valeria sonrió.
De verdad esta vez.
Mara se levantó y estiró los brazos. Luego miró el reloj.
—Me voy.
—¿Ya?
—El italiano espera. Y no es paciente.
—Que te vaya bien.
—Siempre.
En la puerta se giró y la miró con una intensidad que solo aparecía cuando el humor desaparecía.
—Oye.
—Dime.
—Si vuelve… si pasa algo…
—¿Qué?
—Quiero saber.
Sonrió.
—No para salvarte. Para saber.
Valeria asintió.
—Lo haré.
—No lo harás —dijo Mara—. Pero dilo igual.
Salió.
La puerta se cerró.
Valeria se quedó sola.
El apartamento en silencio.
La luz cayendo lentamente.
Las copas vacías.
El eco de las palabras de Mara.
¿Y si no es un sueño?
Ya lo estabas.
Se tocó la clavícula.
La marca ardía.
Siempre ardía.
El olor volvió.
Esta vez…
no se fue.