Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
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“Al borde de los recuerdos”
Silencio entre árboles
La cabaña crujía con el viento.
Los pinos, altos y antiguos, rozaban el techo como si quisieran entrar y espiar.
Tomás abrió los ojos.
No sabía qué día era.
No sabía su nombre.
Solo sabía que seguía vivo.
—¿Tomas… Tomás…?
El nombre se le escapaba en susurros.
Le sonaba familiar.
Demasiado.
Intentó moverse.
El cuerpo le dolía, pero ya no era un dolor paralizante.
Se aferró a los bordes del colchón.
Se impulsó.
Y por primera vez en días, se sentó al borde de la cama.
El suelo bajo sus pies estaba frío.
El aire olía a leña, a cuero, a hierbas.
Silvio, el viejo leñador, no estaba en ese momento.
Quizá cortando leña. O simplemente dándole espacio.
Tomás respiró hondo.
Cerró los ojos.
Y dejó que el silencio hablara.
Sombras que vuelven
Todo era oscuro.
Hasta que…
—¡Corre, Tomás! ¡Vamos a escondernos antes de que Sebastián nos encuentre!
Una voz de niña.
Una risa entre dientes.
El mesal.
El árbol seco.
Las piedras talladas con letras.
Un colgante.
Una letra T.
Una letra E.
Y luego…
un beso.
Pequeño. Torpe.
Pero real.
Abrió los ojos bruscamente.
El corazón le palpitaba.
—¿Quién eres? ¿Quién eres tú…? —murmuró, frotándose el rostro.
Pero no podía ver el rostro de la niña.
Estaba cubierto de niebla, de agua, de sombra.
Cerró los ojos otra vez.
—¿Por qué me duele el pecho? ¿Por qué me arde la piel cuando pienso en esa voz?
De repente, otra imagen.
Un grito.
Un rostro masculino, deformado por la furia.
Un golpe.
Arena en los ojos.
La sensación de ser enterrado vivo.
Y luego… una voz femenina gritando su nombre.
Desesperada.
—¡Tomás!
Se llevó las manos a la cabeza.
El recuerdo era fuerte. Crudo. Violento.
Pero inestable.
—¿Ella… me amaba? ¿Quién era ella? ¿Por qué me duele tanto no verla?
Silvio regresó y lo encontró así, sentado, temblando.
—Bien, muchacho… te has levantado. Eso ya es algo.
Tomás no lo miró.
Solo murmuró:
—¿Qué me pasó?
¿Por qué no recuerdo?
¿Quién soy?
Y quién era ella…
Silvio dejó la leña a un lado.
Suspiró.
—Todo a su tiempo. Las heridas del alma son más lentas que las del cuerpo.
Pero si duele tanto… es porque era real.
Tomás cerró los ojos una vez más.
Y en esa oscuridad que lo envolvía…
una voz susurró:
—“Si me olvidas… yo también moriré.”
“Corre, Tomás”
La chispa
El amanecer llegó con olor a humo y tierra mojada.
La brisa arrastraba el canto de los pájaros, pero en la cabaña, algo mucho más poderoso se agitaba.
Tomás despertó sobresaltado.
El corazón le latía con violencia.
Y esta vez… lo vio.
El rostro.
El rostro de la niña.
Cabello castaño claro, alborotado.
Ojos grandes, tristes, pero valientes.
Una risa entre dientes.
Una lágrima atrapada en la mejilla.
—“Toma, es para ti…” —decía ella, y le extendía algo:
un collar rústico, hecho con una cuerda de caballo, y dos piedras talladas.
Una T y una E.
Y luego…
el árbol.
El roble seco, con una cicatriz en la corteza.
Y detrás, un maizal dorado, tan alto como un niño.
Y al fondo, las piedras grabadas.
La voz de ella se filtró en su pecho:
—“Nunca me dejes, Tomás. Nunca.”
Se levantó.
Las piernas le temblaron, pero no pensó en el dolor.
—¡Soy Tomás! ¡Soy Tomás!
El nombre resonó en su cabeza como un tambor.
Salió de la habitación.
Tropezó con una silla.
Cayó de rodillas.
Se levantó, jadeando, arrastrando una pierna.
El viejo Silvio entraba justo con un balde de agua.
—¡Tomás, muchacho! ¿Qué haces? ¡No puedes salir!
—¡Tengo que irme! ¡Tengo que encontrarla! ¡Ella me necesita!
—¿Quién? ¿Quién te necesita?
—¡No lo sé! ¡Pero sé que tengo que ir! ¡Sé que tengo que correr al maizal!
El viejo trató de detenerlo, pero Tomás ya estaba en la puerta.
Abrió.
El aire frío golpeó su pecho desnudo.
Y sin pensarlo, corrió.
La caída
El bosque lo recibió con sombras y ramas cortantes.
Cada paso era una tortura.
Pero el dolor le confirmaba que estaba vivo.
Y que algo lo esperaba.
Corrió por el sendero lodoso.
Los pies descalzos tropezaban con raíces.
La visión se le nublaba.
Pero el recuerdo de su nombre y el rostro de la niña lo guiaban.
—“Elsa…” —susurró.
Ese nombre…
Sí.
Ella se llamaba Elsa.
¡ELSA!
Una rama le cortó el hombro.
Tropezó con una piedra.
Cayó al suelo.
Sangre.
Dolor.
Tierra en la boca.
Pero incluso así, rió.
Porque ahora lo sabía.
—Me llamo Tomás… y ella… ella es Elsa.
El viejo Silvio lo alcanzó unos minutos después.
Jadeando, con el bastón en la mano.
—¡Insensato! ¿Quieres matarte otra vez?
—¿Dónde está el pueblo?
—No puedes ir aún. Ni siquiera sabes el camino exacto. Estás herido.
Tomás lo miró con los ojos iluminados.
—Ella me espera.
Y yo…
yo ya estuve demasiado tiempo perdido.
Silvio lo cargó de vuelta.
Pero mientras lo llevaba, supo que ya no podría retenerlo mucho más.
El alma de Tomás había despertado.
Y eso no hay cuerpo roto que pueda detenerlo.
ecxelente