Lara Lance una joven de 16 años, decide abrazar su destino e irse a estudiar su último año de secuencia en Londres, ya que se le ha informado que está comprometida con el hijo de los Ross, Ricardo Ross, decidida deja Brighton y se va a Londres con su tío, lo que ella no esperaba era que su prometido, parecía no conocer de su compromiso y que además tenía novia.
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Capitulo 15: El gran regalo
El lunes llevo la cuenta regresiva también. Llegué con nuevas energías al colegio. En el fin de semana, había recargado mi energía; las primeras horas de clase se fueron muy rápido. El timbre para el almuerzo sonó; de inmediato, Karina me agarró de un brazo y me llevó casi corriendo para la cafetería.
Hicimos la fila para comprar algo, pero yo sentí desde que entré que el ambiente estaba pesado, que las personas a mi alrededor estaban murmurando y que me estaban mirando raro; algo no estaba bien.
Nos sentamos en la última mesa; después de un rato, llegó Alexis y se sentó con nosotras. Un tipo que nunca había visto se nos acercó y me dijo.
—Tú eres Lara, la de 4.ª, ¿verdad?
— Sí.
—Entonces, ¿cuánto es que cobras?
— ¿Cómo?, le pregunte.
El chico se quedó callado, pero me miraba raro. Alexis se enojó, se paró de la silla, apretó los puños y dijo.
—Explícate o te parto la cara aquí mismo.
El chico se asustó; de inmediato sacó el teléfono y le mostró algo en su celular a Alexis. Este miró con atención y dio un golpe en la mesa; yo de inmediato me paré y tomé el celular del teléfono. Había una foto editada con mi cara; el cuerpo estaba desnudo, solo tapado en las zonas íntimas con letras que decían: “Servicio de acompañante, con mucha experiencia, pregunta el precio, Lara 4ª”
No tenía que ser una adivina para saber quiénes eran los responsables. Alexis agarró al chico del cuello; yo los separé para que no lo golpeara, agarré el teléfono del chico fuerte en una mano y luego a Alexis. Pensé en correr hacia la oficina del tío, pero no lo hice. Miré a mi alrededor, vi a Beatriz riéndose, Mateo también tenía una media sonrisa en su boca y Ricardo estaba serio, los tres en una mesa, con las dos chicas que siempre estaban con Beatriz, que también se estaban burlando.
—Todo lo que tengas en tu teléfono y por donde enviaron eso, envíaselo a Alexis, y luego vete. Le dijo al chico.
—Pero, Lara. Replicó Alexis.
—Este chico no tiene nada que ver con esos. (Los señalé sin miedo; Alexis los miró). Esta cuenta me la voy a cobrar ojo por ojo.
La decisión estaba tomada; ahora me doy cuenta de que la gente empuja a otros hacia el abismo. Karina parecía preocupada, pero no se atrevió a preguntar. Después de que el chico envió todo, Alexis se fue; yo sabía que iba a decirle todo al tío, pero no había pruebas, solo fotos editadas. De nuevo me había vuelto la burla de todos y me sentía como un bicho raro bajo una lupa.
Karina sacó su teléfono y comenzó a buscar en silencio, hasta que encontró algo. Me miró con tristeza; ella se sentía mal por lo que me estaban haciendo, se le notaba que me quería consolar; sin embargo, antes de que ella me dijera algo, yo le dije.
—No te preocupes por eso, yo no soy de las que lloran delante del enemigo.
Comí mi almuerzo, respiré profundo, ignoré todas las miradas, las risas y los murmullos de los que hablaban a mis espaldas. Todo esto me hizo entender lo cruel que son las personas, que no lo piensan para dañar a otros, entonces yo por qué lo pienso tanto.
Salí de la cafetería antes de que tocaran el timbre; Karina se fue detrás de mí. Llegué al salón de clases; la profesora había llegado, el timbre sonó y, en el momento que me senté en mi asiento, la profesora comenzó a explicar un nuevo tema. A los treinta minutos, entraron Alexis y Ricardo; ambos habían peleado, la ropa rota, moretones en el rostro; al parecer, habían ido a la enfermería, porque tenían curitas en algunas partes.
Nadie dijo nada; la profesora continuó con el tema. Yo no me podía concentrar, mi mente estaba en otra parte, me sentía llena de ira, de impotencia, acorralada, atrapada en cosas que nunca pensé vivir. La clase terminó; los demás corrieron para salir del aula, pero Alexis, Karina, Ricardo y yo, ninguno se movió de su asiento; la rata de Mateo esperaba en la puerta.
—No tengo nada que ver con esas fotos, ni Beatriz, ni Mateo tampoco. He tratado de llevar las cosas en paz, pero con ustedes no se puede. No pienses que te tengo miedo, o que si me atacas no me voy a defender. No me importa lo del compromiso, eso son cosas de los adultos; ¿cómo sé yo que no fue ella misma la que hizo esas fotos para culparnos? No es una persona que solo vive calculando y esperando a la oportunidad de atacar como si fuera una víbora.
Se levantó de golpe de su asiento cuando me dijo víbora. Alexis se iba a parar; yo lo agarré. Estas cosas no se pueden arreglar con los golpes; aunque él no sea quien lo hizo, es la causa de todo. Solo voy a dejar que esto se enfríe y luego comerlo.
— Alexis, a los golpes nada se va a resolver, ya cálmate, y si tienes razón, yo soy una persona calculadora, y voy a darles a todos ustedes un gran regalo; espero que lo puedan soportar.
Me levanté de mi asiento, tomé mis cosas y salí del aula, con Alexis de un brazo. Me topé con Mateo afuera y lo empujé a un lado cuando iba pasando. Karina nos seguía; era lunes, apenas la semana había empezado, y ya el mundo se había caído arriba y me había aplastado.
Al llegar a casa, subí las escaleras, entré a mi habitación, tiré la mochila en el suelo, me acosté en la cama, tomé una almohada, me la puse en la cara y comencé a llorar. Ahogué mis gritos lo más que pude, no pude parar de llorar, sentía que algo en mi interior estaba roto, y el dolor no me dejaba; solo quería darme por vencida e irme con mis padres, a mi antigua escuela, donde nada de esto me hubiera pasado.
«Un dolor que no había sentido, humillada por todos, herida más allá de las palabras; no importa cuántos golpes reciba, nunca caeré donde los demás puedan verme en el suelo».