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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 10

Narrador: Mateo Ubicación: Despacho del Director Sánchez / Pasillos del Instituto San Lorenzo

El despertador de Leo no sonó; lo que nos despertó fue el golpe metálico de la verja de abajo. Me senté en la cama de un salto, con el corazón martilleando contra las costillas. Llevaba puesta la sudadera de Leo y me sentía como un impostor en mi propia piel.

—Es el coche de mi padre —dije, mirando por la rendija de la cortina. El sedán negro estaba aparcado frente a la casa azul, como un tiburón en una piscina infantil—. Me ha encontrado.

Leo se restregó los ojos, pálido.

—¿Cómo ha sabido que estabas aquí?

—Es Roberto Velázquez, Leo. Paga a gente para saber dónde están sus inversiones. Y ahora mismo, yo soy una inversión en pérdidas.

Bajamos las escaleras. La madre no estaba, ya se había ido a la panadería. Salimos a la calle y el aire húmedo de la post-tormenta nos golpeó la cara. Mi padre no se bajó del coche. Solo bajó la ventanilla trasera. Sus ojos eran dos pozos de decepción.

—Sube al coche, Mateo —dijo, sin emoción—. Ahora.

—No voy a ir a ningún internado, papá.

—No vas a ningún internado. Vas al instituto. El director Sánchez nos espera a las ocho en punto. A los tres.

Miró a Leo con un asco tan evidente que sentí ganas de golpearle el cristal.

—Señor Candelario —añadió mi padre—, le sugiero que camine rápido. No querrá llegar tarde a su propia ejecución académica.

El trayecto al instituto fue un silencio sepulcral. Leo caminó, yo fui en el coche, sintiendo que cada centímetro de cuero del asiento me quemaba. Al llegar, la entrada estaba inusualmente concurrida. Los rumores de mi "fuga" ya habían corrido como la pólvora.

Caminamos por el pasillo hacia la dirección. Mi padre delante, con su traje de tres piezas impecable, y yo detrás, con la ropa prestada de Leo, despeinado y con la marca de un beso que todavía sentía en el cuello. Era una declaración de guerra visual.

Frente al despacho del director, estaba Bruno. No estaba solo. Su padre, el señor García, un hombre con cara de bulldog y manos gruesas, hablaba en susurros con el director.

—Pasen, por favor —dijo la secretaria, con una voz que sonaba a pésame.

El despacho del director Sánchez era un mausoleo de madera oscura y títulos enmarcados. Nos sentamos en semicírculo. Mi padre y yo a un lado; Leo en una silla plegable que trajeron a toda prisa; Bruno y su padre al otro extremo.

El director Sánchez suspiró, entrelazando sus dedos sobre un sobre de manila.

—Señores, esto es extremadamente desagradable —empezó Sánchez—. El Instituto San Lorenzo tiene una reputación de excelencia moral que no voy a permitir que se ensucie por... conductas desviadas y actividades delictivas.

—Vaya directo al grano, Sánchez —gruñó el padre de Bruno—. Todos sabemos por qué estamos aquí. Mi hijo fue agredido por este delincuente juvenil —señaló hacia mí— y ahora resulta que además están convirtiendo el colegio en un nido de vicios.

—¿Vicios? —salté de la silla—. ¿De qué cojones está hablando?

—¡Mateo, cállate! —ordenó mi padre.

—No me voy a callar. Bruno me atacó en el baño con dos amigos más. Me defendí. Eso es todo.

—¿Eso es todo? —Bruno sacó su teléfono y lo puso sobre la mesa del director—. Enséñele las fotos, director. Las que circulan desde las seis de la mañana.

El director deslizó el sobre de manila. Sacó tres fotografías impresas. En la primera, se me veía saltando por la ventana de la planta baja de mi casa anoche, bajo la lluvia. En la segunda, se veía a Leo abriéndome la puerta de su casa en San Antonio. La tercera era la más granulada, pero la más dañina: una toma desde la calle donde se veían nuestras siluetas a través de la cortina de Leo. Estábamos cerca. Demasiado cerca para ser "solo amigos".

—Esto es una invasión de la privacidad —dijo Leo, su voz era un hilo, pero era firme—. ¿Quién hizo esas fotos?

—Eso no importa, jovencito —dijo el padre de Bruno—. Lo que importa es lo que revelan. Un intercambio nocturno. Velázquez huyendo de su casa para ir a una zona conocida por el tráfico de estupefacientes. ¿Qué llevabas en esa mochila, Mateo? ¿O es que el pago fue... de otra naturaleza?

El silencio que siguió fue asfixiante. Mi padre cerró los ojos, avergonzado.

—Señor Director —dijo mi padre, recuperando la compostura—, mi hijo ha tenido un comportamiento errático, pero estas acusaciones de drogas son infundadas.

—¿Infundadas? —Sánchez abrió el sobre de nuevo y sacó una bolsa pequeña con restos de polvo blanco—. Esto fue encontrado esta mañana en la taquilla de Leonardo Candelario durante una inspección rutinaria motivada por... denuncias anónimas.

Leo se levantó de golpe, la silla cayendo hacia atrás.

—¡Eso no es mío! ¡Yo no tengo la combinación de mi taquilla en secreto, todo el mundo sabe que la puerta está floja! ¡Me la han puesto ahí!

—Es la palabra de un chico de San Antonio contra una evidencia física, hijo —dijo el señor García con una sonrisa cruel—. Y sumado a la conducta... afectiva inapropiada que sugieren las fotos, el consejo escolar tiene base suficiente para una expulsión inmediata por falta grave contra la moral y la salud pública.

Miré a Bruno. Estaba disfrutando cada segundo. No era solo odio; era el placer de ver cómo su mundo de orden y privilegios aplastaba al nuestro.

—Es talco —dije de repente.

Todos se giraron hacia mí.

—¿Qué dice? —preguntó Sánchez.

—Que eso es talco, o harina, o cualquier mierda que Bruno haya sacado de su cocina. ¿Lo han analizado? ¿O simplemente se fían de lo que un matón les pone delante?

—El protocolo exige... —empezó Sánchez.

—¡El protocolo exige que no se expulse a nadie sin pruebas! —grité, golpeando la mesa—. Bruno me ha estado acosando desde el primer día porque no soporta que Leo sea mejor que él. Porque no soporta que yo no le tenga miedo. Ha inventado lo de las drogas para ocultar que es un cobarde que necesita a su papi para ganar sus batallas.

—¡Cuidado con cómo le hablas a mi hijo! —el padre de Bruno se levantó, amenazante.

—¿O qué? ¿Me va a pegar usted también? —me encaré con él—. Adelante. Hay cámaras en el pasillo, ¿no? ¿O esas tampoco funcionan cuando conviene?

—¡Basta! —Sánchez golpeó la mesa—. La decisión está tomada. Mateo Velázquez, queda suspendido indefinidamente hasta que se aclare la procedencia de las fotos y se realice un test de drogas formal. Leonardo Candelario, dada la gravedad de lo encontrado en su taquilla, queda expulsado del centro de forma inmediata.

Leo se quedó petrificado. El aire pareció escaparse de sus pulmones. La expulsión para él no era solo cambiar de colegio; era el fin de su beca, el fin de su futuro, la vergüenza para su madre.

—No puede hacer eso —dijo Leo, y esta vez su voz no tembló. Estaba rota, pero era dura como el diamante—. Usted sabe que yo no he hecho nada. Usted sabe que Bruno me pega en los recreos y usted mira para otro lado porque su padre dona dinero para el nuevo pabellón de deportes.

Sánchez se puso rojo como un tomate.

—Retire eso, Candelario.

—No lo retiro. Es la verdad. Y las fotos... sí, Mateo estuvo en mi casa. Porque su padre es un monstruo que le hace sentir que no vale nada. Estuvo allí porque somos amigos. Y sí, nos queremos. ¿Es eso un delito en este instituto? ¿Es esa la "moral" que defienden?

—¡Fuera de mi despacho! —rugió Sánchez—. ¡Seguridad, escolten a estos chicos fuera de la propiedad!

Mi padre se levantó, ajustándose la chaqueta. Ni siquiera me miró.

—Sánchez, hablaremos luego sobre los términos de la baja de mi hijo. Señor García, lamento que hayamos tenido que coincidir en estas circunstancias.

Salimos al pasillo. Los guardias de seguridad nos seguían de cerca, como si fuéramos criminales peligrosos. La noticia ya había volado. Los alumnos se amontonaban en las puertas de las clases.

Vimos a Clara al final del pasillo. Estaba pálida, con el móvil en la mano. Intentó acercarse, pero un profesor se lo impidió.

—¡Mateo! ¡Leo! —gritó ella—. ¡No os rindáis! ¡Tengo cosas!

La seguridad nos empujó hacia la salida principal. Al cruzar el umbral, el sol nos cegó. La puerta de hierro se cerró detrás de nosotros con un sonido definitivo.

Nos quedamos en la acera. El coche de mi padre pasó por delante de nosotros sin detenerse. Me quedé solo con Leo, bajo el sol implacable de las nueve de la mañana.

Leo se sentó en el bordillo de la acera y escondió la cabeza entre las manos. Empezó a sollozar, un sonido desgarrador que me partió el alma.

—Lo he perdido todo, Mateo —decía entre dientes—. Mi madre... va a morir cuando sepa que me han echado por drogas. No tenemos dinero para otro colegio. Se acabó.

Me senté a su lado. Le pasé un brazo por los hombros, ignorando a la gente que nos miraba desde las ventanas del instituto.

—No se ha acabado, Leo. Escúchame. No se ha acabado.

—¿Cómo puedes decir eso? Nos han echado como a perros. Bruno ha ganado.

—Bruno cree que ha ganado porque juega con sus reglas. Pero se ha olvidado de una cosa.

Leo levantó la cara, con los ojos rojos y empañados.

—¿De qué?

—De que yo no tengo nada que perder. Él sí. Él tiene su reputación, su equipo de fútbol, su papi rico y su futuro perfecto. Yo solo tengo esta sudadera que me prestaste y a ti. Y voy a quemar su mundo de cristal hasta que no quede nada.

En ese momento, el teléfono de Leo vibró. Era un mensaje de Clara.

CLARA: He visto la bolsa de "droga" que sacaban de la taquilla. Es el bicarbonato que usamos para las maquetas de química. Tengo la grabación de Javi entrando en el despacho del director anoche con el padre de Bruno. No estaban denunciando nada, estaban negociando. Nos vemos en el parque en diez minutos. Traed gasolina mental. Vamos a por ellos.

Miré a Leo. El rastro de las lágrimas seguía ahí, pero algo se había encendido en su mirada. Una chispa de esa rabia que solo tienen los que han sido humillados demasiado tiempo.

—¿Gasolina mental? —preguntó Leo, esbozando una sonrisa amarga.

—Gasolina de la buena —respondí, levantándome y ofreciéndole la mano—. Vamos, socio. Tenemos una revolución que organizar.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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