Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 12
Dante
Salimos de la finca antes de que amaneciera del todo. El cielo todavía estaba gris, como si no terminara de decidirse entre la noche y el día. Vera tomó su medicamento con un sorbo de agua y, después de unos segundos de silencio, me miró.
—¿Cómo supiste lo del oro? —preguntó.
—Escuché a dos empleados —respondí—. Hablaban bajito, creyendo que nadie los oía. Me hice el desentendido, pero luego revisé mapas, informes antiguos… y encajó.
Ella asintió lentamente.
—Esto cambia muchas cosas.
—Lo sé.
El camino fue tranquilo. Demasiado tranquilo para todo lo que llevábamos encima. Hablamos con calma, como si estuviéramos haciendo un esfuerzo consciente por no romper ese pequeño espacio de paz.
Al llegar a la ciudad, me pidió que la dejara en un hotel.
—¿Por qué no te quedas en mi casa? —pregunté—. No tienes que esconderte.
—No quiero que mi madre ni mi hermana me vean así —dijo, tocándose con cuidado el pómulo—. Y… también quiero estar sola.
—No es ningún abuso, Vera.
Ella sonrió, cansada pero sincera.
—Gracias. De verdad. Pero estoy bien.
—Cualquier cosa que necesites, me avisas.
—Lo haré.
Me dio un beso en la mejilla y bajó del auto. Me quedé viéndola entrar al hotel más tiempo del necesario.
Miré la hora. 12:30.
Perfecto para lo que tenía que hacer.
Fui directo a la empresa de Tobías. Entré sin golpear. Él estaba en reunión con su junta directiva, hablando como si fuera el dueño del mundo.
—Largo todos —dije.
Tobías me miró incrédulo. Mi madre también estaba ahí.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella—. No puedes entrar así.
—Sí puedo —respondí—. Y les estoy diciendo que se vayan. Ahora.
Hubo un silencio incómodo. Los miembros de la junta se miraron entre sí y, uno a uno, se levantaron. Mi madre, en cambio, se quedó.
Cerré la puerta.
—Tú no puedes imponerte sobre mi junta —dijo Tobías—. Esta es mi empresa.
—Todos me hacen más caso a mí que a ti —le respondí, acercándome—. Y sabes por qué.
—¿Qué está pasando? —preguntó mi madre.
—¿Qué pasa? —repetí—. Que Tobías le pegó a una mujer. Y eso no se lo voy a permitir.
No vio venir el golpe.
Mi puño impactó su cara y su camisa blanca se manchó de sangre. Apenas retrocedió.
—Le tuvo que haber pegado más duro a esa mujerzuela —dijo mi madre.
La miré, incrédulo.
—¿Te estás escuchando? —dije—. Papá jamás te golpeó, y tú sales con esta mierda.
—Eres un imbécil —escupió Tobías.
Sonreí. Frío.
—Te reto a que intentes defenderte. Te veo, hermanito.
Él dio un paso atrás.
—Deja de ser tan cobarde.
Me giré hacia mi madre.
—Y tú deja de alcahuetear cada estupidez que se le pasa por la cabeza. No es un niño. Y el día que él te golpee, no vengas a llorar ante mí.
Salí azotando la puerta.
En el pasillo, los miembros de la junta me saludaron con respeto. Uno de ellos se acercó.
—¿No quiere tomar usted la dirección? —preguntó—. Tobías nos va a llevar a la quiebra.
—La empresa no es mía —respondí—. No me interesa si se hunde o flota.
—Por favor, hable con Gustavo —me dijeron, entregándome un sobre.
—Lo pensaré.
Vera me llamó.
—¿A qué hora es la cita en el laboratorio?
—A las tres.
—Te invito a almorzar.
—Gracias.
Nos vimos en una terraza con vista a la ciudad. Pague el almuerzo y caminamos hasta el laboratorio. Dejamos la muestra y luego fuimos a comprar alambre concertina, del que usan en las prisiones.
—Sería bueno contratar seguridad nocturna —dije.
—Habrá que sacar costos —respondió—. Y pedir que roten al personal para evitar robos.
—No los pensaba para la mina —aclaré—. Los pensaba para la casa.
Ella asintió.
—Puede ser una opción.
—Por cierto —añadí—, ya llegó la licencia ambiental renovada.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Podemos empezar a excavar?
—Sí.
Sonrió como una niña.
—Tendré mi collar de esmeraldas.
Sonreí.
—No te burles —dijo, dándome un pequeño golpe en el pecho.
Pasamos la tarde comprando cosas para la casa. Yo solo la observaba: flores, cuadros, jarrones. Me preguntaba mi opinión, reía, se olvidaba por momentos del golpe.
Era una calma que no recordaba haber tenido.
Cuando estaba a punto de decirle eso, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Señor De Bedout? —dijo una voz—. Ya tenemos los primeros resultados de la muestra. Y creemos que debe venir cuanto antes.
Sentí cómo el estómago se me cerraba.
—¿Por qué?
Hubo un segundo de silencio.
—Porque lo que encontramos… no es normal.