A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad
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Capítulo 4: El Eco de las Heridas
La primera semana de Azul en el imperio de Alejandro Rodríguez había sido un despliegue de guerra psicológica. Alejandro no solo era un jefe exigente; era un tirano que probaba los límites de su resistencia. Le asignaba proyectos a medianoche, corregía sus diseños con una frialdad quirúrgica y la observaba desde su escritorio como si ella fuera un espécimen bajo un microscopio.
Sin embargo, Azul no se había quebrado. Trabajaba con una precisión que incluso a él le costaba criticar. Esa noche, la tormenta azotaba los ventanales de la oficina, convirtiendo la ciudad en una mancha de luces borrosas.
Un destello de vulnerabilidad
Alejandro estaba sumergido en un informe financiero cuando un ruido seco lo hizo levantar la vista. Azul, en su mesa de dibujo al fondo del despacho, había dejado caer su pluma. Tenía la mirada fija en el vacío, sus nudillos blancos apretando el borde de la mesa. Por un segundo, la máscara de "profesional perfecta" se había deslizado, dejando ver a la niña abandonada a los cuatro años.
Él se levantó. Sus pasos, generalmente ruidosos por el eco de sus zapatos italianos, fueron extrañamente silenciosos sobre la alfombra persa. Se detuvo a su lado.
—El diseño de la marca para el complejo de Singapur está incompleto, García —dijo, pero su tono carecía de la mordacidad habitual—. ¿Te has quedado sin ideas o es que el cansancio por fin te ha alcanzado?
Azul se sobresaltó. No lo había sentido acercarse. Se apresuró a recoger la pluma, pero su mano temblaba ligeramente.
—Estoy bien, señor Rodríguez. Solo... los truenos —mintió ella, aunque la verdad era que la fecha de hoy marcaba el aniversario del día en que su padre se fue para no volver jamás.
Alejandro la observó. Por primera vez, no vio a una empleada, sino a una mujer cuya belleza era acentuada por una tristeza profunda y antigua. Sin pensarlo, impulsado por un instinto que creía muerto, extendió la mano y rozó el hombro de Azul.
El acercamiento
El contacto fue como una descarga eléctrica para ambos. Azul se tensó, pero no se alejó de inmediato. Alejandro sintió la calidez de su piel a través de la fina blusa de seda, y algo en su interior, un engranaje oxidado por el cinismo, comenzó a girar.
Él se inclinó un poco más, rompiendo la barrera del espacio personal que él mismo había impuesto. El aroma de Azul —vainilla y papel viejo— lo envolvió, nublando su mente calculadora.
—Azul... —susurró su nombre por primera vez, sin el apellido, sin el título—. Tienes una fuerza que no entiendo. He visto a hombres más experimentados que tú llorar en este despacho bajo mi presión. ¿De dónde sacas esa voluntad?
Se acercó tanto que Azul pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. La mano de Alejandro subió desde su hombro hasta su mejilla, con una lentitud casi dolorosa. Sus dedos largos y fríos acariciaron el contorno de su mandíbula. Por un momento fugaz, los ojos de Alejandro no eran los de un verdugo, sino los de alguien que también buscaba algo en la oscuridad.
Azul cerró los ojos, traicionada por su propio cuerpo que ansiaba un refugio. Pero entonces, la imagen de su madre gritando y la sombra de su hermano fallecido —la razón del odio de Alejandro— cruzaron su mente como un relámpago.
El rechazo
Justo cuando Alejandro acortaba la distancia para besarla, Azul se puso de pie bruscamente, empujando la silla hacia atrás. La madera chirrió contra el suelo, rompiendo el hechizo.
—No —dijo ella, con la voz entrecortada pero firme.
Alejandro se quedó con la mano en el aire, su rostro transformándose de nuevo en una máscara de piedra. La vulnerabilidad desapareció, reemplazada por un orgullo herido.
—¿"No"? —repitió él, con una sonrisa cínica asomando en sus labios—. ¿Te asusta que pueda haber algo real entre nosotros, Azul? ¿O es que tu orgullo es más grande que tu deseo?
—No es orgullo, es supervivencia —respondió ella, retrocediendo hasta chocar con el ventanal—. Usted no cree en el amor porque lo culpa de su tragedia. Yo no creo en el amor porque nunca lo he tenido. Para mí, el amor es una moneda de cambio que siempre termina en deuda. Es el dolor que mi madre me daba en lugar de comida; es el vacío que dejó mi padre.
Alejandro la miró con intensidad, sus ojos volviéndose oscuros.
—Somos iguales, entonces —dijo él, dando un paso hacia ella—. Dos cínicos que saben que el mundo es un lugar oscuro. ¿Por qué no usar eso a nuestro favor?
—Porque usted quiere usarme para llenar su soledad sin arriesgar nada —le espetó Azul, con lágrimas de rabia en los ojos—. Quiere un acercamiento físico que no le comprometa el corazón. Pero yo no soy un contrato que pueda firmar y archivar. Prefiero estar sola en mi dolor que ser el juguete de alguien que ha decidido que el sentimiento es una debilidad.
Alejandro apretó los puños. Las palabras de Azul le dolieron más que cualquier pérdida financiera. Ella le estaba poniendo un espejo frente a su alma, y lo que veía no le gustaba.
—Vete a casa, García —dijo él, volviendo a su escritorio con una frialdad que helaba la sangre—. Mañana quiero el diseño terminado a las ocho. Y no vuelvas a confundir un momento de fatiga con interés personal. No volverá a suceder.
Azul tomó sus cosas sin decir una palabra. Caminó hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Tiene razón, señor Rodríguez. No volverá a suceder. Porque para darle una oportunidad a la felicidad, primero hay que ser lo suficientemente valiente para ser débil. Y usted es el hombre más cobarde que he conocido.
La puerta se cerró con un clic definitivo. Alejandro se quedó solo en la opulencia de su oficina, rodeado de millones de dólares, pero sintiéndose, por primera vez en su vida, profundamente pobre.