Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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La Interrupción
La empresa de Evans & Asociados ocupaba los últimos pisos de un rascacielos en el centro financiero. Todo en el solo eran vidrios, acero y eficiencia. Nada comparado con el caos que Marcos se había encargado de introducir en mi compañía en los últimos años.
La recepcionista al verme inmediatamente intentó anunciarme, pero no la dejé, solo ingresé y a las 10:03 a.m. del 12 de diciembre de 2015, las puertas de la sala de juntas del Grupo Castillo & Asociados se abrieron de golpe. Y Evans Castillo —CEO, narcisista certificado, dueño de la mitad de los rascacielos de la capital— se encontraba en plena exposición de su nuevo proyecto inmobiliario. En la mesa se encontraban treinta ejecutivos quienes colgaban de sus palabras; y él, estaba de pie al frente, con el puntero láser danzando sobre gráficos de millones.
Y yo ingresé sin siquiera anunciarme. Con mis tacones resonando como si fuesen disparos. Traía puesto un vestido negro ajustado, el cabello suelto, y una carpeta roja en la mano. Los ejecutivos al mirarme inmediatamente se dieron la vuelta. Y Evans no tardó en fruncir el ceño, obviamente molesto por la interrupción.
—¿Quién demonios...? —exclamó.
Opté por poner la carpeta encima de la mesa de caoba con un golpe seco que hizo que los vasos de agua saltaran.
—Cancela está reunión —agregué, sin observarlo a él, sino a los treinta rostros petrificados—. Porque tengo algo que decirte, Evans, y estoy segura de que te va a interesar más que esta reunión.
Hubo un silencio repentino, y él elevó una ceja, divertido. Porque el narcisista en él ya estaba olfateando el drama.
—¿Y usted quién es para estar dando órdenes en mi sala?
—Elena Vidal —contesté, mientras abría la carpeta y le deslizaba una foto 20x25 directo hacia él, en donde se encontraban: Marcos y Sofía besándose en el motel “El Trébol”. Al ver la imágen la sonrisa de Evans se congeló. Y los ejecutivos contuvieron el aliento.
—Fuera —ordenó él de pronto, sin desviar la mirada de la foto—. Todos.
Hubieron algunos que otros susurros, sillas que se empezaron a arrastrar, seguido de las puertas que no tardaron en ser cerradas. Y sólo quedamos nosotros dos solos. Evans se limitó a recostarse en su silla de cuero, cruzando los brazos, y me observó con esa combinación de arrogancia y curiosidad que tanto lo definía.
—Señora Vidal —habló finalmente, levantándose de su silla con indiferencia pero con una clara cortesía—. O debería decir Elena, ya que vamos a hablar de negocios que nos afectan a ambos. —Dijo, haciendo una pausa y luego prosiguió —. Habla. Tienes sesenta segundos antes de que llame a seguridad.
Saqué el contrato que había traído conmigo y lo puse sobre la mesa. —Fusión 50/50. Tus acciones blindan las mías, Marcos no toca ni un centavo. A cambio, te daré el 49% de mis operaciones en Europa. Y... —permití que el silencio hablara por si solo—te ofrezco la oportunidad de humillar a tu rival delante de toda la ciudad.
Él tomó el contrato entre sus manos, y lo hojeó con una lentitud teatral. —¿Y por qué yo?
—Porque sé que odias a muerte a Marcos —agregué, sin parpadear—. Y porque sé que odias perder. Es un ganar, ganar—. Evans soltó una risa corta, seca.
—Vaya, veo que sabes cómo convencerme —dijo, mientras firmaba con una pluma Montblanc sin siquiera pedir explicaciones.
Lo observé directamente. Porque por primera vez en dos vidas, podía sentir que alguien finalmente me estaba viendo como persona, y no como una caja fuerte andante.
—Entonces acepta mi oferta real?
—Lo haré, pero con una condición —dijo, inclinándose hacia adelante—. Quiero que Marcos quede completamente fuera del consejo. He escuchado muchos rumores: sobre movimientos extraños en sus cuentas privadas, y algunas que otras deudas ocultas. Y quiero que entiendas algo, no invierto en empresas con ratas a bordo.
Al escuchar sus palabras, sonreí. Genuinamente. —Considere eso hecho. Entonces lo espero en la fiesta de aniversario. Delante de todos.
Evans cerró el contrato y me lo entregó de vuelta. —Trato hecho, Elena. —Al obtener su respuesta, me di la vuelta para marcharme, pero después me detuve. —Ah, y Vidal... —agregó, con esa sonrisa de tiburón que tanto lo caracterizaba—. La próxima vez, avisa. Me gusta el drama y todo eso, pero odio las sorpresas.
Sonreí para mis adentros. —Las sorpresas son mi especialidad.
Al decir esas últimas palabras, salí de la sala de juntas y me dirigí directo hacia el ascensor. Y al bajar allí pude ver a Marcos quien se encontraba esperándome con los brazos cruzados.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó, con curiosidad.
—Más que bien —le contesté, entrelazando mi brazo con el de él—. Acabo de cerrar el mejor negocio de mi vida.
Y Marcos no comprendió completamente nada. No todavía.
Si se lo estaba haciendo a Elena, no estaba de venta de que te lo hiciera a ti 🫠🤦🏻♀️