Isabela acepta un trabajo como niñera en una mansión aislada, donde viven Gael Mancini —un reservado CEO viudo— y sus tres hijos de 13, 9 y 4 años.
Los niños, que antes vivían bajo reglas estrictas y una gobernanta impopular, no quieren aceptar a nadie nuevo. Pero Isabela llega llena de vida, risas y juegos, trayendo a la casa lo que parecía prohibido: paseos por el parque, horas en la sala de juegos, saltos en la piscina e incluso una tierna visita al cementerio, donde los niños se conectan con el recuerdo de su madre.
Mientras los niños se encantan con Isabela, Gael observa, dividido entre el miedo a abrirse y el deseo de ver felices a sus hijos.
Entre el personal de la casa hay amor, tensión y secretos, e Isabela tendrá que conquistar no solo a los pequeños, sino también ganarse su lugar en ese hogar complejo.
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Capítulo 5
En el coche, Lucca hablaba sin parar sobre la clase de ciencias. Luna, más contenida, escuchaba con atención, mientras Caio imitaba el ruido del motor con los bracitos levantados, como si condujera. Isa sonreía de lado, observando todo desde el asiento delantero.
—Papá, Isa hizo un osito de sandía hoy —dijo Lucca, volteándose—. ¡Caio se lo comió riendo!
—Y ella peina mi cabello sin tirar —completó Luna, calmada.
—Me gusta Isa. Ella tiene un olor rico —dijo Caio, abrazado a su propio llavero.
—Lo sé. Por lo visto, les gustó la nueva niñera, ¿no?
Todos concordaron y sonrieron.
Gael, al volante, lanzaba miradas por el retrovisor, sonriendo levemente.
Al llegar a la escuela, descendió para abrir la puerta. Uno a uno, los hijos salieron, dejando un eco de risas en el aire.
De vuelta en el coche, ajustó el cinturón, y antes de partir habló para Isa:
—Quise venir con ustedes hoy... Quería observarte con ellos. Entender qué causó ese efecto tan rápido.
Isa bajó los ojos, tímida.
—Ellos son increíbles. Solo necesitan apoyo y dedicación.
Él asintió, mirando hacia el frente.
—Hace tiempo que no veía a mis hijos tan alegres tan temprano. La casa parecía un hotel: fría, silenciosa. Hoy fue diferente.
Ella sonrió discretamente.
—Me alegra formar parte de eso.
Él la miró de lado, atento.
—A mí también. Y... quería conocerte mejor. No invadir espacio, solo curiosidad. Tú cambiaste el mundo de ellos. Eso me trae paz.
Isa respiró hondo, callada. El silencio era confortable.
—¿Vamos? —preguntó.
—Vamos.
Siguieron, con la sensación de que aquella conversación fue el puente para una aproximación entre ellos dos.
Aún en el coche, él rompió el silencio:
—Isa... ¿tendrías disponibilidad para dormir en la casa?
Ella volteó el rostro, sorprendida.
—Digo, quedarte a tiempo integral. Los niños se sienten seguros contigo. Creo que eso puede ayudar en la rutina.
—Claro. Si hay una habitación, no veo problema —respondió calma.
—Sí, la hay. La habitación de la antigua niñera está lista. Puedo pedirle a Valéria que prepare todo.
—Gracias, Gael.
—Gael —corrigió él, sonriendo—. Aquí en casa, todos me llaman así.
Ella sonrió en respuesta.
Él estacionó frente a la mansión. Isa descendió del coche, dio una leve sonrisa y saludó.
En la puerta, Valéria sostenía un fajo de correspondencias. Miró la escena: Gael en el coche con expresión suave, un “hasta luego” casi gentil al despedirse de la niñera.
La gobernanta apretó los ojos, desconfiada. Así que Isa pasó, fue directo al encuentro de ella.
—Ya estás íntima, ¿no?
Isa la encaró, calma.
—Solo estoy haciendo mi trabajo, Doña Valéria.
—¿Trabajo? ¿Y ahora vas a dormir aquí también?
—Fue pedido de Gael. Por los niños.
Valéria bufó, cruzando los brazos.
—Sé bien cómo empiezan esas historias. Esta casa tiene reglas. Estoy aquí hace más de veinte años. Sé cuándo alguien quiere volar más alto de lo que debe.
Isa respiró hondo, neutra:
—Estoy aquí por los niños. Solo eso.
Salió, dejando a Valéria en el jardín, con ojos apretados, masticando celos mal disimulados y orgullo herido que solo ella entendía.
Marlene acomodaba las hierbas recién podadas en una cestita de mimbre mientras Leide se agachaba al lado, con las manos sucias de tierra.
—¿Te fijaste? —Marlene habló bajito, la mirada yendo levemente en dirección al portón.
Leide siguió la mirada y sonrió de lado.
—Sí, me fijé... Él se quedó allí un rato, ¿no? Solo mirándola entrar...
—Me pareció tan bonito. —Marlene suspiró—. No sé... hay cosas que uno siente. La forma en que él la miró... parecía leve, diferente.
Leide dio una risita ahogada.
—Y ella, toda dulce... Es difícil que no guste. Hasta Caio está pegado a ella que da gusto.
—Sí... esta niña tiene un don. Tan dulce, tan gentil con los niños... y con él también.
—Ya verás, Marlene... a veces la vida da esas sorpresas. Un cuidado aquí, una sonrisa allá... cuando uno se da cuenta, ya hay sentimiento creciendo.
Las dos se callaron por un instante, como si hubieran invadido un secreto sin querer. El viento balanceó leve las hojas de la albahaca y, allá al frente, el coche negro aún no se había ido.
—Y pensar que él casi no hablaba con nadie, ahora hasta dejó la reunión de lado para acompañarla...
—Hay cosas que no se explican. Solo se sienten —murmuró Marlene, recogiendo la cesta.
Leide concordó con un asentimiento silencioso. Las dos volvieron al servicio, pero el pensamiento... ese se quedó allá, rondando el portón.