Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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Un día inesperado
El sol de la mañana iluminaba el campus de la universidad con una luz suave. Los estudiantes caminaban de un lado a otro, algunos apresurados hacia sus clases y otros conversando tranquilamente cerca de los jardines.
Amelia caminaba por el sendero principal con un cuaderno en las manos.
Había dormido poco la noche anterior.
No porque tuviera demasiado que estudiar… sino porque no podía dejar de pensar en alguien.
Un chico extraño que aparecía frente a la universidad como si siempre supiera cuándo iba a salir.
Sacudió la cabeza.
—Es ridículo —murmuró.
Justo entonces escuchó una voz familiar.
—Buenos días.
Amelia se detuvo de golpe.
Giró lentamente la cabeza.
Gael estaba apoyado contra un árbol cercano, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa tranquila.
Amelia suspiró.
—Empiezo a pensar que vives aquí.
Gael se encogió de hombros.
—Podría acostumbrarme.
Amelia lo miró con curiosidad.
—¿De verdad no tienes nada más que hacer?
Gael caminó hacia ella con calma.
—Hoy no.
Amelia lo observó unos segundos.
Había algo extraño en él.
Siempre parecía relajado, como si nada pudiera preocuparlo.
—¿No trabajas? —preguntó ella.
Gael fingió pensar.
—Digamos que… mi familia se encarga de la mayoría de las cosas.
Amelia levantó una ceja.
—Eso suena muy conveniente.
Gael sonrió.
—Lo es.
Un grupo de estudiantes pasó cerca de ellos hablando animadamente.
Amelia miró su reloj.
—Tengo una hora libre antes de la siguiente clase.
Gael inclinó ligeramente la cabeza.
—Perfecto.
—¿Perfecto para qué?
Gael señaló hacia la calle.
—Conozco un lugar interesante.
Amelia cruzó los brazos.
—¿Cómo sabes que tengo tiempo?
—Lo supuse.
Amelia lo observó unos segundos.
Luego suspiró.
—Está bien. Pero solo un rato.
Gael sonrió satisfecho.
—Será suficiente.
Unos minutos después caminaban por una calle cercana a la universidad.
El lugar estaba lleno de pequeñas cafeterías y tiendas.
Finalmente Gael se detuvo frente a un pequeño puesto de helados.
Amelia lo miró sorprendida.
—¿Helado?
Gael asintió.
—Vi a varios humanos comiendo esto ayer.
Amelia soltó una pequeña risa.
—¿Estás investigando a los humanos?
Gael la miró con una expresión divertida.
—Podría decirse.
El vendedor les entregó dos helados.
Amelia probó el suyo mientras caminaban por el parque cercano.
—Entonces —dijo ella—. ¿De verdad eres de “muy lejos”?
Gael miró el cielo por un momento.
—Sí.
—¿De qué ciudad?
Gael sonrió.
—No la conocerías.
Amelia lo miró con sospecha.
—Sigues siendo misterioso.
—Tal vez.
Caminaron un rato por el parque.
El lugar estaba tranquilo, con algunas personas sentadas en las bancas o paseando a sus perros.
Gael observaba todo con atención.
Como si cada detalle del mundo humano fuera nuevo para él.
Amelia lo notó.
—¿Nunca habías estado en una ciudad como esta?
Gael dudó un segundo.
—Algo así.
Amelia lo miró fijamente.
—Eres muy extraño, ¿lo sabes?
Gael soltó una pequeña risa.
—Lo has dicho varias veces.
Amelia también sonrió.
Por un momento caminaron en silencio.
Pero no era incómodo.
Al contrario.
Era… agradable.
Amelia miró el helado en sus manos.
—Gracias por el helado.
Gael levantó ligeramente la copa de su helado.
—Un placer.
Entonces el teléfono de Amelia vibró.
Miró la pantalla.
—Tengo que volver a clase.
Gael asintió.
—Te acompaño.
Regresaron caminando hacia la universidad.
Cuando llegaron a la entrada, Amelia se detuvo.
—Bueno… aquí me quedo.
Gael asintió.
—Entonces nos veremos luego.
Amelia frunció el ceño.
—¿Estás seguro de eso?
Gael sonrió.
—Bastante.
Amelia negó con la cabeza, divertida.
—Adiós, Gael.
—Adiós, Amelia.
Ella caminó hacia el edificio.
Pero antes de entrar, miró hacia atrás.
Gael seguía allí.
Observándola.
Cuando Amelia desapareció dentro del edificio, Gael exhaló lentamente.
—Interesante —murmuró.
Pero en el fondo sabía algo.
Cada vez que venía al mundo humano… tardaba más en querer irse.
Muy lejos de allí…
En el Reino de Fuego, el rey Dante estaba de pie frente a una gran ventana del castillo.
Las montañas volcánicas brillaban bajo la luz rojiza del cielo.
Detrás de él, Eryon estaba apoyado contra una columna.
—Sigues pensando en Gael —dijo.
Dante no apartó la mirada del paisaje.
—Está ocultando algo.
—Siempre oculta algo.
Dante negó lentamente con la cabeza.
—Esta vez es diferente.
Eryon levantó una ceja.
—¿Por qué?
Dante finalmente se giró hacia él.
Sus ojos brillaban ligeramente con la luz del fuego.
—Porque cada vez que vuelve… parece estar pensando en alguien.
El silencio llenó la sala.
Dante entrecerró los ojos.
—Y quiero saber quién es.