Luna es una creadora de contenido y diseñadora UX que se hace pasar por su hermana Sol para contraer un matrimonio arreglado con Gael, un fundador de ciberseguridad al que todos llaman "lobo de negocios". Pero él ya sabe la verdad – su fachada feroz es solo para proteger a los suyos – y juntos hacen un pacto para investigar las amenazas que acechan a la empresa de su hermana.
Mientras trabajan en equipo, las reglas de su mentira empiezan a romperse: descubren una pasión compartida por la tecnología con propósito, y cada día se acercan más. En un mundo donde la imagen parece todo, tendrán que decidir si seguir fingiendo o atreverse a ser ellos mismos – porque el único código que nunca falla es el del amor construido sobre la autenticidad.
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capitulo 1
Estaba en el sofá de mi apartamento, con el portátil abierto en las piernas y un vaso de té matcha que ya se había enfriado hace rato, cuando llegó la llamada. El nombre en la pantalla era “Sol ☀️”, mi hermana mayor, y aunque normalmente me alegra mucho oírla, en ese momento me dio un escalofrío – la última vez que me llamó así, a las diez de la noche en un martes, me contó que había roto el vidrio de la nevera intentando sacar un helado congelado y que había tenido que llamar a un técnico a las tantas. Pero esta vez la voz que salió del altavoz sonaba diferente: más baja, más tensa.
“Luna, necesito que vengas a mi casa. Ahora mismo.”
No dio opción a preguntas. Cerré el archivo donde estaba diseñando la interfaz de una nueva app para pequeñas empresas – mi último proyecto freelance – y agarré la chaqueta de cuero que me regaló mi mejor amiga Valen por mi cumpleaños veintiuno. Mi barrio está a diez minutos en metro del de Sol, en esa zona de la ciudad donde los edificios de cristal se mezclan con casas antiguas reformadas. La suya es una de esas: un piso de tres habitaciones con paredes de ladrillo visto, plantas por todas partes y un estudio que parece sacado de una revista de diseño. Cuando llegué, ella estaba de pie en la cocina, mirando por la ventana con los brazos cruzados. Tenía el pelo recogido en un moño perfecto, como siempre, pero sus ojos – iguales que los míos, color avellana – estaban llenos de cansancio.
“¿Qué pasa? ¿Te ha vuelto a fallar el deshumidificador de la sala de plantas?” pregunté, intentando sonar ligera mientras ponía mi chaqueta sobre una silla. Sol se giró y me miró a los ojos, y en ese instante supe que no era nada de electrodomésticos.
“Tomate asiento. Esto es complicado.”
Me senté en la barra de la cocina y ella abrió la nevera para sacar dos latas de refresco de limón – nuestra bebida de emergencia desde que éramos niñas. Se sirvió una y se apoyó en la encimera frente a mí.
“Sabes que la empresa está trabajando en un proyecto de biotecnología para mejorar los cultivos en zonas áridas, ¿verdad?”
Asentí. Sol lleva tres años al frente de VerdeFuturo, una startup que fundó con dos amigos de la universidad. Había oído hablar del proyecto – era el más importante de la historia de la empresa, con inversiones millonarias y acuerdos con gobiernos de países de África y América Latina.
“Bueno… hace dos semanas empezamos a recibir amenazas.”
“¿Amenazas?” Me puse rígida en el asiento. “¿De qué tipo?”
“Correos electrónicos anónimos diciendo que si no abandonamos el proyecto, filtrarían todos los datos de nuestros clientes y socios. Ayer encontramos un dispositivo de escucha en la sala de reuniones.” Sol cerró los ojos durante un segundo, como si quisiera borrar la imagen de su mente. “Ya hemos llamado a la policía y a una empresa de seguridad, pero los responsables son muy cuidadosos. No dejan rastros.”
“Sol, esto es terrible. ¿Por qué no me lo has dicho antes?”
“Porque no quería preocuparte. Y porque hay algo más.” Ella se tragó saliva y cogió mi mano sobre la barra. Su piel estaba fría. “Mi abuela materna – la que vive en Sevilla – hizo un acuerdo con la familia de Gael Rivera hace meses. Un matrimonio arreglado.”
Me quedé sin aliento. Gael Rivera. Lo conocía de nombre, claro que sí – fundó SecureTech cuando tenía veinticinco años, y ahora es una de las empresas de ciberseguridad más importantes de España. En las noticias siempre lo presentan como un “genio frío”, un “lobo de negocios” que no perdona a nadie que se le atraviese en el camino. Había visto fotos suyas: pelo castaño oscuro, ojos marrones intensos, siempre con traje oscuro y mirada imponente.
“¿Un matrimonio arreglado? Pero tú… tú nunca has creído en esas cosas.”
“Yo no, pero la abuela sí. Y cuando ella hizo el acuerdo, la empresa todavía no estaba en peligro. Gael es el mejor en lo suyo – si me caso con él, su equipo se encargaría de la seguridad de VerdeFuturo y los que nos están amenazando no se atreverían a seguir. Pero ahora…” Sol soltó mi mano y se pasó las manos por el pelo, desordenando el moño perfecto. “Ahora no puedo hacerlo. Si me caso con él, serán un objetivo más grande. Y además… he oído rumores. Dicen que es un hombre terrible. Que trata mal a la gente que le rodea, que solo piensa en el dinero. No puedo meterme en una situación así, Luna. No puedo arriesgarme a que me hagan daño a mí o a la empresa.”
Me miré las manos, donde tenía pintadas unas uñas de color verde agua – un diseño que había hecho yo misma, con pequeños dibujos de chips tecnológicos. Sol siempre me ha dicho que soy la creativa de la familia, mientras ella es la racional, la que sabe hacer negocios. Pero en ese momento, la racionalidad se había ido por la ventana.
“¿Qué quieres que haga yo?” pregunté, aunque ya empezaba a adivinar la respuesta.
“Necesito que te hagas pasar por mí. Solo en la ceremonia y los primeros meses. Hasta que resolvamos esto con las amenazas y encontremos otra forma de proteger la empresa. La boda es en diez días. En Sevilla. La abuela no nos va a ver mucho después, y Gael… bueno, Gael probablemente ni se dará cuenta.”
“¿Ni se dará cuenta? Sol, somos hermanas, pero no somos idénticas. Tú eres diez centímetros más alta que yo, tienes el pelo más claro y hablas como si siempre llevaras un micrófono en la mano. Yo soy la que se ríe de los memes y que usa sudaderas con capucha en reuniones de trabajo.”
“Lo sé, lo sé. Pero podemos arreglar eso. Te haré unas sesiones de capacitación sobre la empresa, te prestaré ropa, te ayudaré a cambiar tu forma de hablar un poco. Y Gael… él no conoce a Sol de verdad. Se han visto dos veces, en eventos de negocios. La última fue hace seis meses. Si te preparas bien, nadie se dará cuenta.”
Me levanté de la barra y empecé a dar vueltas por la cocina. Las plantas colgantes en el techo se movían con mi paso, y el aroma de la lavanda que tenía en un jarrón en la mesa me calmaba un poco. Tenía veintitrés años, me ganaba la vida diseñando experiencias de usuario y haciendo contenido en TikTok e Instagram sobre empoderamiento femenino en tecnología – tenía más de cien mil seguidores que me seguían porque les gustaba que fuera auténtica, que hablara de mis errores y de mis triunfos sin filtros. Ahora me estaban pidiendo que mintiera, que me hiciera pasar por otra persona.
“Y si me descubren?” pregunté.
“Entonces diremos que fue mi idea. Que te pedí ayuda porque estaba asustada. Gael es inteligente – entenderá.”
“¿Y si no entiende? ¿Y si realmente es como dicen los rumores? ¿Qué pasa si me hace daño a mí?”
Sol se acercó a mí y me abrazó. Era la primera vez que la sentía tan pequeña, tan vulnerable.
“No te hará daño. Yo me aseguraré de eso. Y además… creo que los rumores no son ciertos. Sé que Gael tiene una fundación que enseña programación a niñas de escuelas públicas en barrios de bajos recursos. No parece algo que haría un hombre terrible.”
Me quedé en sus brazos por un rato más. Pensé en todo lo que Sol había hecho por mí: cuando me echaron de la universidad por dejarme llevar por un proyecto de diseño que nadie entendió, ella me pagó los cursos online que me ayudaron a empezar mi carrera. Cuando mi ex novio me dejó porque decía que me dedicaba demasiado a mi trabajo, ella vino a mi casa con pizza y nos pusimos a ver películas de comedia hasta el amanecer. Ahora era mi turno de ayudarla.
“De acuerdo”, dije al final. “Haré lo que necesites.”
Sol soltó el aliento como si no hubiera respirado desde que empezó a hablar.
“Gracias, Luna. Te lo agradeceré toda la vida. Ahora vamos a ponernos manos a la obra – no tenemos mucho tiempo.”
Las siguientes ocho días fueron una locura. Sol me llevó a su oficina todas las mañanas para enseñarme todo sobre VerdeFuturo: los proyectos que teníamos en marcha, los nombres de los socios más importantes, los términos técnicos que debía conocer. Me enseñó los correos electrónicos que había intercambiado con Gael, para que aprendiera su forma de hablar – conciso, directo, sin rodeos. Por las tardes, me entrenaba en cómo moverme, cómo hablar en público, cómo sonreír de forma seria pero amable. Me compró ropa de traje – cosas que nunca me habría puesto en la vida mía – y hasta me hizo una cita con su estilista para que me ayudara con el pelo y el maquillaje.
“Tienes que aprender a caminar con los hombros bien puestos”, me decía Sol mientras estábamos en su salón, con un espejo grande delante nuestro. “Tú siempre te encorvas un poco cuando hablas, como si quisieras ocupar menos espacio. Yo nunca hago eso – la gente tiene que verte, tiene que saber que estás ahí.”
Intenté imitarla, pero me sentía ridícula. Me miraba al espejo y no reconocía a la chica que veía: pelo liso y recogido en un moño, maquillaje neutro pero preciso, traje de color gris claro que me hacía sentir como si llevara una armadura.
“¿Y qué pasa si Gael me pregunta algo que no sé responder?” pregunté un día mientras estudiaba un informe sobre el proyecto de cultivos en zonas áridas.
“Entonces improvisas. Eres buena en eso – siempre lo has sido. Y recuerda: tú no eres Sol, pero tienes cosas mejores. Tienes esa capacidad de conectar con la gente que ella nunca ha tenido. Usa eso a tu favor.”