NovelToon NovelToon
Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:20.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Ecos de un Encuentro

Punto de vista: Valentina

El apartamento de Valentina la recibió con su silencio habitual, pero esta vez era distinto. No era el silencio de antes, cargado solo de su propio miedo y soledad. Ahora estaba impregnado del eco de una voz grave, de la imagen de unos ojos grises que no la habían mirado con lástima, sino con una intensidad que le quemaba la memoria.

Se apoyó contra la puerta cerrada, el libro empapado aún apretado contra su pecho como un talismán absurdamente destruido.

Su corazón, el traidor protagonista involuntario de toda su existencia, latía con una rapidez inquietante. No era el ritmo peligroso e irregular del pánico médico, sino algo más… eléctrico. Una reacción visceral a la proximidad de una fuerza de naturaleza desconocida.

—Estúpida —susurró para sí misma, deslizándose por la puerta hasta quedar sentada en el suelo de la entrada—. Totalmente estúpida.

Llorar delante de un extraño. Y no cualquier extraño. Ese extraño. Un hombre que irradiaba una confianza tan absoluta que casi era un campo de fuerza tangible.

Un hombre que, tras provocar el desastre, había tenido la desfachatez de culparla a ella por la ubicación del sillón. Y luego… luego la había mirado. Realmente visto. Y en lugar de huir, había pagado por los daños con la frialdad de quien liquida una deuda y se había marchado, dejándola hecha un lío de emociones contradictorias.

Se levantó con un suspiro tembloroso y se dirigió al baño. Se quitó la camiseta manchada y la miró con un fastidio ridículo antes de arrojarla al cesto de ropa sucia. Luego, con un cuidado casi ceremonial, empezó a separar las páginas del libro. Estaba arruinado, lo sabía, pero no podía tirarlo. Era un testigo, un trofeo absurdo del día en que un tornado con traje de Armani había atravesado su vida.

Cada página que despegaba con delicadeza le recordaba sus manos. Grandes, con nudillos pronunciados y uñas perfectamente cuidadas. Manos que sostenían un teléfono carísimo y que habían dejado billetes sobre la mesa con una indiferencia que le escocía. Manos que no habían intentado tocarla, pero cuya ausencia de contacto se sentía tan significativa como si lo hubieran hecho.

Se lavó la cara con agua fría, enfriando la piel que aún ardía de vergüenza y de algo más. Se miró en el espejo. Ojos hinchados, nariz roja. Un desastre.

—¿Y qué? —le dijo a su reflejo, con un deje de su sarcasmo habitual—. No va a volver a verte. Fue un accidente. Un incidente desagradable en su día, supongo.

Pero su reflejo no le creyó. Y ella tampoco.

Mientras preparaba una taza de té de manzanilla —el chocolate había perdido su encanto—, su mente no dejaba de reproducir el momento una y otra vez.

La brusquedad inicial de él, su réplica mordaz, y luego… el cambio. El preciso instante en que sus ojos habían pasado de la irritación a la curiosidad.

¿Qué había visto exactamente? ¿Solo los ojos de una mujer al borde de un ataque de nervios? ¿O había percibido algo más, el temblor de fondo, la sombra de un miedo mucho más profundo que un simple libro estropeado?

Se sentó en el sofá, abrazando las piernas contra el pecho. La atracción que sentía era tan inoportuna como peligrosa. ¿Atracción? ¿Por qué? El hombre había sido odiosamente arrogante. Dominante. Frío.

Y, sin embargo… no había sido cruel. No la había menospreciado por llorar. No había hecho ese gesto de incomodidad típico de quienes no saben manejar las emociones ajenas. Se había quedado allí, plantado, analizándola, como si fuera el problema más fascinante que se había encontrado en mucho tiempo. Y luego había resuelto la situación con una eficiencia fría que, de alguna manera retorcida, había sido… protectora.

«Para días mejores.»

La frase le resonó en la cabeza. ¿Era solo una formalidad vacía? ¿O había habido un deje de… qué? ¿Sinceridad? ¿Un deseo genuino? No. Imposible. Era un hombre de negocios. Seguramente soltaba esa frase a todo el mundo.

Pero entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en el tono de su voz cuando dijo «Evidentemente. Un mal día»? Como si entendiera, sin necesidad de explicaciones, que algunos días malos no tenían que ver con libros o chocolates, sino con grietas en los cimientos de la propia existencia.

Un miedo frío, más familiar y mucho más aterrador que la atracción, se apoderó de ella. ¿Y si volvía a verlo? La ciudad era grande, pero también pequeña a veces.

¿Y si entraba otra vez en el café? La idea de que se acercara, de que preguntara, de que quisiera saber más… era tentadora y aterradora a partes iguales.

Involucrarse con alguien… con alguien como él… era una receta para el desastre. ¿Qué podía ofrecerle? Citas canceladas a última hora por fatiga, emergencias médicas, una mochila llena de pastillas y restricciones. Y al final, un corazón roto. El de él, cuando su propio corazón físico finalmente claudicara. No. No era justo. No para ella, y mucho menos para él.

Era mejor así. Un encuentro fugaz, incómodo, memorable solo por lo patético de su final. Un hombre como ese, un Dante Moretti —Marco le había susurrado el nombre que había visto en la tarjeta de crédito—, no tendría tiempo ni interés en una mujer rota.

Se recostó en el sofá, cerrando los ojos. Pero la imagen de sus ojos grises, fijos en los suyos mientras las lágrimas caían, se negaba a desaparecer.

Era una mirada que no pedía disculpas, pero que tampoco juzgaba. Simplemente… aceptaba la ruptura. La veía. Y en un mundo donde ella pasaba la vida ocultando las grietas, ser vista, aunque fuera por un instante por un extraño dominante, se sentía extrañamente… liberador.

Punto de vista: Dante

La oficina de Dante Moretti ocupaba la planta alta de un rascacielos de cristal que reflejaba el cielo de la ciudad. Desde sus ventanas del suelo al techo, se veía el mundo en miniatura, un tablero de juego sobre el que movía sus piezas. Aquí, dentro de estas cuatro paredes acristaladas, todo era orden, lógica y control. Era su reino, su santuario.

O lo había sido, hasta hace una hora.

Ahora, Dante miraba la ciudad sin verla. En su mano giraba un stylus de titanio, un movimiento nervioso e inusual en él. Su escritorio, de acero y cristal pulido, estaba impecable, como siempre. Pero su mente era un caos.

Valentina Romero.

Marco, el barista, había sido sorprendentemente fácil de sonsacar. Un poco de charla, la promesa tácita de un patrocinio corporativo para el café… y el nombre había fluido junto con el resentimiento del hombre hacia el "riquillo arrogante" que había hecho llorar a su clienta favorita.

Valentina.

La imagen de ella estaba grabada a fuego en su retina. No la mujer sarcástica y puntiaguda que le había espetado una réplica tan afilada que casi lo había tomado por sorpresa —nadie le hablaba así—, sino la que vino después. La que se había desmoronado en silencio, con una dignidad devastadora que le había quitado el aire.

Las lágrimas cayendo sobre un libro barato. Las manos temblando. Y esos ojos… Dios, esos ojos. Inmensos, de un castaño cálido, llenos de una inteligencia feroz y, detrás de todo, un dolor tan profundo y antiguo que había resonado con algo primitivo dentro de él.

No lloraba como alguien dramático. Lloraba como alguien acostumbrado a hacerlo en silencio.

Se levantó de su silla de cuero y caminó hasta la ventana. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen del hombre seguro de sí mismo, el CEO imperturbable. Pero por dentro, sentía una inquietud que le era completamente ajena.

¿Qué le había pasado? Había sido torpe, sí. Iba distraído, revisando cifras de una fusión complicada. Chocó con el sillón. Un accidente sin importancia. Cuando ella reaccionó con ese sarcasmo mordaz, casi le había gustado. Era un cambio refrescante ante las usuales sonrisas nerviosas y la adulación que recibía. Había decidido divertirse un poco, devolviéndole la pelea.

Pero entonces… el cambio. El temblor en sus manos. El pánico que asomó en sus ojos, un pánico que parecía desproporcionado para la situación. Y luego, el diluvio. Silencioso. Devastador.

Y él se había quedado allí. Paralizado. No por incomodidad, sino por fascinación. Era como ver una fortaleza agrietarse en tiempo real, revelando una vulnerabilidad tan cruda y genuina que todas las personas con las que trataba —socios, competidores, mujeres— parecían de cartón piedra en comparación.

Ella era real. Intensamente, incómodamente real.

Y luego estaba la pulsera. La había visto cuando alzó las manos para limpiarse las lágrimas. Una pulsera médica discreta. Plata. Con un símbolo grabado que reconoció de inmediato: el caduceo de Hermes, el símbolo universal de la medicina, junto a un código. No era decoración. Era una advertencia. Una declaración.

Eso lo cambió todo. El misterio se profundizó. No era solo un "mal día". Era algo más. Algo constante.

—¿Señor Moretti? —la voz de su asistente, Elena, sonó por el intercomunicador—. Tiene la conferencia con Hong Kong en cinco minutos.

Dante apretó el stylus con fuerza. —Posponla.

Hubo un silencio incrédulo al otro lado. Él nunca posponía nada. —¿Señor? ¿Está todo bien?

—Sí. Dígales que surge un imprevisto. Reagéndela para dentro de una hora.

—…Sí, señor.

Cortó la comunicación. Necesitaba pensar. Caminar. Procesar.

Se preguntó qué era lo que quería. ¿Localizarla? No sería difícil. Una llamada, un par de órdenes, y tendría su dirección, su historial, su diagnóstico médico en su escritorio en menos de una hora. La tentación era poderosa: resolver el enigma, aplicar lógica y recursos al problema de Valentina Romero.

Pero algo le decía que sería un error. Ella no era una adquisición hostil ni un contrato por cerrar. Era una mujer que, en medio de su vulnerabilidad, aún había tenido fuerzas para ser sarcástica con un hombre que claramente intimida a casi todo el mundo. Que había llorado sin avergonzarse, con una rabia triste que le resultaba… admirable.

Sentía curiosidad, sí. Pero también algo más, un impulso que no sabía nombrar. Un instinto de proteger. De averiguar qué era ese dolor y… eliminarlo. Como resolvería cualquier otro problema en su vida.

Pero intuía que este problema no tenía una solución fácil. No tenía un manual de instrucciones.

Se dejó caer de nuevo en su silla. La imagen de sus ojos, llenos de lágrimas pero aún llenos de fuego, no lo abandonaba. Ella era una contradicción andante. Dulzura y acero. Fuerza y fragilidad. Y él, por primera vez en años, se sentía profundamente, desconcertantemente intrigado.

No iba a investigarla. No todavía. Eso le habría parecido una violación, y por alguna razón, la idea de violar su privacidad le repugnaba.

Pero tampoco iba a olvidarla.

Si el destino era caprichoso, sus caminos se cruzarían de nuevo. Y cuando eso pasara, él estaría listo. Esta vez, no chocaría con su sillón. Esta vez, tendría el control de la situación.

La punzada de expectación que sintió ante esa idea era tan novedosa como perturbadora. Dante Moretti no esperaba. Actuaba. Tomaba lo que quería.

Pero con Valentina Romero, por primera vez, estaba dispuesto a esperar. A ver qué pasaba.

El enigma merecía la pena. Ella merecía la pena.

Y esa revelación, silenciosa y privada en la soledad de su oficina, fue la más alarmante de todas.

1
America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Thana: Me da gusto que le gustara 🥰
total 1 replies
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Thana: Me alegra mucho que le esté gustando ❤️
total 1 replies
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Thana: Muchas gracias por leerla y disfrutarla ❤️
total 1 replies
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play