El amor más profundo a menudo nace de la ceniza de la traición más amarga.
Para evitar su ejecución como la villana de la historia, Anya deberá abandonar al príncipe que la odia y forjar un pacto con el verdadero antagonista, reescribiendo su trágico final con magia y pasión.
¿Podrá cambiar su destino?
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Capítulo 13
El Pabellón de Oro del palacio real resplandecía bajo la luz del atardecer, pero para Anya O’Higgins, el lujo del lugar era tan insípido como el agua tibia. Se encontraba de pie junto a una balaustrada de mármol, sosteniendo una copa de vino espumoso que no tenía intención de beber. Vestía un atuendo que había causado murmullos desde el momento en que descendió de su carruaje: un vestido de seda color plata líquida, con escote cuadrado y mangas largas ajustadas, que resaltaba su palidez nívea y la intensidad carmesí de sus ojos. No había rastro del azul cielo, el color favorito del Príncipe Erick, en ninguna parte de su imagen.
A su lado, el Marqués Rodrigo, un hombre influyente en las rutas comerciales del sur, hablaba con entusiasmo sobre la exportación de lana y especias. En otro tiempo, Anya habría ignorado a un hombre tan "aburrido" para buscar con la mirada la capa dorada del heredero al trono. Pero hoy, ella era todo oídos.
—Entonces, Marqués, lo que usted sugiere es que el puerto de Altea necesita una inversión privada para eludir los aranceles de la corona —comentó Anya, con una sonrisa mínima que no llegaba a sus ojos, pero que resultaba magnética—. Es una propuesta audaz. Mi ducado tiene el capital, y yo tengo la disposición de escuchar términos más específicos.
Rodrigo parecía fascinado. Nunca había visto a la "Diosa Fría" interesada en nada que no fuera su propio reflejo o los escándalos de alcoba.
—Lady Anya, me honra su perspicacia —respondió Rodrigo inclinándose—. No esperaba que una dama de su rango tuviera tal visión para los negocios de ultramar.
A pocos metros de distancia, el Príncipe Erick Cromwell observaba la escena con una irritación que no lograba comprender. A su lado, Mía Roster parloteaba dulcemente sobre las flores que habían decorado el altar del templo esa mañana, pero por primera vez, la voz de Mía le resultaba un zumbido lejano.
Erick esperaba encontrar a una Anya destrozada. Esperaba una mujer que, tras la ruptura oficial del compromiso, se arrastrara por los pasillos buscando una audiencia, que enviara cartas desesperadas o que, al menos, montara una escena de celos pública contra Mía. En cambio, lo que veía era a una mujer que parecía haber florecido en el momento exacto en que él la dejó.
—Erick, ¿me estás escuchando? —preguntó Mía, tirando suavemente de su manga—. Decía que quizás deberíamos invitar a Anya a nuestra mesa. Se ve tan... sola, hablando con ese viejo Marqués.
Erick apretó la mandíbula. "Sola" no era la palabra. Anya se veía soberana. Había algo en su postura, en la forma en que movía su abanico de encaje negro, que gritaba independencia. Una independencia que él nunca le había permitido tener.
—Quédate aquí, Mía —ordenó Erick con una brusquedad que hizo que la joven diera un paso atrás, sorprendida—. Debo recordarle a Lady Anya cuáles son los límites del decoro en una reunión oficial. No es apropiado que la hija de un Gran Duque haga negocios de muelle en un salón real.
Erick caminó hacia Anya con pasos pesados. Los nobles a su paso se apartaban, intuyendo el drama inminente. Cuando llegó a la altura de Anya y Rodrigo, el Marqués se tensó y saludó con una reverencia profunda.
—Su Alteza —dijo Rodrigo.
Anya, sin embargo, se tomó su tiempo. Terminó de escuchar una última frase del Marqués, asintió con elegancia y solo entonces giró su cuerpo hacia el Príncipe. No hizo una reverencia completa, solo una inclinación de cabeza tan leve que rayaba en la falta de respeto.
—Príncipe Erick —dijo ella, su voz era como un cristal chocando contra el hielo—. ¿Desea unirse a nuestra charla sobre aranceles portuarios? Me temo que es un tema un poco... técnico para su gusto.
Erick sintió un pinchazo de orgullo herido.
—Anya, ¿qué significa este comportamiento? Te he visto dar vueltas por el salón ignorando a todos los miembros de la familia real. Y ahora, te encuentras aquí, conspirando con mercaderes como si fueras una plebeya buscando monedas.
Anya arqueó una ceja perfectamente depilada.
—¿Conspirando? Alteza, estoy gestionando el futuro económico de mi casa. Ya que no tengo un compromiso que mantener ni una corona que esperar, he decidido que mi tiempo es mucho más productivo si se invierte en oro que en... atenciones diplomáticas que ya no me incumben.
—Eres la prometida de un príncipe... —comenzó Erick, pero se detuvo al recordar sus propias palabras de días anteriores—. Aunque el compromiso esté en proceso de disolución, sigues debiéndome respeto. No puedes andar por ahí actuando como si yo no existiera.
Anya soltó una risa seca, un sonido breve que atrajo las miradas de los condes Sagan y Carl, que observaban desde la mesa de bebidas.
—Es curioso, Alteza —respondió ella, acercándose un paso, lo suficiente para que solo él pudiera notar el frío que emanaba de su presencia—. Cuando yo le pedía atención, usted me llamaba sofocante. Cuando le escribía, usted decía que invadía su espacio. Ahora que le doy exactamente lo que pidió —el vacío total de mi presencia en su vida—, parece que eso también le molesta. ¿Es que acaso el Príncipe solo es feliz cuando tiene a una mujer llorando a sus pies?
—No se trata de eso —siseó Erick, su rostro enrojeciendo—. Se trata de tu dignidad. Estás llamando la atención de la peor manera. La gente dice que estuviste en la biblioteca prohibida con Gustav... y que has tenido encuentros con... otros hombres.
Anya recordó el momento en el sótano con Liam Gallagher. El recuerdo del Duque de ojos grises y su aroma a bosque invernal la hizo sonreír de una forma que Erick nunca había visto: una sonrisa de complicidad con un secreto que él jamás conocería.
—¿Otros hombres? —Anya fingió sorpresa—. Vaya, parece que sus espías están trabajando horas extras. Pero dígame, Erick, ¿por qué le importa tanto? Usted tiene a su "ángel", a su Mía. Debería estar celebrando su libertad en lugar de vigilar mis sombras.
—Me importa porque eres una O’Higgins —respondió él, aunque en el fondo sabía que era una mentira. Le importaba porque sentía que Anya le estaba quitando el poder de ser quien la rechazara—. No permitiré que ensucies el nombre de la nobleza aliándote con personas peligrosas. Se rumorea que Liam Gallagher ha estado enviando mensajes a tu mansión.
En ese momento, la temperatura del salón pareció descender varios grados. Liam Gallagher no estaba presente físicamente, pero su nombre era suficiente para invocar una atmósfera de tensión.
—El Duque Gallagher es un hombre de negocios —dijo Anya con calma—. Y a diferencia de otros, él sabe apreciar el valor de una alianza estratégica. Si él busca mi compañía, es porque ve en mí a una igual, no a una distracción. Algo que usted, Alteza, nunca fue capaz de comprender.
Erick dio un paso hacia ella, olvidando por completo que estaban rodeados de la élite del reino. Su mano se cerró instintivamente sobre el pomo de su espada de ceremonia.
—Te prohíbo que vuelvas a verlo. Liam Gallagher es un monstruo, un hombre que ha sido exiliado de la decencia humana. Si te acercas a él, lo consideraré una traición directa a la corona.
Anya cerró su abanico con un golpe seco que sonó como un disparo. Sus ojos rojos brillaron con una furia contenida que hizo que Erick, por un instante, sintiera un escalofrío de temor genuino.
—Usted ya no tiene el derecho de prohibirme ni el aire que respiro, Príncipe Erick —sentenció ella con una voz baja y peligrosa—. Mi lealtad a la corona es incuestionable, pero mi vida privada es mi propiedad. Si decido cenar con el diablo o bailar con un monstruo, es mi problema, no el suyo.
Mía Roster se acercó en ese momento, notando la violencia contenida en el aire.
—¡Anya! Por favor, no hables así de Erick. Él solo se preocupa por ti. Todos sabemos que el Duque Gallagher es peligroso... dicen que practica artes oscuras en su fortaleza.
Anya miró a Mía de arriba abajo, como si estuviera observando una mancha en un cuadro costoso.
—Mía, querida. El peligro es una cuestión de perspectiva. Para algunos, el peligro es un hombre con poder. Para otros, el peligro es una mujer que finge ser una paloma mientras tiene garras de halcón. Yo prefiero a los que muestran sus garras desde el principio.
—¡Basta! —exclamó Erick—. Mañana habrá un consejo de nobles. Te sugiero que te presentes con una actitud más dócil, o me veré obligado a acelerar el proceso de exilio de tu familia de la corte.
Anya no se inmutó. Se limitó a entregar su copa vacía a un sirviente que pasaba y se arregló los guantes de encaje.
—Haga lo que crea necesario, Alteza. Pero recuerde una cosa: el exilio es solo otra forma de libertad. Y yo ya he empezado a disfrutar de la mía.
Sin decir una palabra más, Anya se dio la vuelta y caminó hacia la salida del pabellón. Su espalda recta y su paso firme dejaron un silencio sepulcral tras de sí. Erick se quedó de pie, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. No era odio lo que sentía, ni tampoco amor. Era la realización aterradora de que la Anya que él podía controlar había muerto, y lo que había nacido en su lugar era algo mucho más grande, algo que amenazaba con eclipsar todo su mundo.
Desde las sombras de la galería superior, un par de ojos grises observaban la escena con una sonrisa de satisfacción. Liam Gallagher ajustó su capa y se retiró antes de ser visto. El plan estaba funcionando mejor de lo esperado. Anya no solo estaba rompiendo sus cadenas; estaba empezando a usarlas como armas.
qué paso con el papá, el rey y quienes son ceniza y rosa?
🫥 (joder soy gata)