Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 23
Quinn
No dejaba de pensar en la forma en que Eitan se había comportado desde ayer.
No fue algo evidente, no hubo gritos ni discusiones abiertas, pero yo lo conocía lo suficiente —o eso creía— como para notar cuando algo se desplazaba apenas un centímetro fuera de lugar. Su silencio era más largo. Su mirada, más esquiva. Sus manos, que antes parecían saber exactamente dónde colocarse, ahora evitaban cualquier contacto innecesario, como si al tocarme fuera a cruzar una línea que él mismo se había impuesto.
Me dije que estaba exagerando. Que tal vez solo estaba cansado. Que después de todo lo que había pasado con Lily, con la cirugía, con la recuperación… era normal que estuviera así.
Pero una parte de mí, pequeña y molesta, susurraba que tenía que ver conmigo. Con el centro comercial. Con el chico rubio del helado. Con ese beso en el pasillo que todavía me quemaba en la memoria.
Esa tarde la mansión estaba extrañamente silenciosa. Lily dormía la siesta y Valentina había salido a resolver asuntos pendientes de su viaje. Yo estaba en la biblioteca, leyendo un libro que encontré por ahí, cuando escuché la puerta principal abrirse.
No necesité mirar para saber quién era.
—¿Quinn? —la voz de Eiden llegó antes que él—. ¿Estás por aquí?
Levanté la vista justo cuando apareció en el umbral. Eiden siempre tenía esa presencia ligera, casi despreocupada, como si el mundo fuera un lugar diseñado para recibirlo con sonrisas. Llevaba una chaqueta informal, junto a una camisa blanca y unos jeans anchos, el cabello apenas despeinado, y esa expresión encantadora que tantas veces había confundido a quienes no sabían mirar más allá.
—Pensé que estabas en tu apartamento —dije, cerrando el libro.
Él se encogió de hombros y entró sin pedir permiso.
—Lo estaba. Pero… —sonrió de lado— se siente demasiado vacío últimamente. No me gusta dormir solo.
No supe qué responder a eso. Había algo en la forma en que lo dijo que me incomodó, como si esa frase tuviera un doble sentido.
—Así que decidí venir —continuó—. La mansión siempre ha sido… más cálida.
Pensé en Eitan. En cómo había salido temprano esa mañana, impecable como siempre, pero con una distancia que no había estado ahí antes. Pensé en lo poco que había hablado durante el desayuno. En cómo Lily había preguntado si él estaba enojado.
—Eitan no mencionó que vendrías —dije con cautela.
—No le avisé —respondió, sin rastro de culpa—. No quería molestar.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Eiden se acercó a una de las estanterías, pasó los dedos por los lomos de los libros, como si ese gesto fuera natural, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.
—Te noto pensativa —comentó—. ¿Problemas con mi hermano?
La pregunta fue lanzada con suavidad, pero dio en el centro exacto.
—No —respondí demasiado rápido—. Solo… ha sido una semana difícil.
Eiden se giró para mirarme. Sus ojos verdes —más claros que los de Eitan, ahora lo sabían— brillaron con algo que no supe identificar del todo.
—Eitan siempre ha sido así —dijo—. Cuando algo se le va de las manos, se encierra. Cree que alejarse es la forma correcta de proteger.
—¿Proteger a quién? —pregunté, sin poder evitarlo.
—A sí mismo —respondió—. Y a los demás… de él.
Su cercanía empezó a incomodarme. Había reducido la distancia entre nosotros sin que me diera cuenta, y su voz había bajado un tono, volviéndose más íntima.
—A veces pienso —continuó— que se casó contigo por una especie de desafío. Como si necesitara demostrarse algo. Siempre ha vivido compitiendo… incluso cuando no hay nadie más en la carrera.
Sentí un nudo formarse en el pecho.
—No deberías decir eso —murmuré.
—Solo digo lo que veo —replicó—. Tú mereces a alguien que no huya cuando empieza a sentir de verdad.
Se inclinó un poco más hacia mí. Demasiado. Podía percibir su perfume, su respiración tranquila, calculada. Mi cuerpo reaccionó retrocediendo un paso, pero la tensión ya estaba instalada.
—Eiden… —advertí.
—¿Nunca te has preguntado —susurró— si Eitan te eligió… o si solo quiso ganarme?
Antes de que pudiera responder, una presencia sólida llenó la habitación.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Eitan fue fría. Cortante.
Eiden se giró lentamente, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.
—Conversando —dijo—. ¿No se puede?
Eitan estaba rígido. Su mandíbula tensa. Sus ojos, oscuros, clavados primero en Eiden… y luego en mí.
—Quinn —dijo—, ven conmigo.
No fue una petición. Fue una orden.
El ambiente se volvió irrespirable. Sentí una mezcla de confusión, enojo y algo más… algo que dolía.
—No soy una cosa que puedas mover a tu antojo —le respondí, sorprendida incluso por mi propio tono.
Eitan me miró, y por un segundo vi algo quebrarse en su expresión.
—No quise decir eso –respondió con el seño fruncido.
—Pues es lo que pareció.
Eiden observaba en silencio, disfrutando del caos que había sembrado.
—Creo que ya causaste suficiente mierda, ahora vete —dijo Eitan, dirigiéndose a su hermano.
—Yo solo hablo —respondió Eiden—. Si duele… tal vez es porque hay algo de verdad.
Eitan dio un paso adelante. Yo sentí el choque invisible entre ellos, como dos fuerzas opuestas a punto de colisionar.
—Aléjate de ella —le dijo aparentando aún más la mandíbula.
El silencio que siguió fue denso. Pesado.
Yo tragué saliva, consciente de que algo había cambiado. Y que nada, absolutamente nada, volvería a ser simple entre nosotros tres.