Ella siempre pensó que su mamá los había abandonado a su hermano y a ella por que no soportaba la presión de tener un hijo enfermo.
El nunca acepto que su mamá haya muerto por una profecía que tenía que cumplirse.
Ella no tiene ni idea de lo que le espera, el hará de todo para no enfrentar su destino.
Podrá el amor con todo?.
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Cap 5
### El peso de las verdades ocultas
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Teresa, irrumpiendo en la enfermería con el aliento entrecortado. Se acercó a Camila con una mezcla de alivio y ansiedad, escaneando su rostro en busca de secuelas del golpe.
—No es nada, Tere. ¿Qué haces aquí? —respondió Camila, intentando restarle importancia mientras se apartaba de la enfermera.
—Me avisaron de que habías tenido un altercado, por eso vine de inmediato —explicó la mujer, con los ojos húmedos.
Bastian, que observaba la escena con un rastro de culpa, intervino con voz baja:
—Fue mi culpa, señora. Yo me metí en problemas y ella intentó defenderme. Por accidente, recibió un golpe. No debiste hacer eso, Camila.
—No fue nada, y no tenías por qué venir —sentenció Camila, levantándose de la silla con una rigidez que delataba su malestar.
Los días siguientes en la academia transcurrieron bajo una tensa calma. Camila, decidida a no depender de nadie, insistió en buscar empleo. Gracias a las gestiones de Bastian, consiguió un puesto trabajando con su tía por las tardes, lo cual le permitía asistir a sus clases académicas por la mañana. Sin embargo, el destino tenía preparada una emboscada emocional para la que ella no estaba lista.
Llegó el día de la práctica general. Camila, sintiéndose aún vulnerable y poco preparada para exponerse ante el público, optó por ausentarse para pasar tiempo con su hermano Sebastián, quien continuaba su recuperación en el centro asistencial. Teresa, ajena a este cambio de planes, no advirtió a Ester sobre la visita de la joven.
Cuando Camila llegó frente a la puerta de la habitación de su hermano, el sonido de risas infantiles y voces familiares la detuvo en seco. Una sonrisa genuina iluminó su rostro al escuchar a Sebastián tan animado; sin embargo, esa calidez se transformó en hielo al empujar la puerta y descubrir quién acompañaba al niño.
—¿Mamá? —susurró, y el nombre sonó como una acusación.
Ester, que reía junto a su hijo, se quedó paralizada al ver a Camila en el umbral. El silencio que siguió fue absoluto, cargado de una electricidad negativa que parecía consumir el oxígeno de la habitación.
—¿Qué hace usted aquí? —espetó Camila, con cada palabra impregnada de años de resentimiento acumulado.
La sorpresa se tornó en caos cuando Teresa salió del baño, encontrándose de frente con la mirada de fuego de la joven.
—Camila, ¿qué haces aquí? —preguntó Teresa, visiblemente asustada. Sabía que la joven no reaccionaría bien al descubrir la red de secretos que la rodeaba.
—Lo mismo pregunto yo: ¿qué hace esta mujer aquí? —gritó Camila, su voz vibrando con una furia que apenas podía contener.
Teresa intentó acercarse, con las manos extendidas en un gesto de súplica, pero Camila retrocedió como si el contacto fuera a quemarla.
—¡No quiero escucharte! ¡Quiero que las dos se vayan de aquí ahora mismo! —exclamó, luchando por no perder el control frente a su hermano.
—Por favor, Cami, cálmate —rogó la señora, con los ojos anegados en lágrimas.
—¡QUE SE VAYAN! —el grito de Camila resonó en los pasillos, atrayendo al Dr. Tarabal, quien conocía bien la historia detrás de la tragedia familiar.
—Por favor, Camila, acompáñame a hablar afuera. A tu hermano no le hace bien este estrés —intervino el doctor con voz firme pero conciliadora.
—No —respondió ella—. Quiero que esta mujer se vaya, o me llevaré a mi hermano conmigo ahora mismo.
—Tú cállate, mentirosa, traicionera —escupió Camila, mirando a Teresa con un dolor que superaba su ira.
—¡Ya basta! No te voy a permitir que le hables así a Teresa —intervino Ester, recuperando su postura autoritaria.
—Ahora entiendo por qué siempre la defendías. Por eso insististe tanto en que viniéramos a esta isla, porque siempre supiste que ella estaba aquí. ¿Cómo pudiste hacerme esto, Teresa? Eras la persona en la que más confiaba.
—Lo siento, Camila —respondió Teresa, sollozando sin poder sostenerle la mirada.
Camila comenzó a recoger las pertenencias de Sebastián con movimientos bruscos, decidida a huir de aquel lugar.
—Me voy a llevar a mi hermano. No permitiré que esta mujer le rompa el corazón como lo hizo conmigo.
—Por favor, Camila, Sebastián no puede irse —insistió el médico—. Su recuperación depende de los tratamientos especializados que solo tenemos aquí.
—Encontraré otra manera —replicó ella, inamovible.
Ester, viendo cómo su última oportunidad se desvanecía, dio un paso adelante.
—Déjame hablar contigo. Si después de lo que te diga decides llevarte a tu hermano, lo respetaré. Solo dame esta oportunidad, te lo ruego.
Camila estaba a punto de rechazar la oferta cuando una voz débil la detuvo.
—Cami… —dijo Sebastián, llamándola con ternura.
La joven se acercó a la cama, limpiándose las lágrimas y depositando un beso en la frente del niño.
—Hola, campeón —dijo, intentando suavizar su tono.
—Quiero quedarme. Me siento bien aquí, y quiero ver a mi mamá —pidió el pequeño, con una sonrisa inocente.
El corazón de Camila se rompió un poco más, pero asintió.
—Escucharé a la señora, pero solo una vez —sentenció, dirigiéndose a Ester—. Vamos.
Salieron del centro asistencial y subieron a un vehículo de lujo que las esperaba. El trayecto fue un silencio sepulcral hasta que llegaron a una mansión imponente. Camila, aunque conocía la propiedad como la casa del gobernador, desconocía la verdadera naturaleza de su ocupante.
Al entrar, la sorpresa fue mayúscula. Roberto estaba allí, sentado en la sala, bebiendo con su padre. El hombre que la había golpeado y que, según sus sospechas, la había estado vigilando, levantó la vista con una sonrisa depredadora.
—¿Qué hace él aquí? —preguntó Camila, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal.
—Es el hijo de mi marido —respondió Ester, dejando a Camila en estado de shock.
—¿Eres la esposa del gobernador? —cuestionó ella, uniendo las piezas de un rompecabezas que no quería completar.
Ester asintió, y la presencia de ambas mujeres captó la atención de los hombres.
—Pero mira nada más, la pequeña bruja con su mamá. Qué tiernas —se burló Roberto, levantándose y acercándose a ellas con pasos lentos y felinos. Su padre intervino, deteniéndolo con un gesto severo.
—Vamos, a la oficina. Tenemos negocios que discutir —ordenó el Alfa, arrastrando a su hijo hacia el despacho.
A pesar de la intervención, Roberto logró rozar a Camila al pasar. En ese instante, una descarga eléctrica recorrió la piel de la joven desde los pies hasta la cabeza. Su corazón comenzó a martillar contra su pecho con una violencia incontrolable, una reacción visceral y confusa que no podía explicar. Mientras el Alfa se llevaba a Roberto, Camila se quedó allí, paralizada, con la certeza de que su vida acababa de cambiar para siempre, atrapada en un juego de poder del que no sabía cómo escapar.
felicitaciones por tan bacana imaginacion