Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Mi rostro
Alessia
No sabía que una persona pudiera despertar tan feliz.
Abro los ojos y durante unos segundos me dedico a observar al hombre que duerme a mi lado.
Tiene el cabello completamente desordenado y una pequeña arruga entre las cejas que desaparece en cuanto apoyo la punta de mi dedo sobre ella.
—No frunzas el ceño —susurro contra su oído.
Sus labios se curvan apenas.
—¿Me estás regañando recién despierta?
Sonrío.
—Sí.
Abre un ojo.
—Qué carácter, pequeña Castelli.
—Eso es probablemente porque todavía no tomo desayuno.
Rompe a reír.
Ese sonido calienta algo dentro de mi pecho.
Ayer creí que mi vida había terminado. Hoy estoy acostada entre sus brazos.
Todavía me cuesta creerlo.
—¿En qué piensas? —pregunta acariciando mi mejilla.
—En que eres muy guapo.
—Lo sé.
—Qué humilde.
—También lo sé.
Le pego un pequeño golpe en el pecho.
—Presumido. Además, todavía pienso en Dylan.
—No lo haces —dice antes de robarme un beso y levantarse de la cama—. Vamos.
—¿Adónde?
—A desayunar.
Frunzo la nariz.
—¿No podemos quedarnos aquí todo el día?
—Créeme, es exactamente lo que quiero hacer.
—Entonces...
—Pero arriba hay una hermana que necesita a su hermano.
Toda la felicidad que siento se mezcla con una pequeña culpa.
Cloe.
Asiento despacio.
—Claro.
Nos duchamos rápidamente.
Cuando salgo me doy cuenta de que en el walk-in closet está la ropa que Fabi me compró y muchos de sus sweaters.
Lo miro con una sonrisa en mi rostro.
—¿Para mí?
—Me los hubieses quitado de todas formas —responde mientras se pone unos bóxer, cubriendo mi parte favorita de su cuerpo. Sobre todo ahora, que sé lo que puede hacer con ella.
—Mis ojos están arriba, Castelli.
—Lo sé, Conti. Pero me gusta más lo que está abajo —digo antes de abrazarlo—. Gracias por lo de anoche. Aunque sigo molesta contigo.
—¿Molesta? ¿Por qué? —pregunta levantando mi barbilla.
—No me dejaste, ya sabes…—digo mientras siento como mis mejillas se inundan de calor.
Sonríe. Una sonrisa por la que caigo más y más.
—Fue tu primera vez, cariño. Tienes que dejar que tu cuerpo se recomponga.
—Mi cuerpo y yo estamos bien. Queremos que tu polla nos recomponga.
Sus ojos se abren dos veces su tamaño.
—¡Alessia Castelli, ese vocabulario!
Me encojo de hombros.
—Solo digo… que yo y mi cuerpo estamos listos para tu polla.
Sacude su cabeza divertido antes de seguir vistiéndose.
Cuando bajamos la escaleras tomados de la mano, siento que las piernas me tiemblan un poco.
—¿Nerviosa? —pregunta.
—Mucho.
Aprieta mi mano.
—La vas a querer.
—¿Y si ella no me quiere a mí?
Se detiene un escalón más abajo y gira hacia mí.
—Eso jamás va a pasar.
No sabe cuánto deseo que tenga razón.
Entramos al comedor.
Viola está sirviendo café.
Mattheo levanta apenas la vista desde su celular.
—Mira quién decidió aparecer —dice con una sonrisa ladeada.
—¿Celoso? —pregunta Fabiano.
—Solo porque ya nadie me hace pan.
Sonrío.
—Puedo seguir haciéndote pan.
—Perfecto.
Fabiano resopla.
—Ni se te ocurra.
—¿Ves? Es un tirano —dice Mattheo.
—Y tú un aprovechado —replica Fabiano.
Los dos comienzan a discutir como niños y no puedo evitar reír.
Nunca imaginé que hombres tan peligrosos pudieran comportarse así.
—Buenos días.
La voz es apenas un susurro.
Todos levantamos la vista al mismo tiempo.
Cloe acaba de entrar.
Está muy pálida. Lleva un pantalón de buzo gris y un enorme chal sobre los hombros.
Tiene el cabello oscuro recogido de cualquier manera.
Sus ojos... Sus ojos están completamente vacíos.
Fabiano sonríe de inmediato.
—Buenos días, enana.
Ella intenta devolverle la sonrisa, pero no alcanza a formarse. Es como si los músculos alrededor de su boca hubiesen olvidado como sonreír.
—¿Dormiste un poco? —pregunta él.
Asiente.
Viola corre hasta ella.
—Te preparé chocolate caliente.
Cloe vuelve a asentir.
Camina muy despacio hacia la mesa.
Mi corazón late con fuerza.
Quiero que sepa cuánto siento todo lo que le pasó.
Quiero conocer a la mujer por la que Fabiano estuvo dispuesto a incendiar Italia.
Espero a que tome asiento antes de acercarme despacio. Sin invadir su espacio.
—Hola... —Su mirada se levanta hasta encontrar la mía—. Soy Alessia.
El mundo se detiene.
La taza cae de sus manos y se hace añicos contra el suelo.
Cloe deja de respirar y da un paso hacia atrás, y luego otro.
Sus ojos se abren con un terror tan profundo que siento como el aire abandona mis pulmones.
No me está mirando a mí. Está mirando a otra persona.
—No... —susurra y retrocede de nuevo—. No...
Todo ocurre demasiado rápido.
Mattheo ya está frente a ella. La cubre con su cuerpo antes incluso de que Fabiano alcance a reaccionar.
—Cloe —susurra Mattheo.
Ella niega desesperadamente sin dejar de mirarme.
Tiembla. Como si estuviera viendo un fantasma. Como si...
Mi estómago se hunde.
Lucio.
Dios mío.
Claro.
Lucio y yo compartimos el mismo cabello.
Los mismos ojos.
Los mismos rasgos.
—¡Sácala de aquí! —ruge Mattheo.
Parpadeo por la violencia en el rostro de Mattheo.
Fabiano frunce el ceño.
—¿Qué acabas de decir?
—¡Sácala de esta casa!
—Mattheo...
—¡Mírala!
Señala a Cloe sin apartarse de ella.
Fabiano gira la cabeza.
Su rostro pierde todo el color.
Cloe está escondida detrás de Mattheo. Aferrada a la parte trasera de su camisa y temblando sin control.
No deja de mirarme. Como si esperara que en cualquier momento sacara un arma… O me transformara en Lucio.
Las lágrimas llenan mis ojos.
—Lo siento...
Fabiano gira inmediatamente hacia mí.
—Less, no.
Niego despacio.
—Sí. —Mi voz apenas sale—. Me parezco a él.
Nadie responde. Porque todos saben que es verdad.
Mattheo continúa respirando con dificultad.
No me mira. Solo mantiene a Cloe detrás de él. Como si yo pudiera hacerle daño.
Algo dentro de mí se rompe. No porque me haya gritado. Sino porque entiendo perfectamente por qué lo hizo.
—No voy a acercarme —digo suavemente, mirando únicamente a Cloe—. Te lo prometo.
Ella no responde, sigue temblando.
Fabiano da un paso hacia mí.
—Less...
Tomo su mano y la aprieto con suavidad.
—Está bien.
—No, no lo está.
—Sí.
Levanto nuevamente la vista hacia Cloe.
Intento sonreír. No sé si lo consigo.
—No tienes por qué confiar en mí. No todavía —digo—. Pero voy a esperar todo el tiempo que necesites, porque yo también sé lo que es tener miedo. Y sé que el miedo no desaparece porque alguien te diga que ya estás a salvo.
Cloe baja apenas la mirada.
Es un movimiento diminuto. Pero lo suficiente para entender que me ha escuchado.
—Tomaré desayuno en la terraza—le digo a Fabiano.
Él duda.
Mira a su hermana y luego a mí.
Asiente finalmente.
—Voy contigo —dice apretando mi mano.
—No. No lo hagas. Debes estar con tu hermana.
—Less…
—Por favor, Fabi. No la dejes sola —le pido.
Cuando estoy a punto de salir, la voz de Mattheo me detiene.
—Gracias.
Me giro sorprendida.
Sigue sin mirarme. Toda su atención continúa puesta en Cloe.
Pero sé que esas palabras eran para mí.
Sonrío con tristeza.
—No tienes que agradecerme.
Respiro profundamente antes de caminar hacia la terraza.
Doy tres pasos. En el cuarto... Me detengo.
Porque acabo de comprender algo que jamás imaginé.
Lucio no solo le arrebató la libertad a Cloe…También consiguió que mi propio rostro le diera miedo.
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Saludos desde México.
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