Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 34
Capítulo 34
La decisión
La pantalla del televisor proyectaba imágenes granuladas. Cuerpos cubiertos con mantas térmicas plateadas, alineados junto a un muro de concreto perforado por metralla. El rótulo inferior decía: MASACRE EN SURIYA — 14 SOLDADOS DE LA FCA EJECUTADOS.
Santiago bajó el volumen. No necesitaba el audio. Conocía el sonido de esas calles.
El teléfono vibró tres veces antes de que contestara.
—Viste las noticias. —La voz de Benjamin Carter sonaba rasposa, como si llevara días sin dormir.
—Las vi.
—Eran del Tercer Batallón, Santiago. Gente que conocíamos.
Santiago cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, las mantas plateadas se transformaron en bolsas negras. Las bolsas de siempre.
—¿Qué necesitas, Ben?
—Que vengas. La FCA está reclutando operadores con experiencia en Levante. Tu nombre ya está en la lista.
El silencio se extendió entre ambos continentes.
—Soy militar activo. No puedo desertar para unirme a una fuerza multinacional.
—No es deserción si te transfieren. Hay mecanismos.
—Son mecanismos que tardan meses. Y sabes que mi expediente tiene manchas.
Benjamin soltó una risa corta, sin humor.
—Tu expediente tiene medallas, hermano. Lo demás son adornos burocráticos. Piénsalo. Aquí te necesitan.
La llamada se cortó. Santiago se quedó mirando la pantalla del teléfono hasta que se apagó sola.
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La oficina de Duarte olía a café quemado y a tinta de impresora. El capitán firmaba documentos sin levantar la vista.
—Herrera. Siéntate.
Santiago no se sentó.
—La FCA me ofreció un puesto operativo, capitán.
Duarte dejó la pluma sobre el escritorio. Lo miró.
—¿Y viniste a pedirme permiso o a despedirte?
—Vine a pedirle que apruebe mi solicitud de mantenimiento de paz.
El capitán se reclinó en la silla. Sus ojos recorrieron a Santiago de arriba abajo, como si buscara grietas en una estructura que él mismo había construido.
—Reprobaste la simulación de combate hace tres semanas.
—El tinnitus. Ya está controlado.
—¿Controlado o silenciado?
Santiago apretó la mandíbula.
—Capitán, puedo irme con la FCA o puedo quedarme aquí y servir donde me necesiten. Pero no puedo seguir firmando papeles en una oficina mientras ejecutan a nuestros aliados en Suriya.
Duarte se puso de pie. Caminó hasta la ventana y observó el patio de entrenamiento, donde un pelotón de reclutas corría bajo el sol.
—Tres meses de entrenamiento de combate en la frontera sur. Si apruebas cada evaluación —cada una, Herrera—, tramito tu asignación a la misión de paz.
—Entendido.
—Y si repruebas una sola, te retiro del servicio activo. Sin apelación.
Santiago asintió.
Duarte volvió a sentarse. Tomó la pluma.
—Tienes setenta y dos horas antes de reportarte. Úsalas bien.
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El departamento de Elena Cisneros ocupaba el piso once de un edificio art déco en la colonia Condesa. Valentina le había dado la dirección por mensaje, junto con una advertencia: "Mamá sale a las siete. Llega después de las siete y cuarto."
Santiago llegó a las siete y veinte. Valentina abrió la puerta con el pelo mojado y una sonrisa que le aflojó algo en el pecho.
—Pasa. Tenemos la casa sola hasta las diez.
No llegaron al sillón. Valentina lo besó en el recibidor, con las manos todavía húmedas. Santiago la sostuvo por la cintura y sintió el calor de su piel a través de la blusa delgada.
—Te extrañé —murmuró ella contra su cuello.
—Tres días no es tanto.
—Para mí sí.
Se separaron cuando escucharon la cerradura.
Valentina se quedó inmóvil. Santiago dio un paso atrás por instinto, como si el sonido fuera una detonación.
La puerta se abrió. Elena Cisneros entró con un abrigo color marfil sobre los hombros y una bolsa de tela en la mano. Miró a su hija. Miró al hombre desconocido en su recibidor. Miró las mejillas encendidas de Valentina.
Dejó la bolsa sobre la mesa del recibidor con una precisión quirúrgica.
—Buenas noches.
—Mamá, cancelaron tu cena.
—Evidentemente.
Santiago se adelantó medio paso.
—Señora Cisneros, soy Santiago Herrera. Un placer conocerla.
Elena lo evaluó sin prisa. La mirada recorrió sus hombros, su postura, la cicatriz que asomaba por el cuello de la camisa.
—Militar.
No era una pregunta.
—Sí, señora.
—¿Rango?
—Teniente.
Elena se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero con movimientos lentos, deliberados.
—Valentina, prepara café. De grano, no de cápsula. —Se volvió hacia Santiago—. Usted y yo vamos a conversar.
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Se sentaron en la sala. Elena en el sillón individual, con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla. Santiago en el sofá, erguido como si estuviera ante un tribunal.
Valentina trajo el café y se sentó junto a Santiago. Elena observó la distancia entre ellos: escasa, cómplice.
—¿Cuánto tiempo llevan viéndose?
—Cinco meses —respondió Valentina.
—Y decidiste no mencionarlo.
—Porque sabía que ibas a reaccionar exactamente así.
Elena tomó un sorbo de café. Lo dejó en el plato con un clic suave.
—No estoy reaccionando, Valentina. Estoy procesando. Hay una diferencia.
Santiago habló antes de que el silencio se endureciera.
—Señora Cisneros, entiendo su preocupación. Mi profesión implica riesgos que cualquier madre consideraría inaceptables.
Elena levantó una ceja.
—¿Cualquier madre? No hable por todas. Hable por lo que usted puede ofrecerle a mi hija.
—Respeto. Honestidad. Presencia, cuando las circunstancias lo permitan.
—"Cuando las circunstancias lo permitan" —repitió Elena, saboreando cada palabra como si fueran amargas—. Esa frase es la favorita de los hombres que se van.
—Mamá.
—Déjame terminar. —Elena no levantó la voz. No necesitaba hacerlo—. Valentina, yo sé lo que es mejor para ti. Lo he sabido desde que tenías cuatro años y querías cruzar la avenida sola. Pero también sé que ya no tienes cuatro años.
Se hizo un silencio espeso. Elena miró a Santiago otra vez. Esta vez, algo en su expresión se suavizó, apenas un grado.
—Es guapo, eso no lo niego. Y tiene modales, que ya es más de lo que ofrecen la mayoría. —Cruzó las manos—. No apruebo del todo. Pero no voy a interponerme. Déjame observar unos años más.
Valentina soltó el aire que había estado conteniendo.
—Gracias, mamá.
—No me agradezcas todavía. —Elena fijó la mirada en Santiago—. Solo no le rompas el corazón. Porque yo sé lo que se siente recoger esos pedazos, y no quiero verla en ese piso.
La voz de Elena se quebró en la última sílaba. Solo un instante. Después volvió a ser granito.
Santiago asintió despacio.
—Tiene mi palabra, Doña Elena.
—¿Sabe lo que me dijo su padre cuando se fue? —Elena no esperó respuesta—. "Vuelvo en seis meses." Eso fue hace veinticuatro años. Todavía no vuelve. —Miró a Santiago con una dureza que no era hostilidad sino cicatriz—. Los hombres que prometen volver y no vuelven son la peor clase de cobardía. Prefiero los que dicen la verdad aunque duela.
Santiago sostuvo la mirada.
—Yo no soy el padre de Valentina, Doña Elena.
—Eso espero. De verdad lo espero.
Elena se puso de pie. Alisó la falda con las palmas. Se detuvo un instante en la puerta y miró a su hija por encima del hombro. La expresión se le suavizó, solo un segundo, como un rayo de sol que se cuela por una cortina antes de que la tela vuelva a caer.
—Me retiro a mi habitación. No hagan ruido. Las paredes de este edificio son de papel.
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La noche se asentó sobre la ciudad como un manto tibio. Valentina y Santiago compartían la cama estrecha del cuarto de huéspedes. La lámpara del buró proyectaba sombras suaves en el techo.
Valentina tenía la cabeza apoyada en su pecho. Los dedos de Santiago trazaban círculos lentos en su hombro.
—Tres meses —susurró ella.
—Pasan rápido.
—Mientes fatal para ser alguien que pasó una evaluación psicológica.
Santiago sonrió contra su pelo. Olía a jazmín y a algo cítrico que no sabía nombrar.
—Voy a estar bien, Valentina.
—Eso no me lo puedes prometer.
—Entonces te prometo que voy a intentarlo con todo lo que tengo.
Ella levantó la cara. Lo besó despacio, con los ojos abiertos.
Del otro lado del pasillo llegó un sonido: una tos seca, profunda, que se prolongó varios segundos. Después otra. Y otra.
Valentina frunció el ceño.
—Mamá ha tenido esa tos como dos semanas.
Santiago escuchó. La tos se detuvo, seguida por el ruido de un vaso de agua.
—Debería hacerse un chequeo. Esa tos no suena superficial.
—Ya sabes cómo es. Dice que los doctores exageran todo.
—Insístele.
Valentina asintió. Volvió a recostarse sobre su pecho.
—Santiago.
—¿Sí?
—Vuelve.
Él no respondió. Solo la abrazó más fuerte.
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El aeropuerto olía a desinfectante y a despedidas.
Santiago llevaba una mochila militar al hombro y la gorra en la mano. Valentina caminaba a su lado con los brazos cruzados sobre el pecho, como si intentara mantenerse entera por fuerza física.
Se detuvieron antes del control de seguridad.
—No llores —dijo él.
—No estoy llorando.
Tenía los ojos rojos.
Santiago le tomó la cara con ambas manos. Le limpió una lágrima con el pulgar.
—Tres meses. Noventa días. Puedes contarlos.
—¿Y si no apruebas?
—Entonces vuelvo antes y me dedico a algo aburrido. Todos ganan.
Valentina intentó sonreír. No lo logró del todo.
—Te escribo cada noche —dijo él.
—Más te vale.
La besó. Largo, lento, consciente de que cada segundo era un segundo menos. Cuando se separaron, Valentina dio un paso atrás y cruzó los brazos otra vez.
Santiago recogió la mochila. Caminó hacia el filtro sin voltear.
A diez pasos se detuvo.
—Valentina.
Ella lo miraba con la mandíbula apretada, los ojos brillantes.
—Lleva a tu mamá al doctor.
Después cruzó el arco de seguridad y desapareció entre la multitud.
Valentina se quedó de pie en el vestíbulo, mirando el lugar vacío donde él había estado. En su bolsillo, el teléfono vibró con un mensaje de Elena: "¿Ya se fue?"
Contestó con un solo carácter: "Sí."
Afuera, un avión despegó hacia el sur. El ruido de los motores atravesó los cristales y retumbó en su pecho como un segundo corazón que se alejaba.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.