A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 33
Llegué a la sede para hablar con Sócrates, dispuesta a decir todo lo que necesitaba y a enfrentar las consecuencias. Pero me lo impidió una sorpresa de lo más desagradable.
Apenas puse un pie en la antesala de Sócrates, de lejos ya divisé a Silvério Altamar, mi maldito futuro marido, un viejo feo, extraño y que apestaba a whisky caro y cigarros. El típico hombre que ves en las películas rodeado de prostitutas y creyendo que el dinero lo es todo en la vida.
Quise volver, quise correr, pero Sócrates me vio, y antes de que diera un solo paso me llamó.
—Qué bueno que estás aquí, hermana. Silvério vino a hablar contigo para arreglar los detalles de la boda. —Veía en el rostro de Sócrates lo poco que quería esto, pero ese acuerdo fue anterior a él como Don, y fue un acuerdo de millones, literalmente, así que, aun con el poder que tiene, romperlo puede ser muy arriesgado, por eso intentaba mantenerse neutral en este asunto.
Encaré a Silvério sin decir una palabra. Él entonces se acercó y vino a besarme la mejilla. Pero antes siquiera de que rozara mi mejilla con los labios, alguien me jaló hacia atrás.
—No creo que los besos y los toques deban ocurrir antes de la boda. —Renzo se puso frente a mí; tenía una mirada sombría, y Silvério lo encaró con odio. Pensé que una guerra iba a estallar en ese mismo segundo.
—Silvério, ¿qué tal si hablamos en mi oficina con calma? Dales un momento a Beatriz y también a Renzo, ya sabes cómo es, para nosotros, sus hermanos, es difícil ver a nuestra hermana casándose. —Sócrates intentó sortear la situación y Silvério lo siguió a la oficina, pero antes de cerrar la puerta vi la mirada de mi hermano hacia Renzo, lo que me hacía tener la certeza de que esto no había terminado y que iba a querer hablar sobre la actitud de este loco.
Jalé a Renzo del brazo y me lo llevé arrastrando hasta su oficina, sin importarme si alguien nos veía. Se nos considera hermanos, y aunque no fuera así, nadie aquí tiene las agallas de cuestionarme en nada, mucho menos de cuestionarnos a Renzo y a mí juntos.
—¿Qué mierda estás haciendo? —pregunté cerrando la puerta de su oficina.
—Te lo dije, ese tipo no va a tocar lo que es mío.
—Renzo, voy a hablar con Sócrates, voy a encontrar una solución, pero él nunca va a saber quién se acostó conmigo, no tienes que meterte en esto. Dije que asumiría la responsabilidad por mis actos y es lo que voy a hacer.
—¿Crees que voy a esconderme detrás de ti como una sabandija? Si hay que exponer esta situación ante todos por mí, está bien, pero vamos a caer juntos, o, si puedo, caeré yo solo.
—Mierda, Renzo, ¿por qué carajo tienes que complicarlo todo aún más?
—Te quise durante años, me lo tragué todo callado, pero ahora, ahora que ya nos pasamos de los límites y no hay vuelta atrás, ¿de verdad crees que voy a dejar que te jodas sola?
Caminé de un lado a otro tratando de pensar, sin saber qué hacer con todo lo que estaba pasando.
—Empiezo a pensar que quizá no fue buena idea entregarme a ti.
—¿Te arrepentiste, dulzura? —Se acercó despacio.
—Lo haría de nuevo incontables veces, porque el acto no tiene nada que ver con lo que dije. Estoy arrepentida de tus actitudes, pensé que sabrías manejar esto mejor.
—Bea, ¿quieres que simplemente me quede quieto viendo a ese hombre tocarte, viéndote confesarle a tu hermano que ya no eres virgen, viendo al maldito consejo juzgarte como traidora, todo eso callado, sin decir una palabra? Rayos, te pueden matar, ¿lo sabías?
—Claro que lo sabía, pero es un riesgo que elegí correr y estoy bien con eso.
—Pues yo no lo estoy, y además, no consigo dejar de pensar en ti. —Enrolló un mechón de mi pelo en su dedo y con el pulgar me acarició el rostro, haciéndome mirarlo, además de derretirme entera y derribar todas mis defensas. Maldito hombre bueno de la puta madre.
Con solo mirarme así ya me desarma, pero logra empeorarlo todo haciéndome esta caricia.
—Podría proponerte huir, pero de nada serviría, nos encontrarían y nos torturarían por traición, además de arriesgar el cargo de Sócrates, ya que somos las dos personas en las que más confía.
—No soporto no tener control de las cosas; sabía que sería así, sabía que sería juzgada y que podía ser torturada y muerta, pero nunca quise arrastrarte conmigo.
—Bea, ¿de verdad pensaste, aunque fuera por un segundo, que dejaría que pagaras por esto sola? Rayos, te amo.
Oírlo decir que me ama era un sueño, pero al mismo tiempo una pesadilla; no pensé que esto llegaría tan lejos, y no soporto no tener control de las cosas. Jamás pensé que tendríamos una relación, ni que quedaríamos juntos, solo quería tener control de cómo sería mi primera vez.
Pensé en dopar a mi marido en la noche de bodas y fingir que él me quitó la virginidad, pero ¿y después? Seguiría casada con un lunático, sin forma de escapar. Y, conociendo a Renzo, él se metería en esta historia y ahí las cosas se pondrían peores.
La verdad es que pensé que las cosas serían de una forma, pero nada es como lo imaginé: Sócrates se va a joder por esto y Renzo va a terminar arruinándolo todo.
Iba a decir algo, pero me interrumpió mi hermano entrando furioso a la oficina.
Renzo tenía la cabeza pegada a la mía, olfateando mi pelo y acariciándome el rostro, y dio un salto lejos de mí cuando vio a Sócrates, pero fue demasiado tarde: él lo vio y se quedó estático, encarándonos.
—Mierda… —Sócrates seguía estático—. Es eso, ¿verdad? Ustedes dos están juntos. Por eso toda la escena para que Silvério no la tocara. Mierda, Renzo, eres nuestro hermano, carajo.
A partir de aquí ya no había hacia dónde escapar; una vez más, todo salió distinto de lo esperado, carajo.
—Soy TU hermano, Sócrates, no de Beatriz…
Sócrates caminó de un lado a otro, completamente perdido, pasándose las manos por el pelo de forma exasperada.
—¿Hasta dónde llegaron?
—¿Cómo así? —Yo había entendido, pero fingí que no, porque no quería responder eso, no así. Iba a contarlo, pero no pensé que sería en una situación como esta.
—No te hagas la disimulada, que eso ni te queda, Beatriz.
—Nos acostamos, pero, Sócra…
Renzo no terminó de hablar, lo alcanzó de lleno un puñetazo en la cara, y en el mismo instante me lancé sobre mi hermano, pero me lo impidió Renzo, que, aun con la cara marcada por el golpe y la ceja sangrando, me impidió agredir a mi hermano.
—Tranquila, Bea, estoy bien. Sócrates solo está estresado.
—¿Estresado? Carajo, estresado no es ni el comienzo, mierda, cómo pudieron ustedes dos, carajo. Beatriz, siempre te di toda la libertad, siempre cuidé de ti e hice de todo para que fueras libre. ¿Pero hacerme esto? Carajo, ¿tienes idea de lo que voy a pasar para cancelar esa boda?
—Lo amo, hermano, siempre fue él. Desde que empecé a sentir interés por los chicos, siempre fue él.