Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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capitulo 33
El garaje de la mansión, una bóveda de hormigón y acero que albergaba la colección de vehículos blindados de Dante, se había convertido en una ratonera mortal. Las luces fluorescentes parpadeaban, dañadas por las ráfagas previas, bañando la escena en una luz estroboscópica que distorsionaba las sombras.
Dante estaba parapetado tras un SUV negro, su respiración era un silbido ronco. La sangre de su hombro empapaba su camisa, y el cargador de su Beretta estaba vacío. A diez metros, oculto tras una columna, Enzo Baratti reía con una demencia eufórica.
—¡Se acabó el tiempo, Dante! —gritó Enzo, su voz rebotando en las paredes de concreto—. El gran Capo de Nueva York, desangrándose en su propio garaje. ¿Dónde están tus herederos ahora?
¿Quién va a heredar tus cenizas?
Victoria observaba desde la plataforma superior del garaje, oculta tras una barandilla de seguridad. A su lado, León y Cristo mantenían la respiración. Victoria sentía el peso del arma en su mano, la misma que León le había entregado minutos antes. Sus dedos, que habían amasado pan y acariciado cabellos infantiles durante cinco años, recordaron de pronto la frialdad del metal.
Cinco años atrás, en su primer año de matrimonio, Dante la había llevado a un campo de tiro privado. "En este mundo, Victoria, el amor es un blanco móvil", le había dicho él mientras guiaba sus manos. Ella había odiado el estruendo, pero su puntería había sido natural, casi instintiva.
Enzo se asomó desde su cobertura, avanzando con una escopeta recortada. Dante intentó alcanzar su arma secundaria, pero el dolor del hombro lo hizo trastabillar. Estaba expuesto. Enzo apuntó, con una sonrisa de victoria grabada en su rostro sudoroso.
Victoria no lo pensó. No hubo duda, ni ruego, ni miedo. Solo hubo una claridad gélida que le recorrió la espina dorsal. Se puso de pie, asumiendo la postura que Dante le había enseñado bajo la luna de su luna de miel.
Alineó las miras. El mundo se redujo a un punto: el hombro armado de Enzo.
—¡Enzo! —gritó ella, su voz resonando con una autoridad divina.
Enzo levantó la vista, sorprendido por la figura amarilla que emergía de la penumbra superior. Antes de que pudiera reaccionar, Victoria apretó el gatillo sin que le temblara el pulso.
El retroceso fue un golpe seco en sus palmas, pero ella no parpadeó. La bala atravesó el aire viciado y encontró su objetivo con una precisión quirúrgica. Enzo soltó un alarido cuando su hombro derecho estalló en sangre, enviando la escopeta a volar por el suelo de cemento.
Victoria no se detuvo. Disparó una segunda vez, impactando en el neumático del coche de huida de Enzo, bloqueando cualquier escape.
Dante, aprovechando la distracción, se lanzó hacia adelante y recuperó su arma, apuntando directamente a la cabeza de un Enzo herido y desarmado. Sin embargo, antes de apretar el gatillo, Dante miró hacia arriba.
Vio a Victoria en la barandilla. El arma seguía levantada, el humo escapando del cañón. Sus ojos no tenían odio, tenían la determinación de una madre que acaba de trazar una línea en la arena. A sus lados, León y Cristo la miraban con una mezcla de espanto y adoración absoluta.
Dante bajó lentamente su pistola. Comprendió que, en ese segundo, Victoria no solo había salvado su vida física; había salvado el honor de la familia por sus propios medios.
—Se acabó, Enzo —dijo Dante, su voz gélida—. No vas a morir hoy. Vas a vivir para ver cómo desmantelo cada centímetro de tu imperio desde una celda de la que nunca saldrás.
Dante subió las escaleras de metal, tambaleándose por la pérdida de sangre. Victoria soltó el arma como si quemara y corrió hacia él, atrapándolo antes de que cayera. Se hundieron en el suelo del pasillo superior, un amasijo de seda amarilla, camisa ensangrentada y lágrimas.
—Me salvaste —susurró Dante, su frente apoyada contra la de ella.
—Te enseñé que no soy solo una pieza en tu tablero, Dante —respondió ella, sollozando—. Soy la que mantiene las piezas en pie.
León y Cristo se unieron al abrazo. León tocó la mano de su madre, la mano que acababa de derribar a un gigante.
—Mamá... fuiste como un trueno —dijo León, sus ojos grises brillando con una chispa de comprensión nueva.
Cristo, siempre analítico, tomó el arma del suelo con un pañuelo y se la entregó a Marco, que llegaba con los refuerzos.
—Papá está a salvo porque mamá conoce la física del impacto —susurró Cristo, aunque su voz temblaba ligeramente.
la mansión en llamas en algunos sectores, pero con el núcleo de la familia intacto. Enzo era arrastrado por los hombres de Dante, gritando promesas de venganza que ya no tenían peso.
Victoria miró sus manos; estaban manchadas de pólvora y sangre, pero por primera vez en cinco años, no sentía que tuviera que lavarlas para tocar a sus hijos. Había aceptado que, para mantener la paz de San Vicente en el corazón de sus niños, a veces la madre tenía que convertirse en el soldado letal por la seguridad de sus cachorros.
Marcos.
Rosa
le falta mucho a esta historia.
la escritora debe revisar y complementar está historia
no es Moretti?