Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 32
...Val....
Mi mano derecha empezó a fallar un martes a las once de la mañana.
Estaba en mi estación de la torre de control, guiando un Airbus en aproximación por la pista 28, cuando los dedos de mi mano derecha se contrajeron solos. No fue un calambre normal. Fue como si alguien hubiera jalado hilos invisibles conectados a mis tendones. Los dedos se cerraron en un puño que yo no hice y se quedaron así tres segundos.
Tres segundos en los que no pude tocar ningún botón.
Abrí la mano con la izquierda, dedo por dedo, como si estuviera desdoblando un papel arrugado. Los dedos se soltaron. Volví a mover la mano normalmente. El Airbus aterrizó sin problema.
Pero mis manos temblaban debajo de la consola.
Paty me miró desde su estación.
—¿Estás bien?
—Sí. Calambre.
No era un calambre. Lo sabía. Llevaba semanas sin dormir bien, comiendo a medias, con el estómago cerrado la mayoría del día. La doctora que vi el mes pasado me dijo que el estrés crónico podía manifestarse en el cuerpo: dolor de cabeza, náuseas, espasmos musculares. Somatización, le llamó.
Mi cuerpo estaba gritando lo que mi boca se negaba a decir.
Terminé mi turno. Caminé al estacionamiento. Y en el auto, sola, miré mi mano derecha abierta sobre el volante. Los dedos se veían normales. Uñas cortas, un callo del lápiz entre el índice y el medio, la línea de la vida cruzándome la palma.
La cerré. La abrí. Funcionaba.
Pero el miedo de que dejara de funcionar — en pleno turno, con aviones en el aire, con vidas dependiendo de mis dedos— me subió por el estómago como ácido.
—————
...Seb....
Mi abuelo se desplomó a las tres de la tarde en la sala de juntas de Grupo Cielo.
Estábamos en una reunión con los directores regionales. Don Maximiliano del Fuego, ochenta y un años, pelo blanco, espalda recta, la misma mandíbula cuadrada que me heredó. Estaba de pie frente a la pantalla de presentación, explicando los resultados del trimestre con la energía de alguien treinta años más joven, cuando se le doblaron las rodillas.
Lo vi caer en cámara lenta. La mano agarrándose del borde de la mesa. Los papeles deslizándose al piso. Su cuerpo cayendo de lado, pesado, como un árbol que se tumba.
—¡Abuelo! —Salté de la silla. Llegué a él en dos pasos. Lo agarré antes de que su cabeza golpeara el piso.
Tenía los ojos medio abiertos. La boca torcida. La piel gris.
—Llamen una ambulancia —grité—. ¡Ahora!
Daniela ya estaba marcando. Los directores se levantaron. Alguien trajo agua. Alguien más abrió una ventana. Y yo estaba en el piso, con la cabeza de mi abuelo en mis piernas, sintiéndole el pulso en el cuello — débil, irregular, como un tambor al que se le está acabando la cuerda.
—Abuelo. Estoy aquí. Abuelo.
Me apretó la mano. Fuerte. Más fuerte de lo que debería poder apretar alguien que se estaba desmayando.
—La empresa —murmuró.
—No hable. La ambulancia viene.
—La empresa, Sebastián. Prométeme.
—Se la prometo. Pero no se muera, viejo terco.
Algo que podría haber sido una sonrisa le cruzó la cara. O podría haber sido un espasmo. La ambulancia llegó en siete minutos. Los paramédicos lo subieron a la camilla, le pusieron oxígeno, lo conectaron a un monitor.
Lo seguí en mi camioneta hasta el hospital. Daniela me llamó en el camino.
—¿Cómo está?
—No sé. Voy detrás de la ambulancia.
—Sebastián, si tu abuelo no puede volver, tú eres el siguiente en línea. Lo sabes.
—Lo sé.
—Necesito que estés listo.
—Estoy listo.
Colgué. Apreté el volante. El tráfico me comía los minutos y yo quería estrellarlo todo para llegar más rápido.
En el hospital, los doctores me dijeron: infarto leve. Estable pero delicado. Necesitaba reposo absoluto durante semanas, quizás meses. Nada de estrés. Nada de trabajo. Nada de juntas ni decisiones ni números.
Mi abuelo estaba acostado en la cama del hospital, con tubos en el brazo y el monitor pitando, y me miró con esos ojos que siempre fueron más duros que cualquier piedra.
—No le digas a tu madre —dijo—. Se va a preocupar.
—Abuelo, mamá se va a enterar.
—Que se entere después. Primero necesito que vayas a la oficina mañana y te sientes en mi silla.
—Ya me senté en su silla.
—No. En MI silla. La de presidente. —Pausa—. Temporalmente. Hasta que me recupere.
Presidente interino de Grupo Cielo. La aerolínea más grande del país. Con sus pilotos, sus aviones, sus rutas, sus miles de empleados. Todo cayendo en mis manos porque un viejo terco se negaba a jubilarse y su corazón le cobró la factura.
—Está bien —dije.
—Y Sebastián.
—¿Sí?
—Esa muchacha tuya. La controladora. Cuídala. Tiene ojos de alguien que ha visto demasiado.
Salí del hospital a las diez de la noche. Me senté en la camioneta. Miré el teléfono.
Dos mundos. Grupo Cielo por un lado, pidiendo un presidente que yo nunca quise ser. Val por el otro, con su mano que se cerraba sola y sus pesadillas y sus moretones que no me explicaba.
Marqué su número.
—Hola —contestó, y su voz sonó cansada.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Tú?
—Mi abuelo está en el hospital. Le dio un infarto.
Silencio.
—Voy para allá —dijo.
—No hace falta.
—Seb, voy para allá.
Colgó. Veinte minutos después estaba en el estacionamiento del hospital, con pants y una sudadera, con el pelo recogido y los ojos hinchados de no haber dormido. Me encontró en la sala de espera y se sentó a mi lado sin decir nada. Me agarró la mano.
No pregunté cómo supo a cuál hospital ir.
No importaba.
Lo que importaba era que estaba ahí. Y que su mano en la mía — la izquierda, la que todavía funcionaba bien— era lo único que me mantenía entero.
—————
...Val....
Salí del hospital a la una de la mañana. Seb se quedó con su abuelo.
En el auto, de camino a mi departamento, mi mano derecha se contrajo otra vez. Esta vez más fuerte. Los dedos se doblaron hacia la palma y no pude abrirlos durante cinco segundos. El volante se me resbaló. Frené en seco. El auto de atrás me pitó.
Me orilé. Me detuve. Abrí y cerré la mano hasta que volvió a la normalidad.
Cinco segundos. Si eso pasaba mientras estaba en la torre, con un avión en aproximación final, con viento cruzado, con visibilidad reducida—
No terminé el pensamiento. No quise.
Manejé a casa con las dos manos apretando el volante y el miedo metido en los huesos.
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